jueves, 28 de junio de 2012

Richard Avedon y el oeste americano.






Algo de superstición debe haber en la resistencia a ser fotografiado. Algo así como el miedo que siente José Arcadio Buendía en Cien años de soledad cuando el sabio Melquiades introduce el daguerrotipo en Macondo. El pobre José Arcadio siempre tenía cara de espantado en las fotografías “porque pensaba que la gente se iba gastando poco a poco a medida que su imagen pasaba a las placas metálicas”. Yo no sé cuál es el ritmo de mi desgaste, pero si sé de memoria el largo cantabile con el que avanzan mis entradas y eso, en las fotografías, se nota. ¡Joder si se nota! Sólo consigo apaciguar la inquietud que me produce una cámara si sé que la persona que me fotografía me quiere y que, por tanto, puede llegar a ver cierta calidad y encanto en mis entradas. De modo que, consciente o inconscientemente, para mí la fotografía es un cauce expresivo vinculado a la intimidad.
Cuesta trabajo concebir una intimidad sin miradas. Seguro que existe entre los ciegos, pero me cuesta trabajo imaginarla. Para los que vemos mirarse a los ojos es colocarse en un territorio intermedio, el mismo territorio al que pertenece la conversación y la verdad de cada momento. “Mírame a los ojos”: es la expresión que utilizamos antes de decir algo que se supone verdadero, también antes de decir una mentira gigantesca. Claro, no extraña que algunas guías turísticas de Nueva York recomienden no mirar directamente a los ojos de los transeúntes. Los urbanitas que a diario utilizan el metro se hacen con un libro o un periódico para, entre otras cosas, ofrecer a sus ojos un punto de atención legitimado y social que evite la tentación de invadir la intimidad de otros, la horrible y vergonzosa intimidad que reside en los ojos humanos y también en la de algunos animales. Por eso, por miedo a la conversación, por miedo a la verdad y la mentira, muchas personas son incapaces de mantener la mirada. Y es que la  mirada, como afirma Roland Barthes en su célebre ensayo sobre la fotografía (La cámara lúcida), es siempre virtualmente loca: es al mismo tiempo efecto de verdad y efecto de locura.
Miradas verdaderas o miradas locas, siempre desafíos a la intimidad, son las fotografía Richard Avedon, sobre todo en la serie titulada In the American West (http://www.richardavedon.com/index.php#mi=2&pt=1&pi=10000&s=0&p=7&a=0&at=0). Son retratos realizados entre 1979 y 1984 por encargo del Museo Amon Carter, de Fort Worth, con el fin de documentar la forma de vida de la clase trabajadora en el Oeste de los Estados Unidos. Avedon se hizo célebre como fotógrafo de la high class neoyorquina gracias a sus colaboraciones en revistas como Harper’s Bazaar o Vogue. Fue el cronista gráfico del matrimonio de Marilyn Monroe con el dramaturgo Arthur Miller. La serie de retratos de In the American West no tiene nada que ver con el glamour. O sí, si aceptamos como criterio del glamour, y no resulta difícil hacerlo, la camiseta de tirantes de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Algo que ya no es dulce (La dolce vita) sino amargo (Risotto amaro), aunque Mastroianni y la Magnano demuestren que lo dulce y lo amargo son sabores contiguos. Es el glamour enfermo de la clase trabajadora del oeste americano. Hay, claro está, denuncia y mensaje político, pero a Avedon le sucede lo que a Buñuel cuando después de Un Chien andalou y L’Âge d’or se va a una comarca de Extremadura y filma el documental Las Hurdes, tierra sin pan: el exceso de realidad es el material de la más surrealista de sus películas.                                
Los retratos de Avedon, cara a cara, mirada contra mirada, son una enorme pregunta sobre qué es y qué no es real. O sea, la pregunta del millón. “Todo lo verdadero es invisible”, afirma Ángel González García en El resto: una historia invisible del arte contemporáneo español. Si una cosa es lo real, que puede ser visible a través de imágenes, otra cosa es lo verdadero, a lo que normalmente no se llega a través de las imágenes. A esta vocación no realista de las imágenes dedica Joan Fontcuberta, maestro en la manipulación fotográfica y el engaño visual, su magnífico ensayo titulado El beso de Judas. Fotografía y verdad. Hoy el asunto ha ingresado de lleno en la neurología, en la manera en que nuestras neuronas construyen la idea de realidad, y los magos, con George Méliès a la cabeza —mago y cineasta, inspirador de La invención de Hugo, última película de Scorsese— tienen mucho que decir al respecto. Sus trucos son los objetos de investigación de dos de los investigadores más relevantes en el campo de la neurología visual, Stephen L. Macknik y su mujer Susana Martínez-Conde, directora del Laboratorio de Neurociencia Visual del prestigioso Instituto Neurológico Barrows (http://smc.neuralcorrelate.com/), en Phoenix (Arizona, the American West). Acaban de publicar un interesante libro al respecto: Los engaños de la mente. Cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro.
Nos preocupa la veracidad a propósito de cauces artísticos o informativos que utilizan la imagen impresa o editada, la manipulación visual (fotografía, documental, televisión, fotoshop, montaje…) de la misma manera que los europeos del XIX teorizaron sobre la verdad a propósito de cauces que utilizaban la palabra escrita (poesía, novela, prosa periodística).
La serie In the American West está compuesta, quién lo duda, por retratos reales. Los sujetos tienen nombre y apellido, a veces se menciona su profesión y siempre el lugar, el día, el mes y el año en que fueron fotografiados. Pero Avedon, honesto con un oficio que trabaja con imágenes, no juega con la verdad. Así lo da por sentado en un texto de presentación de la serie In the American West: “En fotografía no hay nada inexacto, todas las fotografías son precisas. Ahora bien, ninguna de ella es la verdad”. Acostumbrado a trabajar con modelos profesionales, los más angélicos y narcisistas de los posibles sujetos de un fotógrafo, en el oeste americano los “modelos” son enfermeras, camioneros, cajeras, vagabundos, empleadas de hogar, mineros del carbón, jubilados, obreros de yacimientos petrolíferos, apicultores, desolladores de serpientes, matarifes, jugadores profesionales de blackjack en paro, agricultores de secano, trilladores de grano, amas de casa o reclusos. Hay en Avedon una vocación enciclopédica, una pulsión coleccionista de personalidades anormales en su normalidad. Como los criminólogos de final del XIX. Al igual que Lombroso, Avedon rentabiliza el elitismo de su mirada para cargar de significación política y moral el rostro de un campesino, un vagabundo o un minero, imagen que para el propio campesino, vagabundo o minero apenas tiene sentido moral o político.
La técnica de Avedon era bien sencilla: sobre un segundo plano blanco el sujeto está expuesto a la luz natural. No hay sombras, no hay matices lumínicos, tan sólo matices físicos y una calculada apariencia de profundidad psicológica. La cámara se situaba muy cerca del sujeto y Avedon no miraba por el objetivo sino que se colocaba frente al sujeto y lo miraba directamente a los ojos. De hito en hito.


