martes, 26 de junio de 2012

La Universidad del Desierto.






En el año 2030 un grupo de actores, universitarios e inadaptados fundaron una universidad nómada que, durante algunos años, se movía por las abrasadoras y heladas arenas del Sahara. Sus aulas, móviles y elementales, acompañaban la vida de esos pueblos inocentes que no saben quedarse en un sitio porque no hay sitios, pueblos que no saben relacionar la infancia con un jardín o una playa.
         Entre alumnos y profesores se establecía una relación eterna, pues nada empezaba o acababa para siempre. Todo retornaba y las enseñanzas eran circulares. Gentes que continuamente se separaban sin saber despedirse.
         La Universidad del Desierto, metafórica y abstracta pero real, no pretendía construir personas para ganar el futuro, al contrario, su objetivo era preparar un nuevo pasado, una nueva memoria.
         Allí ningún saber tecnológico tenía legitimidad, ninguna ciencia posterior a Newton, ninguna creación literaria o artística que se hubiera topado con el torbellino del siglo XX y sus consecuencias. De hecho, la intención de la Universidad del Desierto era educar personas que no necesitaran el siglo XX para entender lo humano.
         Había clases de buena crianza, de sexo, de matemáticas, de meteorología, talleres de magia, de caligrafía, de lenguas muertas, también seminarios sobre el arte de viajar o sobre el cultivo del albaricoque.
         En la Universidad del Desierto se concedieron varios doctorados honoris causa: el príncipe de Salina, Fernando Arrabal, Harry Heller, Roberto Bolaño o Elisabeth Costello.
         No es que no se distinguiesen bien los límites entre realidad y ficción, es que directamente esos límites no existían en la Universidad del Desierto.