viernes, 31 de enero de 2014

Una lectura de Valente (II): La caligrafía de Jesucristo







                                                     Antoni Tàpies, A T amb collage, 2010



        Hay una tradición poética que busca el insólito equilibrio entre la racionalidad crítica, que se articula en la palabra, y la revelación poética que se construye, al mismo tiempo, como palabra y como silencio. La revelación es un intelligere incomprehensibiliter, el «entender no entendiendo» propio de la experiencia mística. Desde esa triple dimensión del arte —racionalidad, revelación y expresión bajo forma de palabra o silencio— nace la continua reflexión de Valente sobre las posibilidades y los límites del lenguaje.

        Dentro de esa lógica es coherente la publicación en 1994, con su obra poética prácticamente cerrada a falta de Fragmentos de un libro futuro (2000) y algunas obras en prosa (Notas de un simulador, Elogio del calígrafo y La experiencia abisal), de su traducción del prólogo a El Evangelio según san Juan, «Kata Ioanen», a partir de la traducción al italiano del poeta Salvatore Quasimodo:



                             En el principio era la Palabra

                              y la Palabra estaba cerca de Dios

                              y Dios era la Palabra.

                              Ésta en el principio estaba

                              cerca del Dios.

                              Por medio de ella todo fue creado

                              y nada fue creado sin ella.

                              En ella estaba la vida

                               y la vida era la luz de los hombres.



      Este es el texto que fundamenta el carácter esencialmente verbal de nuestra civilización. El  Génesis de San Juan concluye con la alusión a la ley escrita dada a Moisés y por Moisés entregada a su pueblo en forma de incisiones en tablas de piedra. Dice el Evangelio de San Juan:



                                               La ley fue dada por Moisés,



y añade        



                                              la gracia y la verdad por Jesucristo.



         La palabra escrita fue otorgada a Moisés en forma de ley y en forma de gracia y verdad a Jesucristo, es decir, Jesucristo posee algo más que la palabra. Sólo en una ocasión leemos en los evangelios que Jesucristo escribió algo, más bien garabateó algo en la tierra, no sabemos qué signos o  qué palabras. Pero el gesto quiere decir algo. Lo hizo cuando los maestros de la ley y los fariseos llevaron ante su presencia a una mujer adúltera. Según la ley mosaica debería ser apedreada hasta la muerte, pero Jesús, siempre según el mismo Evangelio de San Juan, se inclina, garabatea algo en la arena y luego dice «quien esté libre de pecado que tire la primera piedra», y después vuelve a escribir algo en la tierra. Jesús escribe algo en la tierra, algo que será borrado por el viento y las pisadas, algo que nadie ve, o que nadie recuerda haber visto. Con ese gesto de calígrafo dice: lo importante es la palabra revelada, no la ley, y él es esa palabra, «la gracia y la verdad» de esa palabra revelada.

         Algunos de los pintores más admirados por Valente son maestros en el arte de dibujar en la tierra: los cráteres de Vicente Rojo o los trabajos en tierra de Tàpies remiten a sensaciones o emociones que, en principio, actúan o deberían actuar sin conceptos. Casos de escritura material: grafismos, caligrafías, pinturas, como ese bellísimo «Elogio del calígrafo» dedicado al padre del poeta, calígrafo y amante de los utensilios de escritura. En la sección «A propósito del vacío, la forma y la quietud» de Notas de un simulador hay un fragmento dedicado a esa condición residual y arenosa de la escritura:



La escritura es lo que queda en las arenas, húmedas, fulgurantes todavía, después de la retirada del mar. Resto, residuo. Ejercicio primordial de no existencia, de autoextinción.



      La vía abierta por este pensamiento sobre los residuos materiales de la palabra conduce a soluciones intuitivas e imaginativas sobre la extinción y el deslumbramiento de la poesía. No el deslumbramiento de la palabra que genera el mundo, sino el movimiento de la revelación que elimina la palabra y abre el espacio en blanco, el silencio, cuyo paisaje, si ha de concebirse un espacio adecuado al silencio, es el desierto, el no-lugar, el lugar de despersonalización. Una poesía "escrita en la arena", como el título de un poema de Hermann Hesse.