 


Quien mira esos retratos puede pasar por diversos estados psicológicos, políticos o morales mirando de hito en hito las obras de Avedon. Pero algunas sensaciones posibles están escondidas. Si el visitante se acerca mucho a los retratos, de forma que debido a la falta de distancia se pierda la mirada del sujeto fotografiado, el visitante ingresará en insólitas intimidades con un vagabundo, una camarera o un desollador de serpientes. Habrá alcanzado el alucinante reino del detalle en cuerpos con los que nunca sospechó establecer la más mínima intimidad: arrugas, cicatrices, espinillas, tersura femenina, dureza viril, vello, bozo. El cuello de Dave Timothy, víctima de radiación nuclear, o el indescriptible dedo deforme de un sepulturero. Las orejas alienígenas del apicultor Ronald Fischer o los ombligos profundos y oscuros de la pareja de reclusos formada por Jesús Cervantes y Manuel Hidalgo, seres plagados de cicatrices. No es ninguna broma el díptico de estos dos reclusos hispanos con quienes ya he tenido más de una pesadilla por culpa de mirarlos: estoy bebiendo tequila en un sórdido bar de carretera cuando aparecen ellos y no les gusta mi mirada; de repente me doy cuenta de que yo, antiguo alumno de los Hermanos Maristas, no llevo navaja en el bolsillo trasero del pantalón y menos en estos retratos del salvaje oeste, se mezcla la novela norteamericana del sur, ya sea de la costa oeste (John Steinbeck) o del este (Mark Twain y William Faulkner), siempre atenta a las formas extremas de humanidad: la máxima generosidad y la más repugnante brutalidad.
El que mira los retratos de In the American West, si quiere y puede, experimentará sensaciones que traspasan lo puramente visual. Se envolverá en una gigantesca y extraña (¿qué tendrá que ver Bécquer con todo esto?) presencia humana. Una intimidad sin límites que pide ser mirada de hito en hito. El gigantismo de lo humano concreto en las manos magulladas y sucias, las uñas femeninas despintadas, los cuerpos devastados por el tiempo, el trabajo  y el quirófano. En los retratos de Avedon hay belleza y hay miseria, hay una real sensación de tiempo y de vida. Y sin embargo toda esa realidad es mentira.

miércoles, 27 de junio de 2012

Creer en Dios.







