sábado, 5 de abril de 2014

Mi biblioteca en el baño








En la primera casa que consideré mía instalé una estantería justo encima de la cisterna del retrete. Cuatro baldas con casi todos los géneros: poesía, novela, ensayo, teatro (tragedias y comedias), libros de viajes y autobiografías. Más o menos puedo recordar, con bastante exactitud, los títulos más destacados de ese secuestro libresco destinado a la intimidad de mi cuerpo.  Sé que estaban Los cantos de Maldoror y las poesías completas de Góngora; La montaña mágica y El Guzmán de Alfarache; los fragmentos de Ese maldito yo de Cioran y El ensayo sobre el cansancio de Peter Handke; cuatro tragedias de Eurípides y Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Jardiel; el primer tomo de las memorias de José Luis de Vilallonga y En Patagonia, de mi querido Bruce Chatwin. También había algunos castigos, libros o autores, que no leía en el baño, a los que condenaba a pasar un tiempo de intimidad conmigo, in interiore homine,  mientras me aseaba o leía sentado y pensativo, concentrado en las funciones fisiológicas de mi cuerpo: allí estaban, en las galeras de mis aseos, algunas ediciones de Austral de Ortega, la Gramática histórica de Pidal o la Teoría de la literatura de García Berrio. También tenía diccionarios, del francés, del alemán, del árabe por si acaso. Y un atlas, un atlas minúsculo y precioso de la editorial Aguilar.

Sé que ahora la gente se lleva el móvil al baño. Pero no están lejos los tiempos en que los periódicos, las revistas y los libros nos acompañaban en las deposiciones, ofreciéndonos momentos de reflexión, iluminación, compañía y aprendizaje.  La vida de familia o de pareja ofrece estos breves momentos, de aislamiento e intimidad con uno mismo, que pueden ser preciosos para mantener un equilibrio físico y psíquico. Siempre he pensado que una buena regla para la durabilidad de una pareja, o para una sana y estimulante convivencia familiar, sería que cada individuo tuviera su propio cuarto de baño, y allí su pequeña biblioteca de urgencia.  Ahí, en ese espacio y en esos momentos, se pueden producir revelaciones muy significativas y cruciales para nuestras vidas. Una decisión meditada, un párrafo o una palabra leída en el momento justo, inmediatamente después del alivio,  pueden convertirse en una verdadera epifanía que ilumine el resto de la semana. Bien lo supo Lutero que estreñido pasaba largas horas sentado en la posición de El pensador de Rodin. Así llegó a concebir la justificación por la fe dando origen a un movimiento espiritual, renovador y reformista, que tenía su base en la concentración, in interiore homine, en espiritualidad interior que tiene su base en nuestro cuerpo mortal  e imperfecto. O perfecto, según se mire: depende si nuestros intestinos funcionan o no como un reloj.

El baño como lugar de recogimiento e iluminación. Nada que ver con el uso que le dio aquel diplomático turco, Khalil-Bay, al que Coubert regaló su cuadro El origen del mundo. El primer poseedor del mítico cuadro concebía el baño de una manera adolescente y masturbatoria: le construyó al cuadro un lujoso altar en su cuarto de baño privado. Prácticamente le puso un piso.  Aunque bien pensado, tampoco es mal lugar el baño para alguna lámina o grabado. En el baño donde instalé mi pequeña biblioteca yo tenía dos pequeños grabados: uno del XIX, con el busto de un almirante de la armada inglesa, y un pequeño grabado, de un autor local y contemporáneo, con los trazos de un columpio en un parque.

