sábado, 23 de marzo de 2019

La imaginación vegetal


                   
                                          Nobuyoshi Araki, Feast of Angels: Sex Scenes, 1992




La imaginación vegetal. Una novela en tres tiempos de Han Kang*

La vegetariana es una novela de la escritora coreana Han Kang. Publicada en 2007, está teniendo una segunda vida internacional con sus traducciones al inglés —obtuvo el premio Man Booker International en 2016— francés, español, italiano o alemán. La protagonista de la novela, Yeong-hye, decide un día dejar de comer carne. Dado que esa decisión va acompañada de otros cambios en la vida cotidiana de la joven, como dejar de cocinar para su marido, evitar el sexo («El olor de la carne. Tu cuerpo apesta a carne», le responde a su marido cuando lo rechaza) hablar lo menos posible, dormir apenas o desnudarse buscando el sol, la situación va creando entre la familia un clima de preocupación y tensión. Una atmósfera que recuerda la irritabilidad de la familia de Gregorio Samsa. Una familia coreana, por cierto, muy aficionada a comer carne. La hýbris se desata cuando el marido de Yeong-hye, un mediocre empleado de empresa, empieza a perder la paciencia y convoca una comida familiar. Todos intentan que Yeong-hye pruebe distintos platos preparados con carne. Yeong-hye no abre la boca, no reacciona, solo repite una y otra vez que ella no come carne. El padre, veterano de la guerra de Vietnam, interpreta la decisión de su hija como producto de un capricho que avergüenza el honor de la familia. Entonces, como ha hecho en otras ocasiones, recurre a la violencia: la abofetea delante de todos e intenta introducir a la fuerza un trozo de carne en la boca de Yeong-hye. 
         La novela cuenta en tres capítulos, tres episodios, el traumático proceso por el que la protagonista asume su voluntad de no formar parte de la humanidad, el deseo de liberarse de la condición humana y convertirse en una planta. Su anorexia o esquizofrenia, según el diagnóstico general, se manifiesta en la necesidad de alimentarse solo de agua y sol y en su empatía hacia los árboles, actitudes que no responden a un pulsión de muerte autodestructiva sino a un profundo y misteriosos deseo de renacimiento. Kang nunca nos hace entrar en los pensamientos de Yeong-hye, sólo la conocemos por sus sueños, o pesadillas, y por el laconismo visionario con el que se comunica: «He tenido un sueño» es la frase recurrente con la que explica su deseo de renacimiento. La conocemos, en tres episodios, a través de la mirada de otros tantos personajes: 
1. Su marido, que confiesa haberse casado con ella para sentirse seguro en su mediocridad («Antes de que mi mujer se hiciese vegetariana siempre la había considerado absolutamente insignificante», frase con la que empieza la novela). Solo es capaz de entender su decisión de renunciar a la carne «por el deseo de perder peso, la intención de aliviar algún trastorno, el hecho de estar poseída por un espíritu maligno o por tener problemas de sueño debido a las malas digestiones», si no era por ninguna de estas razones su vegetarianismo debía ser producto de una enfermiza cabezonería o de sus deseos de molestarlo.
2. Su cuñado, un video artista en horas bajas y poca autoestima que, bajo el hechizo de una imagen en la que se mezclan cuerpos humanos con flores (como en los videos de la japonesa Yayoi Kusama se mezclan lunares y colores sobre cuerpos entrelazados), descubre en Yeong-hye las posibilidades artísticas de su erotismo vegetal a partir de una mancha de nacimiento, la «Mancha mongólica» que da título del segundo episodio, semejante a un gran pétalo azul, que cubre en parte la espalda, los hoyuelos de Venus, y parte de un glúteo de su cuñada, esa mancha que «evocaba algo antiguo, algo pre evolucionista, o quizás un recuerdo de la fotosíntesis», algo que «era vegetal, más que sexual». Lo que para los demás había empezado a ser un físico enfermo para él «irradiaba energía, como un árbol criado en el desierto, desnudo y solitario». Además su cuñada tenía una voz que él interpretaba como propia de una persona que «no pertenece a ningún lugar, de alguien que ha entrado en una zona de frontera entre diversos estados del ser». Es decir, lo contrario de su mujer, la hermana de Yeong-hye, de rasgos redondeados y humanamente fiable, «el género de mujer de bondad oprimente». Ante la disponibilidad vegetal de Yeong-hye emprende una aventura artística en la que mezcla body art, pintando todo su cuerpo de formas florales, con la grabación de escenas que rayan el porno y que se completan con unas secreciones que se asemejan a una linfa verde. Sí, el video artista es quien ve en Yeong-hye algo diferente a una «persona»: más que una naturaleza salvaje «un ente misterioso» que no se sabe muy bien si sigue siendo humano, animal o vegetal. Pero el video artista sí sigue siendo humano, así que intentará llevar la aventura hasta el final con su miembro erecto y una excitación sexual que lo conducirá al grotesco.