Entre sueños y estragada de alcohol y tabaco María oyó la señal de un mensaje en su móvil. Como esperaba, el nombre de Erik era el que llamaba a sus puertas del sueño. Sólo tres palabras. Tres palabras incomprensibles: “Creo en Dios”. Hacía meses que no lo veía. La última vez estaba a punto de casarse con una puta colombiana. Sabe que se casó, que dejó de ver a los amigos comunes y que compró una casa en un pueblo costero de Valencia. ¿Qué coño quiere decir este tío a las seis de la mañana con esta profesión de fe? En realidad Erik era una sustancia tóxica que había dejado de tener efectos. A lo largo de estos meses sus efectos se habían ido diluyendo en un compuesto de absurdo, ingenuidad y olvido.  Todo podía quedar ahí. Pero, pero… Pero si quería podía entender el mensaje. Sentía todavía el terciopelo y la lija de las noches junto a Erik. Recordaba, tiernamente, lo que ella interpretaba como el ansia de armonía, un impulso espiritual hacia el todo que se manifestaba en las más retorcidas formas de autodestrucción. Pero, pero… Entenderlo era entrar de nuevo en la toxicidad de Erik. Abrir la puerta a una manera de reír, de sudar, de arrastrase por el mundo;  dejar entrar una mirada que siempre estaba por encima o por debajo, enamorado del mundo, oficiante de un ritual cuya única regla era no pensar, solo creer, creer que solo se puede vivir sin pensar.
No pensaré, pensó. No interpretaré este mensaje. Lo dejaré guardado como la última señal de un lento olvido.
En ese preciso  instante Erik vivía con nueve horas menos, estaba en un casino de Las Vegas y no se había casado con la puta colombiana.
La vida de Erik, la verdadera vida de Erik, no era la que María había conocido. Podríamos decir que nunca se acaba de conocer a nadie. Pero no se trataba de eso. Todo es mucho más complejo, más real e irreal a la vez. Y esa es la historia que ahora empieza. Porque María tampoco era la María que Erik había conocido. Y además, al final, será María la que acabe creyendo en Dios.

martes, 26 de junio de 2012

La Universidad del Desierto.






En el año 2030 un grupo de actores, universitarios e inadaptados fundaron una universidad nómada que, durante algunos años, se movía por las abrasadoras y heladas arenas del Sahara. Sus aulas, móviles y elementales, acompañaban la vida de esos pueblos inocentes que no saben quedarse en un sitio porque no hay sitios, pueblos que no saben relacionar la infancia con un jardín o una playa.
         Entre alumnos y profesores se establecía una relación eterna, pues nada empezaba o acababa para siempre. Todo retornaba y las enseñanzas eran circulares. Gentes que continuamente se separaban sin saber despedirse.
         La Universidad del Desierto, metafórica y abstracta pero real, no pretendía construir personas para ganar el futuro, al contrario, su objetivo era preparar un nuevo pasado, una nueva memoria.
         Allí ningún saber tecnológico tenía legitimidad, ninguna ciencia posterior a Newton, ninguna creación literaria o artística que se hubiera topado con el torbellino del siglo XX y sus consecuencias. De hecho, la intención de la Universidad del Desierto era educar personas que no necesitaran el siglo XX para entender lo humano.
         Había clases de buena crianza, de sexo, de matemáticas, de meteorología, talleres de magia, de caligrafía, de lenguas muertas, también seminarios sobre el arte de viajar o sobre el cultivo del albaricoque.
         En la Universidad del Desierto se concedieron varios doctorados honoris causa: el príncipe de Salina, Fernando Arrabal, Harry Heller, Roberto Bolaño o Elisabeth Costello.
         No es que no se distinguiesen bien los límites entre realidad y ficción, es que directamente esos límites no existían en la Universidad del Desierto.

domingo, 24 de junio de 2012

Sobre la filantropía.


