martes, 23 de abril de 2013

Menos joven, de Rubén Martín Giráldez. Una novela sobre padres e hijos y todo lo contrario






Creo que fue en algún libro de Piglia donde leí la historia de Lucía Joyce, la hija psicótica de James Joyce. Su padre le llevó los escritos de su hija a Carl Jung, que había publicado un largo ensayo sobre Ulysses y conocía bien su imaginación lingüística y novelesca. El monstruo indomable de la novela del siglo XX andaba por entonces metido en la redacción de Finnegans Wake, una novela psicótica que nadie ha leído, demasiado parecida a los textos de su hija. El diagnóstico de Jung sobre Lucía se ha convertido en una frase célebre, un tópico de las transmisiones a las que pueden llegar las peligrosas relaciones entre padres e hijos: “Allí donde usted nada, ella se ahoga”.

                Lucía Joyce es uno de los personajes, uno de los ídolos de la alta cultura, que aparece en esta novela pedagógica y demente de Rubén Martín Giráldez. También es una calcomanía de agua, pero eso será algo que descubra quien tenga el libro en sus manos (una edición artística y muy cuidada del sello Jekyll & Jill). Menos joven es la historia de una educación al revés. Una serie de monólogos  logorreicos sobre las virtudes de la educación salvaje y las posibilidades de salir del lenguaje postural de la cultura. Algo así como si Hofmannsthal y Wittgenstein se encontraran desnudos metidos en una jaula, como si la civilización hubiera sido una pesadilla. Ahí están, de fondo, grandes padres como el tierno Gargantúa o el enciclopédico Walter Shandy, además del ya mencionado padre de la novela experimental moderna, el padre de Lucía Joyce. También Montano y su mal, pero al revés.

He leído el libro de Martín Giráldez como el lector que soy: un lector que llena los libros de anotaciones, subrayados, diagramas, referencias, mapas y dibujos. Como las pizarras de mis clases. Un crítico actual diría que leo “como me sale de la polla”. Sí, muy bien. Yo soy más clásico, menos joven, y diría que leo dentro de la historia literaria porque no sé leer de otra manera y porque no me sale de la polla leer de otra manera. La historia literaria, para entendernos, era eso que le interesaba a Bolaño, algo que a nadie parece importar ya, que no se sabe para qué sirve, pero que todo el mundo más o menos conoce gracias al concurso Saber y Ganar. Como soy menos joven he aprendido mucho de los libros que escribió un tal Claudio Guillén, que a su vez había leído a un ruso desterrado en Siberia llamado Mijaíl Bajtín, un friki interesado por la transición de la Edad Media al Renacimiento en las letras europeas. En esos libros aprendí cosas que no sirven para nada, cosas como la siguiente: hay épocas o escritores, por ejemplo Virgilio, Petronio, Cervantes o Joyce, en que la saturación de modelos fundamenta una crisis creadora, y, por tanto, no hay literatura sin aceptación, realización, transformación o transgresión de los modelos.





                Es más, todavía puedo ser más jodido y molesto, leo una novela sabiendo que antes se han escrito muchas novelas, es decir, leo sabiendo que existe la historia de la novela. Por tanto leer la novela de Martín Giráldez es como pasar de una temporada anoréxica a un periodo de gusto por lo curvy. Es decir, que me lo he pasado teta leyéndola. Porque  Martín Giráldez también conoce, y además parece que muy bien, la historia de la novela. Bernhard y Gombrowicz son sus guías en el infierno de la lengua novelesca. También el sombrerero loco. Thomas Bernhard, el austriaco, por la verborrea, por el incesante movimiento de la lengua, por una lengua que parece que se hace líquida, que fluye como fluyen los ríos de semen en una orgía, o se expande como se expande el cabreo ciego en un día de ofuscación y furia antes de asistir a una reunión de antiguos alumnos del colegio. Witoldo Gombrowicz, el polaco y medio argentino, por la infinita capacidad de invención y creación de neologismos, por el gusto inmaduro por las combinaciones semánticas, por la inmadurización de los significados y las formas heredadas. Otro guía es el sombrero loco o Johnny Deep en varias de sus encarnaciones, pero eso ya no sería historia de la literatura. O sí, vete tú a saber.