3. Finalmente es su hermana, esta mujer que ya no excita al video artista, sufrida madre y hermana que echa sobre sus espaldas la responsabilidad de criar a un hijo enfermizo y vigilar a una hermana autodestructiva, la que nos cuenta el último episodio de Yeong-hye en el psiquiátrico. La hermana llega a comprender las razones por las que alguien puede desear dejar de ser humano y perderse en un bosque húmedo con la compañía silenciosa de los árboles: «Mira hermana, —le dice en sueños Yeong-hye— estoy haciendo el pino, sobre mi cuerpo crecen las hojas y de las manos me salen raíces… Me hundo en la tierra.»
         La decisión de Yeong-hye siempre es interpretada por su entorno como la manifestación de un desequilibrio: su marido la abandona, el video artista intenta sacar partido a la locura, su hermana enredada en la culpa. En realidad lo que persigue Yeong-hye, como ya he dicho, es una puerta de salida a la cárcel de una humanidad, comedora de carne, que le resulta repugnante por su violencia y culpabilidad. La salida que elige Yeong-hye es la de la vida vegetal, la belleza de las formas, la salvación por el agua, el sol y la tierra. Un renacimiento por fotosíntesis. Un proyecto del todo inocente pero que es reprimido con bofetadas, medicamentos, abandonos, reclusiones psiquiátricas y sedantes que facilitan la ingestión de alimentos por una sonda.
         No sé muy bien si el personaje de Yeong-hye debe ser interpretado desde una tradición literaria oriental. La autora ha declarado en alguna entrevista que la novela parte de un verso del poeta coreano Yi Sang, muerto en Tokio en 1937 durante la época colonial japonesa: «Creo que las personas deberían ser plantas». En la obra de Yi Sang está presente un idea que para un occidental podría considerarse romántica: la forma silenciosa en la que la naturaleza se expresa. Hay una carta muy conocida de Beethoven a la baronesa Von Droosdick en la que habla de la felicidad que le proporciona estar entre árboles, plantas y rocas porque «los árboles y las rocas proporcionan el eco que los hombres desean». Creo que la novela de Han Kang va más allá del romanticismo o de la comunión natural según Oriente. 
         El horizonte del transhumanismo y del posthumanismo, como superación de las limitaciones humanas a través de un desarrollo tecnológico exponencial, ha abierto las puertas a una imaginación novelesca donde las fronteras de lo humano y lo cyborg empiezan a no distinguirse. Comunicarse con las máquinas, tener intimidad con ellas, desarrollar una emocionalidad tecnológica o tener sexo cibernético, fueron materia de la ciencia ficción hasta hace poco. Hoy pueden ser materiales para el realismo. En 1950 Günther Anders publica su profético libro Die Antiquierheit des Menschen producto de su estancia en los EE. UU. Lo humano, después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, empieza a ser, según Anders, algo del pasado, algo vergonzoso que sufre, se esfuerza, suda, llora y muere frente a la limpieza existencial de la tecnología. Anders es el primero en ver que la tecnología, al estilo Apple, será más sexy que lo humano en un futuro no muy lejano. En nuestros días el músico y empresario tecnológico norteamericano Raymond Kurzweil, profetiza de la era de la «singularidad», ese momento del siglo XXI en el que las máquinas serán inteligentes y podrán tomar decisiones, hacia el 2050 podrá incluso revertirse el proceso de envejecimiento humano. Habremos llegado entonces al posthumanismo, una era en la que los instrumentos humanistas, la palabra y el pensamiento, sufrirán una mutación o sencillamente serán sustituidos por otros instrumentos. 