         Para Valente, como para Edmond Jabès  el desierto es el lugar de la apertura, donde se puede alcanzar un estado «de disponibilidad y de receptividad máximas». La ciudad es el lugar donde la experiencia colectiva se hace trama junto a la experiencia personal. Las ruinas, las reconstrucciones, las reformas, las modernizaciones, los ecos de otros habitantes, las continuidades: esos son los entramados urbanos para Valente, tal y como aparecen en la imagen Almería en Perspectivas de la ciudad celeste. Por el contrario el desierto, en la tradición del misticismo sufí, judío y cristiano, es un lugar de despersonalización. Para Jabès la experiencia del desierto es un paso hacia el reconocimiento de lo extranjero en sí y de lo extranjero que hay en nosotros y en la forma de expresarnos en nuestra lengua. «Al extranjero no le preguntes su lugar de nacimiento, sino su lugar de porvenir» o «El extranjero te permite ser tú mismo, al hacer de ti un extranjero» son algunos de los aforismos de Jabès[1]. El futuro el tiempo del extranjero, la poesía busca su futuro en la posibilidad de apertura y escucha, en la posibilidad de entrar en el desierto, y volver bajo una nueva forma a través de la traducción: la palabra proyectada hacia el futuro gracias a la traducción.

       Hacia mitad de los noventa Valente tradujo El extranjero de Albert  Camus, la novela del asesino fotosensible que se mueve en un espacio desolado fronterizo con el desierto donde el sol es un resplandor inquietante:



[…] el sol desbordante estremecía el paisaje y lo hacía inhumano y deprimente.

Cada vez que sentía su poderoso hálito en mi rostro apretaba los dientes, cerraba los puños en los bolsillos de mi pantalón y me tensaba por entero para triunfar del sol y de aquella ebriedad opaca con la que me invadía. A cada espada de luz surgida de la arena, de una concha blanqueada o de un trozo de vidrio, mis mandíbulas se crispaban.


        Jabès y Valente construyen una arquitectura imaginativa y reflexiva en la que el escritor es un extranjero cuyo espacio natural es el no lugar, el no asentamiento, el no arraigo, la vida nómada entre el desierto y las palabras que busca un futuro a través de cada nueva lectura y cada nueva traducción. La dialéctica entre morada y desierto, entre comodidad e incomodidad es la marca de los libros de estos dos nómadas literarios de la segunda mitad del siglo XX.


[1] Edmond Jabès, Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, traducción de Cristina González de Uriarte y Maryse Privat, epílogo de José Ángel Valente, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2002.


domingo, 5 de enero de 2014

Una lectura de Valente o un 'tuffo' en nuestra edad.