El asunto es como sigue: el padre de Bogdano, que ha confundido realidad y trabajo, concibió una vía pedagógica para sus hijos que desarrolló en las llamadas «siestas del despotismo», también llamadas «siestas fundacionales», o «siestas revolucionarias». Esa «educación híbrida» consistió en un constante dar gato por liebre: cambió las cubiertas y las portadas de los libros para así leer Raíces como si Bogdano y su hermano estuvieran leyendo Los papeles póstumos del club Pickwick, o leer las novelas de Pearl S. Buck creyendo que estaban leyendo las obras completas de Hölderlin. El objetivo del padre de Bogdano era loable: proteger a sus hijos del contacto con los grandes, evitar que crecieran convencidos de pertenecer a una aristocracia de las artes, las letras y el pensamiento. El padre de Bogdano es la viva imagen del enemigo de la pedagogía elitista, antiorteguiano como él solo. El asunto es que Bogdano, habiendo sido instruido en la mistificación premeditada de su padre, participará en un concurso radiofónico en una época posterior a la electricidad. Un concurso llamado El peinado de Calígula que consiste en perseguir y derribar ídolos, ridiculizarlos, cabalgarlos y domarlos. El problema es que nadie es quien parece, todo está confundido de tal modo que da igual si el ídolo es Lucía Joyce o Kim Basinger.  Antonin Artaud y su Heliogábalo  se confunden  con Billy Warlock y la película por él protagonizada, Society, una película de terror serie b de los ochenta dirigida por Brian Yuzna que he vuelto a ver estos días (esta frase es fundamental ya que en realidad la he visto por primera vez, pero ya sabéis que este de la cultura es el reino por excelencia de la impostura y esa frase: «la he vuelto a ver» o «la he revisitado» es una de las favoritas de todo enterado).  El caso es que los concursantes y el presentador van montados a caballo.  Todo en El peinado de Calígula es un poco abstracto, hay que imaginar, hay que fantasear con esa continua persecución de mitos culturales y las humillaciones a las que son sometidos. Como en Society, la película que he vuelto a ver y os recomiendo, parece que detrás de todo hay una generalizada y siniestra lucha de clases, o de especies, en la que los ricos se comen a los pobres.

Menos joven sería lo que un crítico cultural llama «artefacto narrativo». Yo, que pienso y leo desde la historia de la novela, creo que Menos joven es, además de algo muy especial en el panorama de la literatura en español actual, una apuesta ciega por el lenguaje y su capacidad de descubrimiento y renovación. La queja frente a lo heredado y la responsabilidad frente a la transmisión. De eso se trata. Como si la relación entre padres e hijos siempre estuviera marcada por la lucha de idiomas: el lenguaje directo de Tony Soprano y las evasivas paranoicas de A. J. en Los Sopranos, o Walter White intentando engañar o entender a su hijo Junior-Flynn con una minusvalía cerebral en Breaking Bad. Yo mismo, no sabiendo si enseñar «valores» o iniciar con mi hijo un curso acelerado de cinismo. Un problema de lenguajes, como  esa inmortal conversación sobre la lluvia entre el protagonista de White Noise de Don Delillo y su hijo adolescente.

«No tengas más de uno o dos miedos; no se puede tener más miedos que padres», es una de las consignas del narrador desbocado de Menos joven. Nuestros miedos tienen mucho que ver con el sentido y el sinsentido que nos rodea. Hablando del Japón, Barthes recuerda que en Occidente atacar el sentido es esconderlo o invertirlo, pero jamás ausentarlo como sucede en Oriente. De modo que aquí el sentido siempre está al acecho. En nuevas siestas revolucionarias en las que los niños seguirán aprendiendo a nadar donde los padres se ahogan. Y viceversa.

martes, 16 de abril de 2013

Un libro prescindible: las cartas que se escribieron John M. Coetzee y Paul Auster









Paul Auster y J. M. Coetzee, Aquí y ahora. Cartas 2008 – 2011, traducción de Benito Gómez y Javier Calvo, Anagrama & Mondadori, 2012.