Al final de la novela de Han Kang, la protagonista, entre risas, le dice a su hermana «Dentro de poco desaparecerán todas las palabras y pensamientos. Falta poco.» 
La posibilidad existencial que explora La vegetariana es, precisamente, una mutación en el sentido opuesto a la que plantea la «singularidad» tecnológica. Se trata de un experimento novelesco que tiene como eje el ego experimental de Yeong-hye y su deseo de abandonar la humanidad para renacer como un ser vegetal que subsiste a través de la fotosíntesis (alimentarse solo de agua, exponer su cuerpo desnudo al sol, conectarse con la tierra). El riesgo de un experimento novelesco de este tipo, sobre todo procedente de una autora oriental, es que pueda caer en el saco sin fondo de la new age consoladora y chic. No sucede. Y no sucede por la simple razón de que el personaje experimental está novelado a través de los personajes que la rodean, humanos también insatisfechos con sus existencias humanas, pero que todavía «no han tenido un sueño» y no saben imaginar sus vidas sino es a través del egoísmo, el arte, la comida, el sexo, la culpa o la compasión. Y, precisamente, es la compasión (συμπάθειαque manifiesta su hermana, cuidándola e intentando entenderla (sufriendo con ella) en el episodio final, el único canal de comunicación con quien ha decidido que «las personas deberían ser plantas». 
Hay otra palabra para explicar esta actitud hacia algo que no entendemos: piedad. Lo explica la filósofa española María Zambrano en un libro publicado en el exilio titulado El hombre y lo divino (1955): «Piedad es el saber tratar adecuadamente con lo otro. Pensemos un instante: cuando hablamos de piedad, siempre se refiere al trato de algo o alguien que no está en nuestro mismo plano vital: un dios, un animal, una planta, un ser humano enfermo o monstruoso, algo invisible o innominado, algo que es y no es. Es decir, una realidad perteneciente a otra región o plano del ser en que estamos los seres humanos, o una realidad que linda o está más allá de los lindes del ser.»
         Hace un par de años se publicó un libro sorprendente: La vie des plantes. Une métaphysique du mélange (2016). Su autor, Emanuele Coccia, que dedica el libro a un hermano gemelo muerto a los veinticinco años, declara al comienzo que es producto de los años pasados en su adolescencia en un aislado instituto técnico agrario de una provincia campesina de la Italia central. Allí, más que las lenguas clásicas, la literatura o las matemáticas, eran las plantas, con sus deseos y enfermedades, el objeto de estudio privilegiado. Este libro sorprendente y extrañamente erudito es, por tanto, producto de esos años dominados por la contemplación de las plantas, «de su naturaleza, de su silencio, de su aparente indiferencia hacia todo lo que llamamos cultura». Para Coccia la cultura occidental basada sobre el cartesiano cogito ergo sumolvida otras posibilidades de existencia que están presentes en algunas tendencias del pensamiento medieval (Averroes o Giordano Bruno) y, sobre todo, en investigaciones de la botánica de nuestro tiempo. Con un lenguaje de ideas fuertes fundamentado en una erudición casi escandalosa, y siguiendo una matriz poética e imaginativa marca de la casa —se trata de un discípulo de Giorgio Agamben— Coccia considera que tanto el antropocentrismo como el zoocentrismo o el animalismo son manifestaciones de un «esnobismo metafísico» —el darwinismo no sería más que una extrapolación del narcisismo humano al reino animal— que olvida el verdadero origen de la existencia: son las plantas las que gracias a la fotosíntesis han creado las condiciones de la vida. Por eso las plantas son, desde su punto de vista, «el tumor cósmico del humanismo, los residuos que el espíritu absoluto no consigue eliminar». Sobre todo porque la vida vegetal es aquella que manifiesta la forma más intensa, radical y paradigmática de estar en el mundo ya que una planta no puede separarse, ni física ni metafísicamente, del mundo que la acoge. De modo tal, que no podremos nunca comprender una planta sin haber comprendido el mundo. 
