martes, 17 de julio de 2012

Dos sueños de Glenda Moriarty.


 




Desde que trabajaba para el profesor M., Glenda recordaba sus sueños. Se los contaba a Erik, de madrugada, y él encontraba en ellos claves para jugar al blackjack. Y es que Glenda no sabía nada del murmullo de signos en el que se convierte el mundo para un jugador profesional. Para ella el interés de Erik era desinteresado, una prueba de amor o un sustituto de su presencia. Pensaba que compartir sus sueños era trazar un hilo desde Madrid a Los Ángeles, acariciar su imaginación ya que era imposible tocar su cuerpo.
La madrugada del 16 de julio de 2012, Erik, en slips, dando sorbos a un ruso blanco, apoyado con el hombro en el ventanal de su habitación en el hotel Wynn, en pleno Strip de Las Vegas, Erik, digo, oyó a Glenda contarle dos sueños desde Madrid:
 “He soñado con dos gatas, una azul y otra roja. Eran grandes y bastante peludas, suaves, sospecho. Estaban en la calle y jugaban a pelearse. Bueno, creo que se peleaban, no hacían otra cosa, y el juego era un añadido mío. Una pelea de gatas de colores en medio de una calle de una ciudad china. Sí, era una ciudad china, de eso estoy segura porque aunque en el sueño no olía a nada sabía que si hubiera podido oler habría reconocido el acre aroma de la Revolución Cultural. Lo reconozco  no por haber conocido China en esa época, sino por los recovecos y pasillos de los gigantescos locales de El Corte Chino. El resto se resume en una experiencia extática: las dos gatas en una interminable danza espiral, como dos anchas cintas de terciopelo, una azul y otra roja, investigan las posibilidades del movimiento circular. Mi mirada, la mirada soñada como mía, queda suspendida e hipnotizada por el círculo. Sólo me distrae un chino que pasa por detrás de la escena leyendo el Libro Rojo de Mao, lo que definitivamente confirma que se trata de una ciudad China. Cuando vuelvo la atención a las dos gatas percibo que están intentando decirme algo, que sus movimientos no son azarosos y que su pelea es más bien un código. Recuperado de la fascinación visual, poco a poco va apareciendo algo más abstracto. Ahora las dos gatas son verdes y distingo con claridad el signo del infinito que están trazando con sus suaves cuerpos. El chino del libro rojo vuelve a escena, me mira y puedo leer en sus labios una pregunta: “¿Desde dónde y hasta cuándo?”. Y yo lo entiendo, lo entiendo a la perfección, como no he entendido nunca a nadie.
También he soñado con el invierno. Estoy sentada en un parque mal iluminado y con fuertes corrientes de aire. Sólo hay una niña jugando con una pelota, cosa bastante extraña porque debe ser bastante tarde, las dos o las tres de la mañana. Pero ni me pregunto qué hago yo sola sentada en un parque, una noche de invierno, a esas horas, ni tampoco me preocupa esa niña noctámbula. Por un momento no veo a la niña pero si oigo la pelota. Entonces recibo un pelotazo en la cara. Me asusto y me levanto cabreada. La niña me mira casi sin expresión, con una microscópica sonrisa, y la reconozco: es yo a los nueve años.”