Lo que sí os puedo asegurar, tengo testigos, es que La montaña mágica la leí íntegramente en la posición de El pensador. Tardé un año, mes arriba, mes abajo. En ese tiempo sospecho que mi mujer pensaba que mis encierros respondían a otros intereses más cercanos a los del diplomático turco.  En los capítulos en francés me ayudaba de un diccionario bilingüe. Recuerdo el capítulo en que suena en el fonógrafo El tilo de Schubert, la melancolía que transmite el trémolo sostenido del tenor al cantar una frase del lied: «Aquí encontrarás reposo…»





Auden dedicó un bello poema a esos momentos, a ese lugar de la casa, «The Geography of the House», un poema dedicado a Christopher Isherwood y que empieza así:
 

Seated after breakfast
In this White-tiled cabin
Arabs call the House where
Everybody goes,
Even melancholics
Raise a cheer to Mrs.
Nature for the primal
Pleasures She bestows.

[Sentados tras desayunar
en esta cabina alicatada
que muchos árabes llaman
La casa a la que todos van
incluso los deprimidos
elevan hurras a la Señora
Naturaleza por los primarios
placeres que concede.]

         Nada más puedo decir. Sólo que aprendí mucho con esa biblioteca íntima y que  volveré a instalar una semejante en mi próxima casa.

sábado, 29 de marzo de 2014

Obsolescencia







 
Antoni Tàpies, Proyecto de El calcetín (1991)



Hacia las 19:30 de la tarde del último sábado del mes de marzo de 2014, Héctor Roma miraba el cielo cubierto mientras tendía la ropa. Tender o no tender, ese era el problema. En realidad no pensaba en el cielo ni en ningún otro horizonte, pensaba en el acto de tender la ropa, en la miseria que envuelve todo acto cotidiano y en la vocación de servir a los demás, de estar atento a sus necesidades y adelantarse a ellas. Pensaba en la felicidad del mayordomo vocacional de otros tiempos. Entre la ropa había calcetines de tres personas: los suyos, los de su mujer y los de su hijo. Tres tipos de rayas, tres tipos de rayaduras. Los de su mujer y su hijo estaban enteros, en los suyos se podían apreciar las mordeduras del tiempo y las caminatas: hilos sueltos, agujeros y tomates. De pronto le vino esta palabra a la cabeza mientras miraba el cielo gris: “tomate”.  Se detuvo en la palabra y era raro pensar en una mujer, una abuela, remendando calcetines con un huevo de madera.

A la derecha estaba el cubo de basura. Escogió todos los calcetines gastados, abrió con el pie la tapa del cubo y con un gesto elegante y muy moderno los depositó sin remordimientos.

Entre la ropa también había braguitas a rayas y pensó en la piel y en cómo su mano se deslizaba por la cintura de una mujer. Entonces empezó a llover y la piel estaba húmeda. Héctor Roma dejó de tender y se puso a preparar la cena. Espaguetis con salsa de tomate un poco picante. Ahora miraba un tomate. Ahora sí sentía remordimientos.

viernes, 28 de febrero de 2014

ROD AL QUI LAR (página de un diario)









ROD   AL   QUI   LAR


Un pequeño mundo para el hombre, algo así es un lugar. Agua, tierra, luz y compañía. También poder estar solo, solo en el sur. El verano de los niños, las cenas con los amigos, la hoguera y los volcanes nocturnos en la playa. Con muy poco un lugar es habitable. 
Los dioses del lugar son una mina de oro, un bar con un motero barbudo, Lola y sus pescados para olvidar a las otras lolas, la posidonia y las piedras que parecen de talco junto al mar oscuro de las noches. Más allá, por una ruta psicogeográfica, el escenario de una tragedia en los centros del amor o el suicidio visual al acercarse al Mirador de las Amatistas. Y las torres de los piratas o esa cárcel del desierto de los tártaros que es el Castillo de los Alumbres. El resto es silencio y rituales de verano: piel, agua, viento y músicas por la noche. Los días son largos y lentos, como son largos y lentos los grillos y los camaleones. En verano llegan periódicos a El rincón de Zaratustra y puedes desayunar en compañía de algunas moscas mientras sigues una actualidad prescindible e inútil: Cristiano Ronaldo de vacaciones en Florida con su novia, un superpibón eslavo; nuevas noticias sobre el reino de los sinvergüenzas; nuevas perspectivas sobre el capitalismo que gestiona nuestras muertes; una nueva estrella, una nueva partícula, una nueva enfermedad. Nada que no sea prescindible e inútil para el dios de este lugar. Mientras aparto las moscas de mi desayuno, pienso que los  nombres esconden una memoria y un destino ocultos tras los sonidos. La etimología, ya sea científica o alucinada, nos señala caminos, rutas por las que hemos venido sin saberlo, proyectos de viajes que aún no conocemos. Esta mañana de agosto olvido las páginas del periódico nacional y ensayo una etimología alucinada del nombre de este lugar:

ROD es un fenómeno óptico o una presencia inexplicable, un objeto en movimiento sobre un paisaje que no podemos identificar. Algo así como un ovni que vemos a posteriori en la fotografía o en la película, nunca en la realidad. Suele ser un insecto que pasa rápidamente, y sin ser advertido, delante del objetivo de una cámara. Lo que se ve en la imagen tiene forma de vara o barra (rod en inglés). Rod: yo en bicicleta por los desiertos de Rodalquilar.

AL, el artículo árabe, el signo de las palabras árabes en español, el recuerdo de un reino perdido que construía fuentes y palacios junto a la nieve. AL es también el símbolo del aluminio, el alumbre que en la Antigüedad utilizaban para fijar los colores o retardar la descomposición de los cadáveres y que hoy utilizamos en casa como desodorante. Una piedra trasparente y húmeda que sienta bien a nuestras alergias del siglo XXI. El elemento que da nombre a una torre, el recuerdo del pasado minero, el oro, las piedras preciosas.

QUI, pronombre que en esta mañana de Rodalquilar me recuerda el lema de la Orden de la Jarretera, “Honi soit qui mal y pense”, que el mal caiga sobre aquel que piense mal. Aunque el mal que nos está cayendo ahora encima viene de haber pensado bien, en este lugar es imposible no pensar bien, es decir, no pensar con una sensatez alucinada.

LAR es el hogar, el lugar del fuego, el dios del lugar para los romanos.

La etimología científica (según, entre otros, Evaristo Ruiz Picón en su libro Rodalquilar. Testimonio de su pasado) nos dice que Rodalquilar es un compuesto de dos palabras árabes: rodal, del árabe rutba, lugar o sitio pequeño que por alguna circunstancia se distingue de lo que le rodea, y quilar, del árabe querab, algarrobo. El lugar de los algarrobos, cuyas semillas servían para pesar el oro y saber sus quilates. Ahí no acaba la obsesión etimológica, porque el nombre sigue jugando con el alquiler de la casa que busco cada verano, el dinero, el oro, las ágatas, las amatistas, el alumbre de la barra (rod, en inglés) del desodorante hipoalérgico que usamos en casa.

Rodalquilar y los pequeños dioses del lugar. A uno de esos dioses dedicó Valente un libro, uno de mis preferidos. Valente tenía una relación alucinada y etimológica con los lugares. Yo me declaro, desde esta mesa de madera donde desayuno, junto a la rambla de Rodalquilar y aceptando a las moscas, un alucinado y etimológico buscador de dioses en los lugares. Antes de volver a casa e iniciar los rituales del verano, voy a copiar en este diario un poema de ese libro de Valente (Al dios del lugar, 1989). Parece que hoy hace viento en El Playazo y habrá que descubrir nuevas calas. Rodalquilar tiene un dios en demolición que es eterno para el tiempo de los humanos.


El sur como una larga,
lenta demolición.

El naufragio solar de las cornisas
bajo la putrefacta sombra del jazmín.

Rigor oscuro de la luz.

Se desmorona el aire desde el aire
que disuelve la piedra en polvo al fin.

Sombra de quién, preguntas,
en las callejas húmedas de sal.

No hay nadie.

La noche guarda ciegas,
apagadas ruinas, mohos
de sumergida luz lunar.
                                        La noche.
El sur.