              Como todos sabemos Valente fue un artista radical. Su obra y su pensamiento están siempre rondando límites estéticos y morales, asumiendo el pericoloso ejercicio del arte de la poesía. Peligroso porque  supone una imaginación más profunda, una imaginación doble: a la vez consciente y sonámbula, erudita y humilde.
              Nuestra contemporaneidad es el feliz y oscuro reino de lo obsoleto inmediato y lo prescindible. El origen etimológico de prescindible remite al verbo latino scindere que significa rajar, dividir, y también a praescindere que significa separar, tomado en el sentido de separación mental.  Así lo usa Santa Teresa según Joan Corominas en su Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana
       En buena lógica, si  todavía una lógica buena es verosímil, necesitaríamos una crítica (del griego  χρίσις que significa decisión, y también de χρίνειν que significa juzgar, separar) que nos ayudara a saber distinguir las voces de los ecos. Pero sabemos de memoria que nuestra contemporaneidad es el mercado y deseamos vivir en nuestro tiempo. Nuestro tiempo, nuestra demasiada contemporaneidad, el exceso de contemporaneidad de nuestros días se convierte en algo… ¿Cómo describirlo?, algo parecido a un niño hiperactivo que no pudiera parar de hacer cosas, la mayoría sin sentido, repetitivas, sociológicas, psicológicas, tecnológicas. Compulsivas. Un crítico ha definido esta contemporaneidad  como el tiempo del «eterno presente»[1], un presente que lo invade todo. No es de la felicidad del momento o del gozo del carpe diem de lo que trata este continuo presente. No parece que sea un estado de cosas liberador, más bien al contrario. Valente, como crítico, se planteó preguntas como éstas: ¿Cómo vivir sin ser, necesariamente, una víctima de tu tiempo? ¿Cómo reconocer la paciencia que necesita el arte y la urgencia de la vida? Ars longa, vita brevis, comienza un aforismo de Hipócrates difundido por Séneca, y que continúa: occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile. El arte es largo, la vida breve, la ocasión huye, la prueba es peligrosa y el juicio difícil.
              La obra de Valente, erudita y humilde, consciente y sonámbula, su poesía, su prosa, sus ensayos y sus traducciones son resinas que fortalecen el sistema inmunitario de nuestra contemporaneidad frente a lo prescindible y lo obsoleto, frente al continuo presente del arte o la literatura. Leer a Valente como un ejercicio de higiene mental.
             El primer libro que leí de Valente me lo pasó un compañero de Facultad, no recuerdo bien si fue durante el primer o el segundo curso. El libro se titulaba y se titula Mandorla, publicado en 1982 en la diáfana colección de poesía de la editorial Cátedra. Era un libro que tenía poco que ver con lo que yo entonces entendía por poesía, con lo que en mi entorno se entendía por poesía. Recuerdo dos piezas en prosa de ese libro. Una está inspirada en la pintura etrusca de una losa que cubre la tumba de un joven en Paestum, cerca de Nápoles, es conocida como la tomba del tuffatore, la tumba del nadador, del saltador. Se trata de la figura de un joven tirándose de cabeza al mar, haciendo un tuffo. El fragmento de Valente se titula «Il tuffatore» y dice así:

         No estamos en la superficie más que para hacer una inspiración profunda que nos permita regresar al fondo. Nostalgia de las branquias.


              Valente tradujo algunos poemas de Eugenio Montale en los que aparece ese salto hacia el fondo. «Salto e inmersión», se titula el poema de Montale en versión de Valente, del que podemos recordar los siguientes versos que tratan del movimiento a tientas del poeta entre la sombra de las palabras

                       piedad por el que alcanza o ha alcanzado,
                       piedad por quien no sabe que la nada y el todo
                       sólo son velos de lo Impronunciable
                       piedad por quien lo sabe, quien lo dice,
                       quien lo ignora y va a tientas en la sombra
                       de las palabras!


              Justo antes del fragmento dedicado a il tuffatore hay en Mandorla una pieza múltiple titulada Poema, compuesta por un poema y seis fragmentos que glosan el poema. Hablan de la derrota, de la palabra, del juego, de la adolescencia y, sobre todo, de la escritura, de qué es escribir:

                        Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.

              En apenas siete líneas, Valente me había dado una clave, la contraseña para abrir su obra y, con el tiempo, la llave maestra para abrir la poesía: la palabra que nos conduce al fondo de la existencia y el pensamiento que concibe el hecho de escribir como una manera de estar, de habitar. Hoy esos mismos fragmentos tienen para mí un sentido más intenso, más peligroso. Se han convertido en mantras para tomar aire, para fortalecer el sistema inmunitario, para no ahogarme en las aguas del eterno presente. Son consignas de la revolución contra este presente, restos de todos los pasados y todos los futuros que viven en el sueño de los niños, el sueño de los que no traicionan su juventud.




[1] Massimo Rizzante, Non siamo gli ultimi. La letteratura tra fine dell’opera e rigenerazione umana, Milan, Effigie, 2009.