              La lectura de la correspondencia entre Coetzee y Auster, publicada el pasado año en español, es todo menos sorprendente. John es Coetzee a toda máquina, una máquina muy inteligente y humana, a la vez que, por escéptica y sombría, en ocasiones parece inhumana. Y Paul es Auster al cien por cien de sus glamurosos azares. Ya digo, poca cosa resulta reveladora. Es curioso que durante el intercambio epistolar, tanto Coetzee como Auster, se quejen de los posibles criterios que han guiado la edición de la correspondencia de Beckett, ya que sospechan que los herederos han querido delimitar demasiado lo personal de lo literario, eliminando, se supone, lo que puede aportar una correspondencia para el lector curioso. Lo interesante de las cartas cruzadas entre Coetzee y Auster entre 2008 y 2011 es que el lector puede poner la imaginación en vez de la curiosidad y llegar a algunas conclusiones sobre la vida y las opiniones de ambos.

La publicación de correspondencias es un asunto que no está nada claro entre los mismos escritores. Es decir, todo lo claro que pueda estar entre los eruditos, críticos o filólogos, partidarios de publicar todo lo que se haya escrito sobre la tierra, incluidos los papeles privados o las listas de la compra, pues así de oscuro está para muchos escritores que, como cualquier mortal, también escriben papeles privados y listas de la compra que, en ocasiones, se arrepienten de no haber destruido. Aunque me temo que aquí se estén desarrollando otros estatutos éticos y estéticos en estos años o minutos dominados por los estados de Facebook y los followers en Tweeter. La publicación de una correspondencia real de Milan Kundera es un hecho imposible. Como imposible sería pensar que el autor de La broma abrazara la fe en las redes sociales. Pero situémonos. Kundera considera que Brod traicionó a Kafka (ese es el eje de su ensayo Los testamentos traicionados) y, según intenta demostrar, debido a esa traición se colaron banalidades, manipulaciones y censuras que ha costado casi un siglo remediar. Pero no se ha podido remediar lo ya hecho, nunca es posible despublicar lo publicado. Kundera cree que el testamento de Kafka debió ser respetado, a pesar de los eruditos, críticos y filólogos que, en el fondo, entienden la traición de Brod. Pues bien, las cartas cruzadas entre Coetzee y Auster no suponen ninguna traición, no son papeles privados, están pensadas para ser publicadas. Los dos corresponsales han pactado un plan de actuación, una hoja de ruta epistolar que estaba abocada a una publicación de estas características en vida de los autores. «Nos escribiremos cartas durante unos años y luego las revisaremos y publicaremos una selección», esa conversación, o alguna parecida, está en el origen de este libro.

No, no es un libro sorprendente, no es un documento que nos descubra matices o pliegues de las personalidades de estos dos célebres novelistas. No hay grandes confesiones, nada de cotilleos, salvo la obligada referencia al crítico villano de apellido maderero del que trataré más adelante. No hay escabrosidades sexuales ni literarias, salvo una insistente aparición del incesto entre hermanos como tema literario. No hay madera para la polémica. Pero hay algunos párrafos memorables, algunas explicaciones imprescindibles, tres o cuatro momentos de alta intensidad literaria. En todos estos casos el corresponsal se llama John.



Novelistas que se escriben

Hay algunas correspondencias entre novelistas que sí son memorables por muchos motivos. Seguramente la razón por la que una relación epistolar adquiere vuelo literario es por la personalidad o el estilo de uno de los corresponsales. Aquí pasa con Coetzee. Mucho más evidente es ese vuelo en otras correspondencias entre novelistas. Flaubert es sin duda otro de esos corresponsales que hacen inolvidable una relación epistolar. Hay quien considera su Correspondencia (con Louise Colet, con George Sand, con Turguéniev) la mejor realización de su estilo, de la misma manera que hay quien considera el Diario de Gombrowicz la obra cumbre del escritor polaco. Obras en las que, precisamente, se mezcla lo personal y lo literario.

El 13 de noviembre de 1872 Gustave Flaubert, convertido ya en el monstruo literario de Croisset, le confiesa a su amigo el novelista ruso Iván Turguéniev: «La estupidez pública me desborda», y por si no ha quedado claro añade: «Siento ascender del fondo de la tierra una irremediable barbarie. Espero haber reventado antes de que esa barbarie se lo haya llevado todo. Pero mientras tanto no es muy divertido. Nunca los intereses del espíritu han importado menos. Nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura han sido tan palpables.»1 Pues vaya por Dios.