     


 
   
            “Mi sueño más constante, no tiene nada de especial, tiene que ver con un espacio donde vivir y ser feliz. Al principio eran ciudades, grandes ciudades con veranos asfixiantes y crueles inviernos, ciudades en las que descubrir la triste humanidad. Luego las ciudades vinieron, vinieron los veranos y los inviernos, y en la primera helada de mi memoria el espacio soñado se convirtió en una casa, y siempre esa casa es de piedra, tiene una fuente en un pequeño jardín y, en el sótano, una pequeña bodega en donde cada noche elegir el vino más ligero y beber y conversar hasta el amanecer; tener a mi lado el cuerpo deseado y la cara amada; acoger a toda mi familia extensa y a sus amigos. Un lugar en el que a todos los que quiero les gustara estar y permanecer. En mi sueño son constantes la piedra, la fuente y el vino ligero; la estructura, las habitaciones, los muebles y la luz cambian en cada nueva visita

           […] Me gustan los libros que hablan de espacios, me gustan los mapas, los planos, las superficies, los materiales, sobre todo los materiales, los que tiene peso; las arquitecturas pegadas a la tierra y también las que se evaporan, las opacas y las transparentes. Esa historia que muchos nos contamos antes de dormir, esa pequeña contribución nocturna a la biografía inventada de nuestro personaje –ese moi adorable, ese trerrificum ego– la construyo a partir de los espacios en los que he vivido”.

viernes, 22 de junio de 2012

Historia de una mujer invisible (Genealogías 1).




 

1.
Paul Auster, en La invención de la soledad: «la historia inventada está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación más allá de sí misma». La historia que voy a contar lleva más de un siglo viviendo en la frontera. Es posible que mi intervención la sitúe definitivamente en el mapa de la ficción.

         2.
         Para mi madre eran más importantes los silencios que las palabras. Pensaba, supongo, que algunas palabras decantarían la solución química de su infelicidad haciéndola pasar del estado gaseoso al sólido y, puestos a elegir, siempre es mejor una nube que un monolito cuando de desdicha se trata. La nube, la nubecilla de la tristeza, es incómoda, molesta, siempre en la horizontal de la frente, presionando los párpados, generando un peso facial que dificulta la sonrisa, recordando que tu rostro viene de otros rostros que fueron incapaces de manifestar el placer. Pero es una nube. Uno piensa que puede apartarla con un gesto de la mano o esquivarla mirando hacia otro lado. Entre tanto pasan días, meses, años y la nube sigue ahí, te mueres y la nube sigue ahí. Como si en cuestiones de tristeza el gaseoso fuera el más pertinaz de los estados.
         Silencio. ¡Silencio!, impone Bernarda Alba, porque los deseos no se dicen. Silencio, para que nadie escape de la telaraña de la vergüenza. Silencio porque las palabras son mágicas y abren puertas de cuevas donde se esconden cadáveres, gusanos, semen, sangre, heces de mamuts, pechos amputados, niños muertos, fetos conservados en formol, fósiles del amor, promesas incumplidas, serpientes violadoras, la estatua del caudillo, besos podridos, cobardías en forma de sartén, larvas, babosas, telarañas, zapatitos infantiles, chupetes, dientes de leche, bikinis funerales, pelos púbicos, orgasmos sinuosos, caramelos de la mentira, masturbaciones petrificadas, menhires de la culpa, padrastros de dedo, padrastros con bigote, madres deprimidas, inyecciones, lágrimas secas… la enciclopedia novecentista de todo lo triste e innombrable, el museo de cera de las cosas oscuras. Una araña se pasea por la nuca de mi madre con intención de descender la vertical de su espalda. Paciencia. El mamut resopla, sacude su cabeza, lentamente patalea. Más paciencia. Francisco Franco, de rodillas en un reclinatorio, se arranca a cantar y canta, canta el número central de La verbena de la paloma, acaba, se queda un rato en silencio, y serio, muy serio, canta ahora Like a virgin. Parece que ya no va a parar de cantar porque sigue con Calle melancolía, My way, Los remeros del Volga, Ne me quitte pas, parece radio nostalgia llevada al límite de lo siniestro. Es una escena dorada, imperial: es un dolor imperial. Paciencia infinita. Si se tiene paciencia poco a poco la vista se acostumbra a la oscuridad y el oído neutraliza al neurótico cantante. 

         3.
Nueva York, noviembre de 1991. Me he venido asumiendo todos los imprevistos posibles al calor de un gélido vínculo laboral. Trabajaré como camarero en un snack hispano del bajo Manhattan. El contacto me lo ha proporcionado un tipo al que sólo he visto una vez en un bar de Las Palmas. Fue el año pasado, en enero, en el enero irreal de Canarias. Hablamos de Jung y de los arquetipos: el héroe, el viejo sabio y la ninfa.  

         4.
En el reino de la indiscreción el secreto es un tesoro de dignidad. Es más, todo habitante de la vida debería construirse un secreto y cuidarlo como el objeto que resiste todas las mudanzas. Después de la última mudanza otros deberán encargarse de cuidar el secreto porque de él depende la memoria, o dicho de otra manera: el futuro depende del respeto que sepamos conceder a lo dicho. Respeto, pero no ignorancia. Mientras habitemos esta continuum de cuerpos, palabras, necesidades y pasiones no renunciaremos a saber, seremos insaciables a la hora de explicar los estilos arquitectónicos de nuestra memoria, la voluta barroca que adorna nuestra frente y nos recuerda la esencia trágica y cómica de todo acto.

