martes, 23 de abril de 2013

Menos joven, de Rubén Martín Giráldez. Una novela sobre padres e hijos y todo lo contrario






Creo que fue en algún libro de Piglia donde leí la historia de Lucía Joyce, la hija psicótica de James Joyce. Su padre le llevó los escritos de su hija a Carl Jung, que había publicado un largo ensayo sobre Ulysses y conocía bien su imaginación lingüística y novelesca. El monstruo indomable de la novela del siglo XX andaba por entonces metido en la redacción de Finnegans Wake, una novela psicótica que nadie ha leído, demasiado parecida a los textos de su hija. El diagnóstico de Jung sobre Lucía se ha convertido en una frase célebre, un tópico de las transmisiones a las que pueden llegar las peligrosas relaciones entre padres e hijos: “Allí donde usted nada, ella se ahoga”.

                Lucía Joyce es uno de los personajes, uno de los ídolos de la alta cultura, que aparece en esta novela pedagógica y demente de Rubén Martín Giráldez. También es una calcomanía de agua, pero eso será algo que descubra quien tenga el libro en sus manos (una edición artística y muy cuidada del sello Jekyll & Jill). Menos joven es la historia de una educación al revés. Una serie de monólogos  logorreicos sobre las virtudes de la educación salvaje y las posibilidades de salir del lenguaje postural de la cultura. Algo así como si Hofmannsthal y Wittgenstein se encontraran desnudos metidos en una jaula, como si la civilización hubiera sido una pesadilla. Ahí están, de fondo, grandes padres como el tierno Gargantúa o el enciclopédico Walter Shandy, además del ya mencionado padre de la novela experimental moderna, el padre de Lucía Joyce. También Montano y su mal, pero al revés.

He leído el libro de Martín Giráldez como el lector que soy: un lector que llena los libros de anotaciones, subrayados, diagramas, referencias, mapas y dibujos. Como las pizarras de mis clases. Un crítico actual diría que leo “como me sale de la polla”. Sí, muy bien. Yo soy más clásico, menos joven, y diría que leo dentro de la historia literaria porque no sé leer de otra manera y porque no me sale de la polla leer de otra manera. La historia literaria, para entendernos, era eso que le interesaba a Bolaño, algo que a nadie parece importar ya, que no se sabe para qué sirve, pero que todo el mundo más o menos conoce gracias al concurso Saber y Ganar. Como soy menos joven he aprendido mucho de los libros que escribió un tal Claudio Guillén, que a su vez había leído a un ruso desterrado en Siberia llamado Mijaíl Bajtín, un friki interesado por la transición de la Edad Media al Renacimiento en las letras europeas. En esos libros aprendí cosas que no sirven para nada, cosas como la siguiente: hay épocas o escritores, por ejemplo Virgilio, Petronio, Cervantes o Joyce, en que la saturación de modelos fundamenta una crisis creadora, y, por tanto, no hay literatura sin aceptación, realización, transformación o transgresión de los modelos.





                Es más, todavía puedo ser más jodido y molesto, leo una novela sabiendo que antes se han escrito muchas novelas, es decir, leo sabiendo que existe la historia de la novela. Por tanto leer la novela de Martín Giráldez es como pasar de una temporada anoréxica a un periodo de gusto por lo curvy. Es decir, que me lo he pasado teta leyéndola. Porque  Martín Giráldez también conoce, y además parece que muy bien, la historia de la novela. Bernhard y Gombrowicz son sus guías en el infierno de la lengua novelesca. También el sombrerero loco. Thomas Bernhard, el austriaco, por la verborrea, por el incesante movimiento de la lengua, por una lengua que parece que se hace líquida, que fluye como fluyen los ríos de semen en una orgía, o se expande como se expande el cabreo ciego en un día de ofuscación y furia antes de asistir a una reunión de antiguos alumnos del colegio. Witoldo Gombrowicz, el polaco y medio argentino, por la infinita capacidad de invención y creación de neologismos, por el gusto inmaduro por las combinaciones semánticas, por la inmadurización de los significados y las formas heredadas. Otro guía es el sombrero loco o Johnny Deep en varias de sus encarnaciones, pero eso ya no sería historia de la literatura. O sí, vete tú a saber.