La intensidad de la indignación flaubertiana nos resulta muy familiar, es una indignación casi entrañable y alejada de cualquier verosimilitud crítica contemporánea, a pesar de que es posible que lleve mucha razón, eso nadie se lo quita. A Flaubert no parece importarle demasiado que el mundo se vaya a la mierda, es más, prefiere que se vaya a la mierda antes de seguir asistiendo (asistir es un decir, porque vivía absolutamente aislado en la aldea de Croisset) al crecimiento sin límite de la estupidez humana. Auster y Coetzee hablan de tiempos sombríos, de tiempos oscuros, pero Coetzee es consciente del riesgo que conlleva envejecer, pues envejecer es alejarse, aislarse poco a poco en mundos cada vez menos reales, cada vez más sutiles y melancólicos. Es lo que constata cuando hablan de la aflicción que les produce la posible desaparición del libro en su forma tradicional y del paradisíaco espacio arquitectónico de las bibliotecas borgianas: «la aflición compartida de dos caballeros de edad avanzada ante el rumbo que está siguiendo el mundo ¿Cómo se escapa uno del destino completamente risible de convertirse en vejestorio, en el típico abuelo puñetas  […]?» La diferencia entre Flaubert y Coetzze es histórica, claro, pero también literaria. El que afirmó que Madame Bovary era él no sabe, o no puede, tomar distancia con el personaje Gustave Flaubert en su correspondencia. Para Coetzee, maestro de la novela postmoderna, no hay nada más natural que tomar distancia y no juzgar al mundo, e incluso enseñar las mimbres de un voluntarioso humanismo que, incluso, le hace sentirse orgulloso de «pertenecer a una especie a la que pertenecen hombres, y de vez en cuando mujeres [sic, pues habla de la historia del arte y la literatura; habla, por tanto, del pasado], que realizan cosas o acciones admirables.»   

La Correspondencia de Saul Bellow2 es un monumento a la inteligencia y al humor salvaje, a la amistad sin límites de los que han aprendido a vivir, el duro y entretenido oficio de vivir. Con Bellow sí cabe la sorpresa, la confidencia, la revelación. Los protagonistas no son solo los conflictos generales o la época, que también, sino la vital y novelesca concreción de las relaciones, los malentendidos y los afectos que lo unen y separan de sus corresponsales. Es la lógica colección de papeles privados de un hombre que vivió 89 años y que tras cinco matrimonios tuvo una hija con 83 y publicó una obra maestra, Ravelstein (2000), cumplidos los 85. Dos ejemplos para ilustrar lo que digo. Los dos proceden de cartas dirigidas a su discípulo y amigo Philip Roth. En carta fechada el 7 de enero de 1984, Bellow se refiere a un malentendido provocado, seguramente, por la manera en que algún periodista ha publicado las opiniones de uno y otro: «Aun así nuestros diagramas son diferentes —le escribe Bellow a Roth—, y la descripción más breve de las diferencias sería que tú pareces aceptar la explicación freudiana: la motivación de un escritor es su deseo de fama, dinero y oportunidades sexuales. Mientras que yo nunca me he tomado en serio esa trinidad de motivos. Pero esta es una nota explicativa y no quiero convertirla en un acontecimiento rabínico. Por favor, acepta mi arrepentimiento y mis disculpas, y también mis mejores deseos. Me temo que no podemos hacer nada con los periodistas; solo podemos esperar que se extingan, como los tábanos a finales de agosto.»

Tras una larga carta fechada el 1 de enero de 1998, en la que casi destruye formal y conceptualmente Me casé con un comunista (1998), concluye con unas palabras que son toda una declaración de honestidad brutal y complicada lealtad: «No hay mucha gente con la que pueda ser tan franco. Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro y espero que sigamos, los dos, diciendo lo que pensamos. Estarás dolido conmigo, pero creo que no te desharás de mí para siempre. Siempre tuyo, Saul.»