              5.
         Estoy tumbado en el catre del psicodélico Hostal Manhattan, a un paso de Union Square. En el lobby de la entrada los borrachos se quitan los pensamientos a manotazos. Daniel, el recepcionista, está en calzoncillos. Yo tengo llagas en los pies del tamaño de una galleta maría. Llevo tres días paseando Manhattan de arriba abajo. No es fácil encontar un estudio a buen precio, hay demasiados singles en esta ciudad. La habitación en la que duermo estos días es infernal, no he encontrado por ahora otra cosa. Es una habitación graffiti, como la guarida de un yonki, todo está pintado con colores muy fuertes: rojos incendios, rubias cabelleras de diosas, espectros negros y morados, símbolos de la paz. Es un lugar para llorar o drogarse. Dos gatos me miran desde el tejado a donde da la ventana y hay alguien en el baño compartido. Miro una fotografía.
         En la fotografía aparece un hombre y sus cuatro hijas "naturales". Él debe haber cumplido ya los treinta y cinco y las niñas sé que tienen dos, tres, cuatro y cinco años. Él está sentado, viste levita y corbata y gasta un bigote muy parecido al de Castelar. Es un hombre atractivo si seguimos los criterios del siglo XIX, pero la imagen está tomada en 1900: su aspecto está a punto de ingresar en el eterno museo humano de las parodias y los epígonos. No sé si me baso en algún rasgo pero su imagen es para mí un cruce entre Marcel Proust  y Filippo Tomasso Maninetti. Él, seguramente, ignoró la existencia de estos dos exquisitos. Se le ve más proclive al vaudeville, los cafés cantantes y los burdeles de Madrid. Es simpático, es generoso, se siente a gusto con lo que ha conseguido, es más, en las elucubraciones nocturnas previas al sueño repasa la lista política, familiar y erótica de sus logros y se provoca una erección. Ha llegado a una magistratura provincial, ha construido una familia respetable y ha salvado a una mujer desorientada, cariñosa y abundante. A sus treinta y cinco años no siente miedo y tampoco necesita la esperanza. Se encargará de la alimentación y la enseñanza de estas cuatro niñas que jamás lo pensarán como padre y que incluso dudarán de ser hermanas cada vez que pronuncien sus ocho apellidos imaginarios.
        Las niñas posan de mayor a menor delante del padre. Llevan las cuatro el mismo vestidito blanco con fruncidos y encajes y calzado oscuro con calcetines calados. En los zapatitos de las niñas es donde sitúo la mayor carga sentimental de la fotografía, pero no porque una de ellas sea mi abuela -jamás sentí cariño por ella- sino porque los zapatitos se convierten en icono de la inocencia universal. Sobre todo porque las niñas de la foto no tienen cara. Son cuerpos con una nebulosa en el rostro, cuatro pequeñas apariciones fantasmales en donde sólo podemos imaginar lo que debieron ser gestos, miradas y sonrisas. Cuatro pequeñas fantasmas, cuatro hijas de la naturaleza a las que el espejo les devuelve una incógnita. Es alucinante que en la única fotografía existente de las niñas con su padre sólo aparezca definida la cara satisfecha de éste.  Son varias las explicaciones posibles:
  1. Es una foto paranormal. 
  2. El padre se retrató solo y la cámara captó su pensamiento materializado en la figura fantasma de sus cuatro hijas sin rostro.   
  3. Las niñas se retrataron solas. Y no paran de moverse. La cámara captó el pensamiento de las niñas materializando la figura del padre mitificado en su definición. 
  4. Es una foto real.
  5. El padre quiso tener una foto junto a sus hijas secretas y utilizó otras cuatro niñas a las que el fotógrafo debía difuminar el rostro para que no fueran reconocibles. 
  6. Los que están son los que son pero el fotógrafo sólo enfocó al que le pagaba.

