domingo, 9 de diciembre de 2012

Estar alegre y tener paciencia









Viajar se ha convertido en un placer obligatorio. Algo que está bien visto hacer cuando no se tiene nada que hacer. Desde el momento en que acabó de dibujarse la carta geográfica del mundo y comenzaron los procesos de colonización y explotación de las tierras descubiertas, hasta nuestros días, en los que una imagen virtual del planeta azul ha sustituido a los mapas, viajar dejó de ser una pasión para convertirse en un  incómodo placer. En resumidas cuentas, y como todo el mundo sabe: el turista mató al viajero, como el video mató a la estrella de la radio. Desde que Stendhal acuñara un estilo de moverse por el mundo, el viajar por el viajar, y lo explicara en sus Mémoires dun touriste (1838), los turistas se han ido convirtiendo, lenta pero tenazmente, en una peste estética y una bendición económica. Al día de hoy, en el pequeño pueblo del Illiers-Combray, existen cuatro establecimientos en donde podemos adquirir las auténticas,  las inimitables, magdalenas que compraba la tía Léonie y que facilitaron el flujo novelístico de  Marcel Proust.

En la Edad Media se viajaba para convertir infieles o para buscar mercancías (modelo Marco Polo o Pedro Tafur). En el Renacimiento se viajó buscando el mérito y la fama al servicio de un proyecto imperial (Magallanes o Cabeza de Vaca). En la Ilustración, para conocer al hombre y relativizar sus virtudes y defectos, se trata del tipo de viaje educativo que Rousseau identificaba con los españoles en Émile ou de leducation (1762) (Je ne connais guère que les Espagnols qui voyagent de cette manière... LEspagnol étudie en silence le gouvernement, les moeurs, la police et il est le seul... qui de retour chez lui raportte de ce quil a vu quelque remarque utile à son pays). En el Romanticismo se viaja a la búsqueda de lo pintoresco y de lo exótico. En la Modernidad se viaja a la búsqueda, precisamente, de la Modernidad o huyendo, precisamente, de la Modernidad. Pero en esta baja modernidad que hoy vivimos, eterno principio de la era de Acuario, cuando hay supermercados en la selva y  McDonald’s en el desierto, cuando podemos comprar “magdalenas de la tía Léonie” en las grandes superficies de una multinacional francesa ¿para qué viajar? ¿por qué seguir diciendo que el sol se pone o se levanta? O más precisamente ¿por qué sigue vivo el mito del viaje? Seguramente porque el hombre de la era de Acuario, o el que espera a Acuario, siente una fuerte nostalgia de las aventuras exteriores y de la experiencias que precisan desplazamientos y cambios geográficos. Sentimos una nostalgia del mundo exterior que supera a  la estetización de los universos interiores. A pesar de que, paradójicamente, una escuela novelística, quizá la dominante, viva fascinada por la ausencia de experiencia, por un yo paranoicamente autorreflexivo, confesional y  masturbatorio. Mientras esto sucede en la prosa, e incluso en el verso, de ficción, los libros de viajes premian cada vez más su dimensión informativa, su naturaleza de guía turística. Por tanto, entre turistas anda el juego.

La condición de turista es tan definitoria de nuestro tiempo que a veces llego a pensar que los grandes cambios del siglo XX nada tienen que ver con los momentos heroicos del comunismo, las conquistas del feminismo, o las innovaciones tecnológicas. Creo que las grandes aportaciones del siglo XX europeo a la historia de la especie humana se derivan de algunas excrecencias de las democracias occidentales que se manifiestan en desplazamientos humanos como el turismo de masas. Es decir, el viaje organizado que siempre se sabe cuándo y cómo acaba; la maniática persecución con cámara o videocámara de los momentos estelares; la imbécil sumisión a un guía que siempre acaba dejando al mareado turista a las puertas de un comercio; la necesidad de permanecer siempre en grupo, pues perderse sería una ruina;  la estúpida e infantil vestimenta de aventureros urbanos...