El estilo tardío o una ética de la madurez

Las cartas de Auster y Coetzee no contienen nada parecido. Son cartas dictadas por el decoro, donde se miden milímetro a milímetro las distancias con vistas a la futura e inminente publicación. Un juego editorial, un divertimento literario, una estrategia de agencias literarias entre dos estrellas de la novela anglosajona y global que miran un mundo que a veces no entienden y en el que tratan de conquistar espacios de equilibrio para adentrarse en la última edad, en el último estilo, el estilo tardío al que dedicó Edward Said algunos de sus últimos trabajos3. Ese es el núcleo duro de esta correspondencia, y como siempre, Coetzee es quien sabe ponerle palabras a los núcleos duros. Cuando Auster le comenta que ha tenido que abandonar un proyecto de novela Coetzee aprovecha para escribirle: «Lo que me interesa en la situación presente es la cuestión de cómo y cuándo se enunciará el agotamiento de las energías. No se puede seguir escribiendo eternamente; y tampoco quiere uno despedirse con un producto vergonzosamente malo de la chochez. ¿Cómo detecta uno que simplemente ha perdido la capacidad para hacerle justicia a un tema?» Al hilo recuerda un par de versos de un poema de A. R. Ammons publicado en su libro póstumo Bosh and Flapdoodle: Poems (2005), algo así como poemas de tonterías y chorradas: «telling about / getting old and everything getting old gets / old, I'll tell you, it sure does», que, más o menos, podemos traducir así «hablas de hacerse viejo / y todo ese hacerse viejo envejece, /  ya te diré yo, seguro que es así.»4
La correspondencia arranca con una carta de Coetzee sobre la amistad, los límites y licencias que Eros puede imponer a las relaciones amistosas entre hombres y mujeres adultos. En la segunda carta a Coetzee le apetece hablar de deportes y luego, de pasada, vuelve sobre el tema del sexo entre amigos para acabar en un asunto tan mitológico como novelesco en la imaginación centroeuropea de la primera mitad del siglo XX: el incesto entre hermanos, tema que será recurrente en buena parte de las cartas («El incesto solía ser uno de los grandes temas de la literatura (Musil, Nabokov), pero parece que ya no lo es. Tal vez porque la idea del sexo como experiencia casi religiosa —y por consiguiente del incesto como desafío a los dioses— se ha esfumado.») La tercera carta de Coetzee a Paul Auster, única con título, «Carta a Paul Auster», trata de la crisis financiera que acaba de dar la cara justo el año, 2008, en el que empieza esta correspondencia. Cuando preguntas qué ha pasado, escribe Cotzee, te responden que «ciertos números han cambiado», y cuando vuelves a preguntar por qué no «nos limitamos a tirar a la basura esa serie concreta de números, esos números que nos hacen infelices y que al fin y al cabo no reflejan realidad alguna» entonces la respuesta que suele encontrarse el autor de Desgracia es la misma que reciben los indignados: «Lo que a ti te pasa es que no entiendes cómo funciona el sistema.» La ingenuidad de Coetzee es en Auster candidez adolescente cuando propone como solución imprimir grandes cantidades de dinero y repartirlas a nivel planetario. Una candidez semejante a la que manifiesta cuando propone como solución al problema de Oriente Medio la entrega del estado de Wyoming para trasladar allí el estado de Israel. Utopía y candidez.
En tanto que correspondencia literaria es bastante manejable, tan manejable que puedo mencionar aquí los temas que se tratan y quién los propone como tema de conversación. Coetzee plantea los siguientes temas: la amistad, los deportes, la crisis financiera, la correspondencia de Beckett, Invisible (novela de Auster), el incesto, la relación del escritor con la lengua materna, la inmigración, Sudáfrica, la política americana, las primeras impresiones, la curiosidad, la literatura de viajes, los nombres de los personajes, el «estilo tardío», la poesía norteamericana, los límites entre ficción y realidad, el antisemitismo, el arte después de las décadas de los setenta y ochenta, los despistes, la memoria, la relaciones culturales y patológicas con la comida, Kafka, el mundial de fútbol de Sudáfrica («el reino de la desvergüenza», lo llama), Philip Roth, la correspondencia con lectores, India, las nuevas tecnologías y la novela , la novela y el adulterio en la era de los teléfonos móviles, la permisividad y el puritanismo y, en fin, la vejez.
Auster, por su parte pone sobre la mesa los siguientes asuntos: las casualidades, el azar, los encuentros con Charlton Heston («a mí no me parece raro que, moviéndote en el mundo del cine, no pares de encontrarte con otra persona de ese mundo. Lo raro es que esa persona sea Charlton Heston», le responde Coetzee), las adaptaciones cinematográficas (Desgracia), los festivales cinematográficos y literarios, las cenas familiares, el clan familiar, los cumpleaños y las celebraciones, Paul Auster, la memoria de los espacios literarios, James Wood, el funambulista Philippe Petit, las falsas entrevistas de Debenedetti, Israel, von Kleist, las revoluciones árabes, las «nueva esperanza para los muertos» o la vitalidad de los escritores mayores o muy mayores, el castillo italiano donde pasa sus vacaciones y, en fin, las máquinas de escribir.
Lo que sí podemos encontrar en esta correspondencia son algunos «síntomas», como la falta de acuerdo sobre el cine de William Wyler, la muy distinta manera de interpretar la personalidad del funambulista Philippe Petit, o la necesidad precisar la historia de Sudáfrica. En estos y otros asuntos se evidencia la distancia que hay entre dos autores que, por otra parte, parecen compartir un sincero sentimiento de mutua simpatía. Un indicio muy claro es la sorprendente ausencia de ironía de Auster al interpretar el comienzo de un ensayo de Jonathan Franzen en el que, más o menos, se disculpa por recomendar la lectura de una novela5 («Leer El hombre que amaba a los niño sería hacer un uso especialmente frívolo del tiempo»). Me resulta muy difícil creer que ese literalismo de Auster sea real, que no responda a un error de perspectiva, a un descuido o a un lapsus psicológico a la hora de enjuiciar todo lo que provenga de Jonathan Franzen. No sé, me desconcierta. Aunque es verdad que  Auster parece utilizar estas cartas para algo, con un fin.  No puede evitar desplegar sus intuiciones sobre el azar y su erudición sobre la cultura norteamericana, su participación gustosa y festiva en festivales literarios y cinematográficos, sus exquisitos gustos cosmopolitas. La obsesión de Auster por el azar y las casualidades inverosímiles, que son su poética novelesca, aparecen de manera poco azarosa en estas cartas, tanto que Auster puede llegar a resultarnos pesado con sus azares y entonces descansamos en las simas de las aventuras morales y ascéticas del sudafricano, echamos de menos su sequedad, su ascetismo estilístico. Es lo que tiene la comparación.