         Da igual. Lo cierto es que entre muchos pueblos no occidentales existe la superstición de que las fotografías roban el alma, captan el destino oculto de las personas en sus gestos. En esta fotografía de 1900 las niñas aparecen como fantasmas. Mi abuela, la única que conocí de esa reunión, tuvo por lo que sé, una existencia fantasmal, neurótica, desorientada en los afectos. Pasé muchas horas con ella. No recuerdo ningún gesto cariñoso. No recuerdo ningún regalo. No recuerdo que me enseñara nada. Sólo recuerdo su silencio, su aburrimiento y las únicas dos conversaciones que la estimulaban: la compra-venta de bienes inmuebles y la vida personal de la servidumbre. Ella es el segundo fruto de un amor secreto pero jamás conocerá el amor. Irá aprendiendo a defenderse, desarrollará estrategias de impostura y olvido, se conjurará consigo misma para sospechar de todo, para no fiarse de nada ni de nadie, para no volver a sentir el magma de placer e infelicidad que implica el amor, ese pequeño monstruo rubio que edifica una ciudad invisible, un mundo paralelo, la doble vida de la caricia y la vergüenza. A partir de ahí puedo comprender su personalidad anfibia, puedo incluso compadecerla: de nuevo mi atención se fija en sus zapatitos. Así sí puedo seguir el hilo del cariño.
El personaje más importante de toda esta historia es el que no aparece en la foto de los fantasmas. Seguramente estaba allí, fuera del objetivo de la cámara, llamando la atención a sus hijas para que no se movieran, acercándose a alguna de ellas mientras el fotógrafo enfocaba y desenfocaba, para colocarles bien el cuello de los vestiditos o limpiarles los zapatitos. La madre, la amante, la mujer real, la verdadera madre que el siglo veinte español con su enciclopedia de miserias y cobardías intentó eliminar de la memoria. Por ella siento una profunda admiración, incluso cariño. Sé que ella podría ser mi contemporánea porque es real, porque no cedió a la fantasmagoría y no abandonó a nadie. En cambio, por lo que sé, ella fue abandonada por todos, su padre, sus hermanas, su marido, su amante, sus hijos, su tiempo. Conoció el dolor y el placer y asumió las consecuencias de ambos. Conoció la vergüenza de ser una querida pero también conoció la explosión sexual del amor y esa sabiduría la distingue entre las mujeres de su tiempo y su ciudad. En el fondo recordar esta historia es rescatar a una náufraga que no ha perdido los nervios durante casi un siglo de olvido.

martes, 19 de junio de 2012

Rinocerontes en la comedia.







Saber o no saber. Quien tiene la posibilidad de elegir está condenado a vivir fuera se sí, en las dolorosas zonas de la sospecha o la certidumbre, una vida en plano y contraplano, una existencia oblicua. Cada vez que decida saber imaginará la inmensidad que aún desconoce. Cada vez que se resista a saber fantaseará con los espacios y los tiempos que han quedado fuera de su control. En resumen: el mapa del infierno.
       M. era un tipo que sólo existía en la intimidad. Se diluía y deslavazaba fuera de los reinos interiores. Las mujeres que lo habían conocido, pocas, eran conscientes de poseer un tesoro que sólo ellas podían ver. Esa era la razón por la que le concedían el máximo de confianza. Y hacían bien, porque M. era fiable, de una fiabilidad compacta y redonda, a la vez que convertían esa fiabilidad secreta en algo misterioso. Es bastante común el deseo de llevar una vida normal al lado del misterio.
M. era el tipo ideal para imaginar un proyecto existencial en el que se mezclan con arte las visitas semanales al supermercado con las aventuras rocambolescas en las que existe una voluntad sensual y romántica. Ellas se entregaban, le daban todo, no dudaban en confiarle sus castillos interiores, alguna, incluso, le facilitó en cierta ocasión la contraseña de su correo electrónico.
Por razones distintas, su ex mujer y su ex amante le habían dado a M. las contraseñas de sus correos. Una señal de confianza, una bomba atómica en forma de corazón. Ahora M. podía decidir actuar o abstenerse. Saber o no saber.
Durante un par de meses cada vez que M. se sentaba delante del ordenador sólo concebía teclear dos contraseñas: “Rinoceronte” y “lacomedie”. Al teclearlas se abría ante sí el universo de la obsesión: el hombre civilizado y el salvaje arremetiéndose como dos ciervos en celo. Era lo más parecido a una droga, la droga de la verdad, cuyo mono provoca temblores, sudor frío, alucinaciones, pérdida del sentido del tiempo y el espacio, alteración de jerarquías, monomanía. Igual que una droga dura. Introducía la contraseña, el sistema la aceptaba y durante los segundos que la página tardaba en cargarse M. sentía como sus venas iban a recibir el preciado elixir de la verdad. Era como abrir una puerta y encontrar, en habitaciones sucesivas, a las dos mujeres que habían compartido su corazón y su cuerpo abrazadas a otros hombres también sucesivos. El placer era intensísimo, iba acompañado de potencia y sabiduría, también de colores, formas, ropas, texturas, objetos familiares, recuerdos, prejuicios confirmados y sabores. Pero duraba poco. Enseguida aparecía el dolor acompañado por la famosa pareja fúnebre de la culpa y la traición. Sus mujeres, allí, transparentes, amando a otros hombres, deseando el cuerpo de otros hombres, acariciando otra espalda, utilizando las mismas palabras que habían utilizado con él. Con él, ese ser único que sólo concebía la existencia en la intimidad; él, que sólo se sabía de memoria un poema que hablaba de una habitación en la que dos amantes miran por la ventana cómo cae la nieve en París.
Las obsesiones tienen forma de crucigrama. En este caso todo empezó con la ausencia de una palabra. Una tarde de principios de verano, después de colgar el teléfono, reparó en que S. no le había llamado “tesoro” al despedirse. Esta ausencia le llevó a repasar la conversación y darse cuanta que había sido conducida con desgana y  prudencia por ambas partes. En él podía ser normal pero S., a no ser que estuviera enferma, siempre había sido entusiasta por teléfono. Es más, ya que se trataba de una relación a distancia, y que esa distancia era considerable, sin el entusiasmo telefónico y comunicativo de S la historia no habría durado tanto.

