martes, 19 de junio de 2012

Rinocerontes en la comedia.







Saber o no saber. Quien tiene la posibilidad de elegir está condenado a vivir fuera se sí, en las dolorosas zonas de la sospecha o la certidumbre, una vida en plano y contraplano, una existencia oblicua. Cada vez que decida saber imaginará la inmensidad que aún desconoce. Cada vez que se resista a saber fantaseará con los espacios y los tiempos que han quedado fuera de su control. En resumen: el mapa del infierno.
       M. era un tipo que sólo existía en la intimidad. Se diluía y deslavazaba fuera de los reinos interiores. Las mujeres que lo habían conocido, pocas, eran conscientes de poseer un tesoro que sólo ellas podían ver. Esa era la razón por la que le concedían el máximo de confianza. Y hacían bien, porque M. era fiable, de una fiabilidad compacta y redonda, a la vez que convertían esa fiabilidad secreta en algo misterioso. Es bastante común el deseo de llevar una vida normal al lado del misterio.
M. era el tipo ideal para imaginar un proyecto existencial en el que se mezclan con arte las visitas semanales al supermercado con las aventuras rocambolescas en las que existe una voluntad sensual y romántica. Ellas se entregaban, le daban todo, no dudaban en confiarle sus castillos interiores, alguna, incluso, le facilitó en cierta ocasión la contraseña de su correo electrónico.
Por razones distintas, su ex mujer y su ex amante le habían dado a M. las contraseñas de sus correos. Una señal de confianza, una bomba atómica en forma de corazón. Ahora M. podía decidir actuar o abstenerse. Saber o no saber.
Durante un par de meses cada vez que M. se sentaba delante del ordenador sólo concebía teclear dos contraseñas: “Rinoceronte” y “lacomedie”. Al teclearlas se abría ante sí el universo de la obsesión: el hombre civilizado y el salvaje arremetiéndose como dos ciervos en celo. Era lo más parecido a una droga, la droga de la verdad, cuyo mono provoca temblores, sudor frío, alucinaciones, pérdida del sentido del tiempo y el espacio, alteración de jerarquías, monomanía. Igual que una droga dura. Introducía la contraseña, el sistema la aceptaba y durante los segundos que la página tardaba en cargarse M. sentía como sus venas iban a recibir el preciado elixir de la verdad. Era como abrir una puerta y encontrar, en habitaciones sucesivas, a las dos mujeres que habían compartido su corazón y su cuerpo abrazadas a otros hombres también sucesivos. El placer era intensísimo, iba acompañado de potencia y sabiduría, también de colores, formas, ropas, texturas, objetos familiares, recuerdos, prejuicios confirmados y sabores. Pero duraba poco. Enseguida aparecía el dolor acompañado por la famosa pareja fúnebre de la culpa y la traición. Sus mujeres, allí, transparentes, amando a otros hombres, deseando el cuerpo de otros hombres, acariciando otra espalda, utilizando las mismas palabras que habían utilizado con él. Con él, ese ser único que sólo concebía la existencia en la intimidad; él, que sólo se sabía de memoria un poema que hablaba de una habitación en la que dos amantes miran por la ventana cómo cae la nieve en París.
Las obsesiones tienen forma de crucigrama. En este caso todo empezó con la ausencia de una palabra. Una tarde de principios de verano, después de colgar el teléfono, reparó en que S. no le había llamado “tesoro” al despedirse. Esta ausencia le llevó a repasar la conversación y darse cuanta que había sido conducida con desgana y  prudencia por ambas partes. En él podía ser normal pero S., a no ser que estuviera enferma, siempre había sido entusiasta por teléfono. Es más, ya que se trataba de una relación a distancia, y que esa distancia era considerable, sin el entusiasmo telefónico y comunicativo de S la historia no habría durado tanto.

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Tras un mes de dolor, borracheras, burdeles, cartones de tabaco y masturbaciones físicas y mentales el estudio de M se parecía demasiado al infierno y M., en calzoncillos, era la viva imagen de un ángel caído vicioso, repugnante y enfermo.
            Un día de mitad de agosto se levantó de la cama, donde había sudado toda la noche sin pegar ojo, para acostarse en el sofá. Había entrado en el bucle de aquí me levanto, aquí me acuesto. Encendió un cigarro y comenzó la dimensión “sofá” de su trabajo, veinticuatro horas sobre veinticuatro, sobre la masa de indignidad, tristeza, celos, autocompasión y toda la mierda del mundo; esa masa peguntosa y negra que estaba inundando su apartamento y que él desprendía por donde pasaba como el rastro de un caracol monstruoso y febril. La autodestrucción en el sofá iba acompañada del repaso de la programación veraniega en televisión. Dibujos animados, cotilleos, concursos en piscinas, teleseries de los años ochenta, costumbres animales, rinocerontes follando… “¡Hostia!”, pensó como el que descubre el sentido de todo, “Rinocerontes follando”. Y durante minutos en su cabeza había una sola palabra que se repetía como un mantra, el mantra que todo lo explica: “Hostia, hostia, hostia, hostia”. Se puso de pie como poseído, mejor, como un iluminado, de hecho sintió como una luz cenital lo enfocaba. Miró hacia la luz, elevó los brazos y, con los puños cerrados como si hubiera ganado el último punto de un Grand Slam, los atrajo violentamente hacia su vientre mientras por fin emitió el primer sonido en muchos días. “!!!Hostias!!!!”, gritó.
Un mes de deriva absoluta desde que lo dejasen su mujer y su amante se veía recompensado con esta súbita posibilidad de salir del laberinto. Era posible superar una crisis existencial si uno se concentraba mucho en ella, se decía, si sacaba punta a su cabeza y se afilaba hasta pinchar. Pero el amor es más laberinto de lo que él pensaba.                   “Rinoceronte” era la contraseña del correo electrónico de S. Ella se lo había pasado al principio de la relación para que M. realizara una gestión administrativa. Recordar esa contraseña le enseñó un camino, le marcó una actividad. El crucigrama se iba completando e imaginó la resolución como esos concursos para derribar fichas de dominó. Entonces ató cabos, cosa que nunca se debe atar si uno está perturbado, y recordó que no era la única contraseña que sabía. Su mujer también le confío la suya, “lacomedie”, para que realizara otra gestión administrativa. Las gestiones administrativas y el amor. No era raro, M. le sorprendía la facilidad con que las mujeres le encargaban gestiones administrativas. Su fiabilidad tenía ahora una gran recompensa: la posibilidad de saber.