domingo, 5 de enero de 2014

Una lectura de Valente o un 'tuffo' en nuestra edad.







              Como todos sabemos Valente fue un artista radical. Su obra y su pensamiento están siempre rondando límites estéticos y morales, asumiendo el pericoloso ejercicio del arte de la poesía. Peligroso porque  supone una imaginación más profunda, una imaginación doble: a la vez consciente y sonámbula, erudita y humilde.
              Nuestra contemporaneidad es el feliz y oscuro reino de lo obsoleto inmediato y lo prescindible. El origen etimológico de prescindible remite al verbo latino scindere que significa rajar, dividir, y también a praescindere que significa separar, tomado en el sentido de separación mental.  Así lo usa Santa Teresa según Joan Corominas en su Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana
       En buena lógica, si  todavía una lógica buena es verosímil, necesitaríamos una crítica (del griego  χρίσις que significa decisión, y también de χρίνειν que significa juzgar, separar) que nos ayudara a saber distinguir las voces de los ecos. Pero sabemos de memoria que nuestra contemporaneidad es el mercado y deseamos vivir en nuestro tiempo. Nuestro tiempo, nuestra demasiada contemporaneidad, el exceso de contemporaneidad de nuestros días se convierte en algo… ¿Cómo describirlo?, algo parecido a un niño hiperactivo que no pudiera parar de hacer cosas, la mayoría sin sentido, repetitivas, sociológicas, psicológicas, tecnológicas. Compulsivas. Un crítico ha definido esta contemporaneidad  como el tiempo del «eterno presente»[1], un presente que lo invade todo. No es de la felicidad del momento o del gozo del carpe diem de lo que trata este continuo presente. No parece que sea un estado de cosas liberador, más bien al contrario. Valente, como crítico, se planteó preguntas como éstas: ¿Cómo vivir sin ser, necesariamente, una víctima de tu tiempo? ¿Cómo reconocer la paciencia que necesita el arte y la urgencia de la vida? Ars longa, vita brevis, comienza un aforismo de Hipócrates difundido por Séneca, y que continúa: occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile. El arte es largo, la vida breve, la ocasión huye, la prueba es peligrosa y el juicio difícil.
              La obra de Valente, erudita y humilde, consciente y sonámbula, su poesía, su prosa, sus ensayos y sus traducciones son resinas que fortalecen el sistema inmunitario de nuestra contemporaneidad frente a lo prescindible y lo obsoleto, frente al continuo presente del arte o la literatura. Leer a Valente como un ejercicio de higiene mental.
             El primer libro que leí de Valente me lo pasó un compañero de Facultad, no recuerdo bien si fue durante el primer o el segundo curso. El libro se titulaba y se titula Mandorla, publicado en 1982 en la diáfana colección de poesía de la editorial Cátedra. Era un libro que tenía poco que ver con lo que yo entonces entendía por poesía, con lo que en mi entorno se entendía por poesía. Recuerdo dos piezas en prosa de ese libro. Una está inspirada en la pintura etrusca de una losa que cubre la tumba de un joven en Paestum, cerca de Nápoles, es conocida como la tomba del tuffatore, la tumba del nadador, del saltador. Se trata de la figura de un joven tirándose de cabeza al mar, haciendo un tuffo. El fragmento de Valente se titula «Il tuffatore» y dice así:

         No estamos en la superficie más que para hacer una inspiración profunda que nos permita regresar al fondo. Nostalgia de las branquias.


              Valente tradujo algunos poemas de Eugenio Montale en los que aparece ese salto hacia el fondo. «Salto e inmersión», se titula el poema de Montale en versión de Valente, del que podemos recordar los siguientes versos que tratan del movimiento a tientas del poeta entre la sombra de las palabras

                       piedad por el que alcanza o ha alcanzado,
                       piedad por quien no sabe que la nada y el todo
                       sólo son velos de lo Impronunciable
                       piedad por quien lo sabe, quien lo dice,
                       quien lo ignora y va a tientas en la sombra
                       de las palabras!


              Justo antes del fragmento dedicado a il tuffatore hay en Mandorla una pieza múltiple titulada Poema, compuesta por un poema y seis fragmentos que glosan el poema. Hablan de la derrota, de la palabra, del juego, de la adolescencia y, sobre todo, de la escritura, de qué es escribir:

                        Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.

              En apenas siete líneas, Valente me había dado una clave, la contraseña para abrir su obra y, con el tiempo, la llave maestra para abrir la poesía: la palabra que nos conduce al fondo de la existencia y el pensamiento que concibe el hecho de escribir como una manera de estar, de habitar. Hoy esos mismos fragmentos tienen para mí un sentido más intenso, más peligroso. Se han convertido en mantras para tomar aire, para fortalecer el sistema inmunitario, para no ahogarme en las aguas del eterno presente. Son consignas de la revolución contra este presente, restos de todos los pasados y todos los futuros que viven en el sueño de los niños, el sueño de los que no traicionan su juventud.




[1] Massimo Rizzante, Non siamo gli ultimi. La letteratura tra fine dell’opera e rigenerazione umana, Milan, Effigie, 2009.