Un individuo cuyo nombre sugiere que algún día lo devorarán las termitas

Hay otros personajes que transitan por estas cartas. Por supuesto, Dorothy y Siri, las esposas de ambos. Pero también Beckett y sus problemas con el lenguaje y la tradición. Y sobre todo el tercero en discordia, la bestia negra de la crítica literaria norteamericana, el gran y odiado James Wood, el crítico-villano, que ha repartido raciones de su prosa crítica a la obra de ambos corresponsales. Sobre todo a Paul Auster, al que destroza de manera generalista en una crítica a propósito de Invisible (2009), la novela que contiene el incesto entre hermanos del que tanto se habla en esta correspondencia. Wood, ese crítico que se orienta de maravilla en el laberinto de espejos de la ficción posmoderna, ese laberinto en el que los novelistas aspiran a ser personajes y los personajes novelistas, ese laberinto tan austeriano, tan propio del maestro de Ciudad del Cabo, tan unamunescamente novelesco. El caso es que a Auster la crítica de Wood no le gustó nada, sobre todo la publicada en The New Yorker6. Entre otras cosas, Wood inicia su crítica de Invisible parodiando las casualidades y razones inexplicables de las narraciones de Auster, «accidents visit the narrative like automobiles falling from the sky» (los accidentes aparecen en sus obras como automóviles cayendo del cielo). Lo más curiosos es que de toda la obra de Auster, de todas sus novelas, de todos sus cuentos, Wood parece salvar solo la escena del incesto entre hermanos que se desarrolla en un capítulo de Invisible, la tan traída y llevada a escena del incesto en esta correspondencia. Misterios de la crítica.
Por otro lado es evidente que James Wood admira a Coetzee, pero a regañadientes. Lo considera frío y desabrido pero sumamente inteligente. Demasiado apegado a la alegoría como forma de la novela.  Imprescindible es el comentario a Elisabeth Costello (2003) recogido en su libro The Irresponsible Self: On Laughter and the Novel (2004), donde Coetzee queda definido como novelista metafísico devoto de Dostoievski y, aquí viene el par de banderillas, con deseos de ser devoto de más cosas. Es decir que Wood considera que en las novelas de Coetzee, en la personificación novelesca de sus ideas, en la puesta en escena de sus «confesiones» existe una clara aspiración religiosa, teológica incluso. Rodeados de ruidos posmodernos, dice Wood,  reconocemos la tradición dostoievskiana.
Bueno, existe un solo consuelo para estas críticas de James Wood. Quizá solo hay algo peor: que Wood no te preste atención. Pero este es un bajo consuelo. Wood es así. Lo peor que dijo Wood sobre Desgracia (1999) también es lo mejor: «very good novel, almost too good a novel.»7
En una carta Coetzee define al crítico como esa clase de persona que se gana la vida diciendo cosas ingeniosas a expensas de los demás. Dice estar a salvo de esas rencillas y querellas por tener un sueldo universitario, cosa que a Auster no le gusta mucho oír: “La parte más fea del mundo de las letras –las animadversiones, las lisonjas, las puñaladas por la espalda y esas cosas- vienen de una necesidad a veces desesperada de ganarse precariamente la vida.”  Recuerda el caso de Lenoff, un personaje de la última novela de Philip Roth hasta ese momento, la última de la saga de Zuckermann, Sale el espectro (2007): «El villano (crítico-villano) de Sale el espectro es uno de esos críticos que amenaza con publicar una lectura de la narrativa de Lonoff como si fuera la historia camuflada (o tal vez la historia obstruida, no se sabe) de un incesto que el escritor cometió con una hermana mayor.» Aquí uno empieza a sospechar si toda esta correspondencia no es sino un simposio sobre el incesto en la novela.