Un turista es el espécimen que encarna de forma más acabada los valores de nuestra época: la pequeña moral de viaje, el pequeño tiempo fuera de la cotidianidad, la pequeña amistad, el pequeño amor. Sus pequeños valores portátiles y fácilmente olvidables contaminan al resto de las actividades humanas. Se puede ser turista en la política, en la familia y en el trabajo. Se puede ser turista en el hospital, pero sobre todo se sueña con ser turista del espacio y del tiempo infinito. Turistas de la muerte.

Debido al turismo viajar se ha convertido en una actividad sospechosa, una dedicación banal y gratuita que no conduce a nada y que nada aprovecha. Por esa razón rara vez soportamos el relato de un viaje dentro de una conversación amistosa. Esperamos, cuando menos, que nuestro interlocutor sea piadoso y conozca los límites entre el relato de viajes y el tostón. Los límites vienen impuestos por el hecho de que un viaje en sí, sin nada extraordinario, es decir, el viaje por el viaje, ha dejado de ser algo interesante en el sistema de experiencias que construyen una personalidad. Ha dejado, en definitiva, de ser una experiencia. Pocos después de viajar mucho llegan a conclusiones tan sencillas y convincentes como las del Candide de Voltaire quien, después de conocer mil y un lugares, de conocer infinidad de personas curiosas y extravagantes, llega a la conclusión de que lo único que verdaderamente se puede hacer en esta vida es estar alegre y tener paciencia.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

El lector salteado (Macedonio Fernández, y un poco de José Val del Omar, sobre las formas de leer y mirar en el siglo XXI)









La idea del “lector salteado” la encontré en el novelista porteño Macedonio Fernández (Buenos Aires 1874-1852). Amigo y maestro de Borges, Fernández entró en un estado de perplejidad y bohemia tras la muerte de su esposa. Este hecho y sus convicciones utópicas le llevan a idear una novela en la que un lector pudiera leer todas las posibilidades a partir de un hecho. Su proyecto es artístico pero tiene una interesante base política. En 1897, con apenas veintidós años, y justo después de defender su tesis doctoral en leyes con un trabajo bajo el  escueto título de Sobre las personas, Macedonio Fernández y un grupo de amigos viajan al alto Paraná, en la frontera entre Paraguay y Argentina, con la intención de fundar una colonia socialista. Entre los de la partida figuraba el padre de Borges, que al final decide no acompañarlos ya que  por esos mismos días va a contraer matrimonio. En un paraje desolado se instala este grupo de “náufragos con chaqué”  —así los describe alguno de sus amigos— con la intención de fundar una nueva sociedad inspirada por el socialismo utópico de Fourier. Uno de ellos es Julio Molina y Vedía, arquitecto que había renunciado a su profesión para no colaborar en la construcción de una sociedad en derrumbe y autor, un par de décadas más tarde, de una interesante y curiosa utopía literaria: La Nueva Argentina (1929). La experiencia no dura mucho tiempo, el entusiasmo y el idealismo de Macedonio Fernández y sus amigos se marchita entre las duras condiciones del territorio, los mosquitos y, sobre todo, el más peligroso de los estados para cualquier radicalidad colectiva: el aburrimiento.

 A pesar de todo, este episodio es clave en la formación de Macedonio y en su idea del arte de la novela, un género en prosa que servirá para imaginar todas las posibilidades y abrir las puertas a la utopía.





             Macedonio Fernández, al hablar de su obra, distinguió entre “la última novela mala”, que es Adriana Buenos Aires, una novela triste y filosófica sobre un triangulo amoroso, y “la primera novela buena” que es Museo de la Novela de la Eterna. La novel mala está destinada al lector seguido, al que espera una trama y un desenlace. El asunto son las relaciones entre un cuarentón y una pareja de jóvenes entre los que fluye la pasión, la compasión, el amor y la ternura.     
        