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Tras un mes de dolor, borracheras, burdeles, cartones de tabaco y masturbaciones físicas y mentales el estudio de M se parecía demasiado al infierno y M., en calzoncillos, era la viva imagen de un ángel caído vicioso, repugnante y enfermo.
            Un día de mitad de agosto se levantó de la cama, donde había sudado toda la noche sin pegar ojo, para acostarse en el sofá. Había entrado en el bucle de aquí me levanto, aquí me acuesto. Encendió un cigarro y comenzó la dimensión “sofá” de su trabajo, veinticuatro horas sobre veinticuatro, sobre la masa de indignidad, tristeza, celos, autocompasión y toda la mierda del mundo; esa masa peguntosa y negra que estaba inundando su apartamento y que él desprendía por donde pasaba como el rastro de un caracol monstruoso y febril. La autodestrucción en el sofá iba acompañada del repaso de la programación veraniega en televisión. Dibujos animados, cotilleos, concursos en piscinas, teleseries de los años ochenta, costumbres animales, rinocerontes follando… “¡Hostia!”, pensó como el que descubre el sentido de todo, “Rinocerontes follando”. Y durante minutos en su cabeza había una sola palabra que se repetía como un mantra, el mantra que todo lo explica: “Hostia, hostia, hostia, hostia”. Se puso de pie como poseído, mejor, como un iluminado, de hecho sintió como una luz cenital lo enfocaba. Miró hacia la luz, elevó los brazos y, con los puños cerrados como si hubiera ganado el último punto de un Grand Slam, los atrajo violentamente hacia su vientre mientras por fin emitió el primer sonido en muchos días. “!!!Hostias!!!!”, gritó.
Un mes de deriva absoluta desde que lo dejasen su mujer y su amante se veía recompensado con esta súbita posibilidad de salir del laberinto. Era posible superar una crisis existencial si uno se concentraba mucho en ella, se decía, si sacaba punta a su cabeza y se afilaba hasta pinchar. Pero el amor es más laberinto de lo que él pensaba.                   “Rinoceronte” era la contraseña del correo electrónico de S. Ella se lo había pasado al principio de la relación para que M. realizara una gestión administrativa. Recordar esa contraseña le enseñó un camino, le marcó una actividad. El crucigrama se iba completando e imaginó la resolución como esos concursos para derribar fichas de dominó. Entonces ató cabos, cosa que nunca se debe atar si uno está perturbado, y recordó que no era la única contraseña que sabía. Su mujer también le confío la suya, “lacomedie”, para que realizara otra gestión administrativa. Las gestiones administrativas y el amor. No era raro, M. le sorprendía la facilidad con que las mujeres le encargaban gestiones administrativas. Su fiabilidad tenía ahora una gran recompensa: la posibilidad de saber.

lunes, 18 de junio de 2012

Glenda informa sobre los últimos pasos de M. (Microconferencia número dos).