         De nuevo podemos estar caminando sobre el autocomplaciente espiritualismo new age. En los años setenta estuvieron de moda los experimentos con el polígrafo para detectar reacciones emocionales en las plantas. Los fomentó un libro pseudocientífico publicado en 1975 firmado por Peter Tompkins y Christopher Bird, The Secret Life of Plants. A partir de ese libro, Walon Green (nomen est omen) realizó un famoso documental con el mismo título y con una banda sonora aún más célebre compuesta por Stevie Wonder, que aparece al final del documental con sus gafas oscuras y movimientos sonámbulos caminando entre campos de girasoles y bosques húmedos y soleados. También es notable una vía de la música experimental que investiga los sonidos emitidos por las plantas. Los trabajos de la compositora llamada Mileece o de Peter Coffin son ejemplo de ello. Más pintoresco aún fue el IerFestival International de Musique émise par des plants celebrado en el Jardin Botanique de Paris en mayo de 2017.
         Nada tiene que ver con esto el libro de Coccia. Sí es cierto que artistas de todos los tiempos han atendido a la expresividad formal de las plantas: los bodegones florales de la escuela flamenca, las flores de Margarita Caffi o de Giorgia O’Keefe, algunas fotografías de flores muy carnales de Mappelthorpe. Claudio Guillén estudiaba el tema de la flor a través de todas las literaturas de todos los tiempos como símbolo de la belleza. «¡No la toque ya más, / que así es la rosa!» es el texto del poema más breve de Juan Ramón Jiménez titulado «El poema». Pero no es esta vertiente estética del mundo vegetal, esa que obsesiona al video artista de la novela de Han Kang, la que interesa a Coccia. No, el interés filosófico de La vie des plantes es lo que en la novela La vegetariana es una posibilidad existencial para Yeong-hye: la fotosíntesis y la autotrofia en tanto que formas de radicalidad metafísica para vivir en el mundo que conocemos, un mundo que sobrevive gracias a la mezcla de sus componentes elementales sin recurrir a la violencia.
Además hay otra dimensión que podríamos llamar formal, mejor que estética. Las plantas, dice, Coccia no son solo el requisito para la existencia de la vida —de nuestro cosmos—, sino que también son la especie «que ha abierto a la vida el mundo de las formas», a una «figurabilidad infinita». Esa infinidad de formas de la vida vegetal son «declinaciones del ser, no del hacer o del reaccionar» como en los humanos o los animales. Así es el personaje experimental de la novela de Han Kang: un ser humano que imagina la posibilidad de dejar de ser humano emprendiendo un camino de inocencia y gradual eliminación de lo superfluo. Está presente, eso sí, cierta idea de una pureza inhumana que asume la mezcla (el agua, el sol, la tierra) en su dimensión cósmica y elemental, casi al modo de la vieja escuela panteísta. 
         Uno de los últimos capítulos del sorprendente libro de Coccia se titula «La razón y el sexo». Este plant turn, como lo llama el autor, del que son ejemplos muchos trabajos de la biología actual, y que Coccia asienta en una tradición de pensamiento medieval y renacentista, abre un camino para establecer las coincidencias entre cuerpo y conciencia, entre imagen y materia, eso que el arte ha perseguido y persigue desde siempre. Eso que obsesionaba al video artista que transforma el cuerpo de Yeong-hye en un lienzo floral a partir de la mancha de nacimiento que semejaba un pétalo azul. Para Coccia el «alma vegetativa no sería una vida sin facultad imaginativa, sino la vida en la que la imaginación produce efectos sobre la totalidad del cuerpo del organismo —hasta poder plasmarlo— y la que la materia es un sueño sin conciencia, una fantasía que para realizarse no necesita de órganos o de sujetos.»
         Después de leer la novela de Han Kang y el ensayo de Emanuele Coccia salgo a las calles de Nápoles y hay algo diferente en la atmósfera. Voy a ver el cuadro sobre los siete trabajos de la misericordia de Caravaggio. Hay algo floral en la composición de los personajes celestiales y alados de la parte superior izquierda. Los humanos están abajo sufriendo el hambre, la sed, la enfermedad, el frío, la cárcel, el exilio, la muerte. El ángel con los brazos extendidos es la imagen de la piedad: un ser más allá de lo humano que contempla lo diferente. 

(Agradezco a Enrico de Vivo las sobremesas conversadas en las que siempre ha aparecido la fotosíntesis y la mezcla como argumentos).

      *Una versión francesa de este texto se publicará en el nº 97 (junio de 2019) de la revista L'Atelier du Roman.