La novela “buena”, la que será fundadora de una nueva tradición, necesita también de un lector nuevo. Ese es para Macedonio Fernández “el lector salteado”. Si buena parte de la crítica del siglo XX ha basculado en torno a la idea de una obra literaria que se crea en las interpretaciones diversas de lectores astutos, cultos o intuitivos, hasta el extremo de considerar que no existen obras sino lecturas, el autor de Museo de la Novela de la Eterna no es que presuponga la existencia de un tipo de lector, es que necesita, le resulta imprescindible, el tipo de lectura que puede hacer el “lector salteado”. Su existencia es imprescindible para que funcione la máquina utópica de la prosa y de la futura novela perfecta. Quizá es tan sólo una condición para no sentirse sólo y ridículo en el mundo virtual que está construyendo, pero, en cualquier caso, el “lector salteado” es tan importante como el autor o los personajes. Esa es la razón por la que el lector está presente en toda la novela, como un personaje más, de acuerdo, pero sobre todo como una necesidad estética y metafísica de la novela.
        
Un lector que será leído: ese es el verdadero autor de la novela utópica, y así lo plantea Macedonio Fernández en el prólogo que lleva por título “Andando”, donde además de definir lo novelesco de su novela apela a un lector fantástico:

                   Novela cuya existencia fue novelesca por tanto anuncio, promesa y desistimiento de ella, y será novelesco un lector que la entienda. Tal lector se hará célebre, con la calificación de lector fantástico. Será muy leído, por todos los públicos de lectores, este lector mío.


         Para Ricardo  Piglia, que es sin duda uno de los lectores soñados por  Macedonio Fernández, Museo de la Novela invierte la relación que define las grandes teorías de Auerbach, Lukács y Bajtín sobre el realismo en la novela: para él no se trata de buscar la realidad en la novela, sino de buscar la novela en la realidad. Inversión que, inevitablemente, conduce a la utopía, a la Todaposibilidad de la vida que solo puede propiciar la novela. Sabemos que Piglia sitúa el origen de la tradición literaria del Río de la Plata en ese libro donde se mezclan saberes, formas, géneros, estilos y lenguajes que es Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Un libro que no sólo funda una tradición literaria, sino que con toda precisión podemos afirmar que funda un Estado: la República Argentina. Esa es la gran tesis de Piglia y el argumento de sus novelas: el estado y la novela son una misma cosa, podemos leer el estado como si fuera una novela y leer una novela como si fuera un estado. En Museo de la Novela es central la figura del Presidente: un Presidente de la novela que tiene las mismas competencias que un Presidente de la República, tan ficticio uno como otro.

         El lector que necesita Macedonio Fernández, ese lector “salteado”, es una premonición del internauta, del lector que ha nacido a la lectura en los primeros años del siglo XXI y para quien leer es no seguir una trama, una concatenación de acontecimientos y estados emocionales, sino un lector capaz de leer en todo momento y encontrar una trama en la totalidad de sus lecturas. Eso sí, Macedonio no renuncia a un sentido, no se abandona en el surf cibernético que busca olas de estímulo sin cesar. Busca conmover la personalidad, marearla, introducirla en un estado de desposesión estética sin renunciar a la memoria personal y la posibilidad de olvido. Las experiencias del lector forman parte de la construcción novelesca, tanto en lo abstracto y conceptual como en lo concreto y lingüístico. Es el lector que se suma a la misión utópica de la novela y que sospecha de la ficción del estado. Un lector que será leído como constructor de lo que está por venir, artífice, y esta es una palabra fundamental en el mundo de Macedonio, de la no-realidad.

         La trama de Museo de la Novela de la Eterna, primera novela buena, es una trama, sin principio ni fin, de situaciones y personajes esquemáticos. Veinte capítulos, precedidos por más de cincuenta prólogos y seguidos por tres epílogos. Podemos considerarla una novela abstracta si es que algo así fuera posible, si en el mundo de la prosa toda abstracción pudiera librarse de la concreción vital de los personajes, de su condición de egos experimentales, según la célebre definición de Kundera. Fernández sueña con una prosa capaz de construir mundos esquemáticos pero infinitos, como el espacio en la pintura de Kandinsky o en las narraciones del tiempo en la cinematografía experimental del cineasta español José Val del Omar, inventor de procedimientos técnicos que acercaban el cine a la mística: la visión táctil, el sonido diafónico  o el desbordamiento apanorámico. De nuevo mística y tecnología, misterio y técnica al servicio de lo humano, así lo percibe el cineasta en un texto de 1959:
          

         A nuestros contemporáneos concretamente les toca vivir el instante del descubrimiento y aplicación de la mecánica automática y electrónica: el instante de la explosión electrónica de las comunicaciones humanas, el instante del gran estirón sensorial del Yo hacia mi prójimo.