Tras el infarto, y agobiado por las deudas, M. aceptó la invitación de la multinacional de cruceros de lujo “Seven Seas & New Life” para dar un ciclo de microconferencias a bordo de sus hoteles flotantes. La invitación era generalista e incluía los trayectos nórdicos, caribeños y mediterráneos. M llegó a un acuerdo para participar sólo en los mediterráneos. Comentó con sus allegados diversas posibilidades temáticas para las microconferencias: “El futuro de las monarquías en África”, que a mí me pareció tema exotérico además de inútil; “Hitler en la novela del siglo XXI”, que en opinión de su hijo iba a cerrarle las puertas a futuras invitaciones, y no están las cosas como para ponerse estupendo; o una “Historia abreviada y comentada del onanismo”, que a todos nos chocó pero al final nos pareció de perlas, teniendo en cuenta el tipo de viajeros que uno se encuentra en un crucero de lujo,  o, más bien, el tipo de viajeros que uno imagina haciendo un crucero de lujo. Yo me masturbé una docena de veces después de mi separación y luego lo olvidé. Lo cierto es que recuerdo aquellos días de sexo solitario con nostalgia y dulzura. M me ha hecho repasar emociones y conflictos no resueltos. Él marchó el viernes pasado a Barcelona para embarcarse el buque “Amsterdam” de bandera panameña,  pero dejó sobre su mesa copias impresas de las microconferencias con un post-it: “Mi querida Glenda: cuando puedas distribuye entre mis conocidos estos nuevos textos idiotas”. Así que aquí transcribo la segunda microconferencia “El onanismo en la Antigüedad I: Grecia o el camino hacia la ligereza”

“La paja en Grecia fue ligera e higiénica. Desprendida de su atormentado fundador, Onán, los griegos supieron poner las cosas en su sitio. Vivieron y pensaron la masturbación desde una triple perspectiva filosófica, económica y médica, que en realidad es la triple perspectiva que debería imponerse en todo asunto humano. Pero empecemos de nuevo por el principio, y al principio siempre están los dioses. El dios de los judíos fulminó a Onán por codicioso. Nada de eso encontramos en la blanca Grecia. Los dioses griegos fulminan pero por capricho. De modo que a veces son generosos también por capricho y así les regalaron a los humanos la técnica del sexo solitario. La historia es así: el dios Hermes, dios complicado y pedagógico, enseñó a masturbarse a su hijo Pan para que superara con ligereza los desplantes de la ninfa Echo. Hermes veía que Pan se ponía raro cada vez que Echo lo despreciaba y como buen padre, aunque fuera dios, quería ahorrarle sufrimientos a quien había visto moverse con torpes movimientos infantiles. Para los griegos Hermes enseñó a Pan una porción de sabiduría: “cómo arreglárselas solo”, y Pan, que además tocaba la flauta, un día quiso compartir las enseñanzas de su padre con los humanos. Eligió a unos pastores que andaban por las forestas en las que él se deleitaba y les enseñó cómo cascársela. ¡Qué diferencia entre estas apariciones griegas de los dioses y el misterio de Fátima! Los pastores quedaron encantados, pues pasaron de la zoofilia al onanismo en un pispás, y  además redimidos de un sin fin de infecciones. Concluyendo, que la masturbación fue un don de los dioses y un remedio higiénico.
En ese punto la masturbación empieza a definirse como materia teórica para la medicina. Existieron en la Grecia Antigua dos escuelas de pensamiento médico a este respecto: los que defendían las bondades de ahorrar el semen, “retentistas”, con Hipócrates a la cabeza, y los que defendían los beneficios de las poluciones voluntarias, “antiretentistas”, con Galeno como líder. Estando así las cosas no es extrañar la aparición de un personaje como Diógenes, un hombre sin pudor, un hombre casi salvaje… pero filósofo. Diógenes no distinguía, o no quería distinguir, lo público de lo privado. Basaba toda su filosofía en la convicción de que nada humano puede provocar vergüenza. De modo que este hombre, este filósofo, se iba al ágora por la tarde, se subía la túnica y empezaba a masajearse delante de toda la peña. Sin duda estaba loco, pero en aquel tiempo respetaban a todo el que argumentaba sus acciones y como Diógenes era  como un padre para los “cínicos”, y como los cínicos sabían argumentar, él se masturbaba en el ágora tarde sí, tarde no, para demostrar que el sexo solitario es la más sensata y honesta de las satisfacciones sexuales”

Por no cansarles paro aquí. Todavía queda un poco sobre Grecia pero es preferible, pienso yo,  que se asienten los conceptos. También hay entre sus papeles una nota sobre María Antonieta que me encargó transmitir. Dice así: “María Antonieta. Tribunal revolucionario de 1793, actúa como acusador el ciudadano Fouquier-Tinville. El acusador llama al estrado al delfín de Francia, de nueve años de edad, para que declare contra su madre. El delfín afirma que su madre, la reina María Antonieta le había enseñado a masturbarse. La revolución empieza mostrar su cara y Grecia empieza a ser una sombra”

Sin más me despido hasta tener nuevas noticias sobre nuestro querido maestro.