Algunas cosas que no me gustaría olvidar
En efecto, empiezo a olvidar demasiadas cosas. Pero de esta lectura no me gustaría olvidar que Auster menciona una novela para mí desconocida y que puede ser una buena introducción al enloquecido mundo de esta crisis, se trata de El estafador y sus disfraces de Melville. Tampoco quisiera olvidar una importante aportación de Auster en estas cartas: la constatación de que los norteamericanos, como puede estar sucediendo con los europeos, han perdido su capacidad de comprender la imaginación y que, por tanto, les resulta extraño que un novelista se invente cosas. Por eso la imagen va ganando terreno en los libros conforme aumenta la descreencia en la imaginación: el ensayo acompañado por un documental filmado, ediciones críticas de novelas clásicas que incluyen pasajes suprimidos o finales alternativos o fotografías o un dvd de apoyo.
Y, claro, hay muchas más cosas de Coetzee que no quisiera olvidar. Por ejemplo sus reflexiones sobre la difícil que le resulta hacer crónicas de viaje: «Si el cronista de viajes nato está preternaturalmente atento a las señales de la diferencia, ¿acaso yo soy el cronista nato del antiviaje, atento únicamente a las señales de la monotonía?» O cuando al hablar de la poesía norteamericana del siglo XX se pregunta por quién hoy tiene el poder de dar forma al alma de los jóvenes tal como lo hicieron Brodsky o Herbert o Enzensberger o, incluso, Ginsberg. Y sobre todo no quiero olvidar este último párrafo, que entiendo perfectamente, y que describe algo que he vivido y que estoy convencido de que apunta hacia algo que es esencial, y entended esencial como gustéis: «Me da la impresión de que a finales de los sesenta o principios de los ochenta pasó algo que provocó que las artes perdieran su papel protagonista de nuestra vida interior. Estoy más que dispuesto a dar crédito a los diagnósticos de lo que pasó entre entonces y ahora que aluden a la política, la economía o la historia mundial. Sin embargo, me da la sensación de que ni escritores, ni artistas consiguieron en general salir airosos del desafío que sufrió su rol protagonista, y que ese fracaso nos ha hecho a todos más pobres.»  Este jodido párrafo, tan propio del maestro de Ciudad del Cabo, este párrafo que me gustaría no tener que recordar para poder olvidar esta decadencia tan trabajada.
Las cartas que se escribieron Coetzee y Auster entre 2008 y 2011. Un libro absolutamente prescindible. Como casi todos.




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1Gustave Flaubert e Ivan Turguéniev, Correspondencia, Mondadori, 1992.
2Editada por Benjamin Taylor y editada en español por la editorial Alfabia en 2011.
3Recogidos en On Late Style: Music and Literature Against the Grain, 2006 (Sobre el estilo tardío: música y literature a contracorriente, Debate, 2009).
4Los Poemas escogidos de Ammons fueron cuidadosamente traducidos al español en 2003 por David Cruz y Mario Jurado (Universidad de Córdoba y Editorial Plurabelle).
5Jonathan Franzen, “La mejor familia convertida en historia (sobre El hombre que amaba a los niños de Christina Stead)”, en Más afuera, Salamandra, 2012, p. 65.
7http://www.powells.com/review/2001_05_10.html