El asunto es como sigue: el padre de Bogdano, que ha confundido realidad y trabajo, concibió una vía pedagógica para sus hijos que desarrolló en las llamadas «siestas del despotismo», también llamadas «siestas fundacionales», o «siestas revolucionarias». Esa «educación híbrida» consistió en un constante dar gato por liebre: cambió las cubiertas y las portadas de los libros para así leer Raíces como si Bogdano y su hermano estuvieran leyendo Los papeles póstumos del club Pickwick, o leer las novelas de Pearl S. Buck creyendo que estaban leyendo las obras completas de Hölderlin. El objetivo del padre de Bogdano era loable: proteger a sus hijos del contacto con los grandes, evitar que crecieran convencidos de pertenecer a una aristocracia de las artes, las letras y el pensamiento. El padre de Bogdano es la viva imagen del enemigo de la pedagogía elitista, antiorteguiano como él solo. El asunto es que Bogdano, habiendo sido instruido en la mistificación premeditada de su padre, participará en un concurso radiofónico en una época posterior a la electricidad. Un concurso llamado El peinado de Calígula que consiste en perseguir y derribar ídolos, ridiculizarlos, cabalgarlos y domarlos. El problema es que nadie es quien parece, todo está confundido de tal modo que da igual si el ídolo es Lucía Joyce o Kim Basinger.  Antonin Artaud y su Heliogábalo  se confunden  con Billy Warlock y la película por él protagonizada, Society, una película de terror serie b de los ochenta dirigida por Brian Yuzna que he vuelto a ver estos días (esta frase es fundamental ya que en realidad la he visto por primera vez, pero ya sabéis que este de la cultura es el reino por excelencia de la impostura y esa frase: «la he vuelto a ver» o «la he revisitado» es una de las favoritas de todo enterado).  El caso es que los concursantes y el presentador van montados a caballo.  Todo en El peinado de Calígula es un poco abstracto, hay que imaginar, hay que fantasear con esa continua persecución de mitos culturales y las humillaciones a las que son sometidos. Como en Society, la película que he vuelto a ver y os recomiendo, parece que detrás de todo hay una generalizada y siniestra lucha de clases, o de especies, en la que los ricos se comen a los pobres.

Menos joven sería lo que un crítico cultural llama «artefacto narrativo». Yo, que pienso y leo desde la historia de la novela, creo que Menos joven es, además de algo muy especial en el panorama de la literatura en español actual, una apuesta ciega por el lenguaje y su capacidad de descubrimiento y renovación. La queja frente a lo heredado y la responsabilidad frente a la transmisión. De eso se trata. Como si la relación entre padres e hijos siempre estuviera marcada por la lucha de idiomas: el lenguaje directo de Tony Soprano y las evasivas paranoicas de A. J. en Los Sopranos, o Walter White intentando engañar o entender a su hijo Junior-Flynn con una minusvalía cerebral en Breaking Bad. Yo mismo, no sabiendo si enseñar «valores» o iniciar con mi hijo un curso acelerado de cinismo. Un problema de lenguajes, como  esa inmortal conversación sobre la lluvia entre el protagonista de White Noise de Don Delillo y su hijo adolescente.

«No tengas más de uno o dos miedos; no se puede tener más miedos que padres», es una de las consignas del narrador desbocado de Menos joven. Nuestros miedos tienen mucho que ver con el sentido y el sinsentido que nos rodea. Hablando del Japón, Barthes recuerda que en Occidente atacar el sentido es esconderlo o invertirlo, pero jamás ausentarlo como sucede en Oriente. De modo que aquí el sentido siempre está al acecho. En nuevas siestas revolucionarias en las que los niños seguirán aprendiendo a nadar donde los padres se ahogan. Y viceversa.