         José Val del Omar es consciente del potencial que la técnica visual iba a adquirir en la segunda mitad del siglo XX, igual que Macedonio sabía del poder de la ficción, y por eso propone un arte cinematográfico que aspire a la Pasión a través de la Técnica

         Virtud del técnico será poner en juego, para el bien, este complejo instrumental psicofísico de las técnicas actuales, que hoy se perfilan como agresivas y atentatorias al fuero interno de la persona humana.






         Es curioso encontrar a los más directos precursores del siglo XXI en los pliegues o zonas de sombra de las vanguardias del XX.

         A partir de una intensa reflexión sobre el material que da forma a la novela, Macedonio Fernández no puede dejar fuera de su prosa el proceso de construcción, el taller intelectual en el que se cuece el edificio verbal de la toda historia. El autor es necesariamente un personaje más, desde fuera en tanto que artífice, reproductor, estratega, conocedor de una técnica que le permite construir un mundo de palabras que aspira a abolir el tiempo y el espacio. En uno de los epílogos que cierran Museo de la Novela titulado “La novela en estados”, Macedonio ve la novela del futuro como “un melodismo sin música”:

         La escuela artística que ha de dominar pronto, al reinar la máxima severidad de arte cultivará únicamente la novela en estados, un como melodismo sin música del sucederse los estados que trasuntan los capítulos, una como metáfora de lo que se sintió en cada tiempo de la novela.

         El futuro, un futuro continuo, es el tiempo de la prosa de este argentino casi inexistente. Su Novela, una estancia en las afueras de Buenos Aires,  puede ser muy bien el lugar en el que viven la literatura y los lectores occidentales es estas primeras décadas de este “salteado” siglo XXI. Macedonio, que a la muerte de su mujer saltó de casa en casa, de pensión en pensión, provisional y definitivo.




Macedonio Fernández (1995), un film de Ricardo Piglia y Andrés di Tello

domingo, 7 de octubre de 2012

Monólogo del iceberg







Erik se puso estupendo mientras oía los sueños de Glenda a casi diez mil kilómetros de distancia.  Completamente desnudo delante de la venta, miró las luces nocturnas de Las Vegas, se metió una raya y escenificó “El monólogo del iceberg”:
         “¿De dónde procede tanto desorden? ¿Por qué cada mañana todo se ha recalificado? ¿Qué torpes taxonomías se imponen a los hielos y mareas? ¿Desde qué fronteras de mi existencia avanzan estos seres alucinados y obsesivos que reclaman lo que creen haber perdido y nunca tuvieron? ¿Por qué creemos merecer aquello que ni en sueños nos atreveríamos a pedir? Me resisto a las escenografías de opereta, pero sé que adoro los pavos reales en el balcón de los palacios de invierno, y también adoro los rituales y los gestos de los imperios mentales y decadentes. Si mi destino no alberga más límite que el infinito, ¿qué más me da el fracaso, la mentira y la infamia? Dudo del sentido de tanta resistencia a la caída. Quizá la única nobleza se encuentre más abajo, mucho más abajo. Quizá nunca estaré satisfecho sin alcanzar la sima. Además de insensato soy cobarde.
Es preciso cuidarse, me digo cada mañana, y cada noche también a la entrada del casino. Tengo que cuidarme, es mi pagana oración nocturna a los espacios y los tiempos. Basta un leve cambio en el orden de las brisas para que todos mis mapas queden obsoletos. Es desesperante moverse en una geografía ilusoria. En el tiempo y el espacio de la obsolescencia del hombre.
Sé que puede ser estimulante como aventura, como isla de la vida, pero me agota pensarlo como rutina.  Así lo siento cuando despierto convencido de ser un pequeño dios vestido para seducir.
Trato de evitar sistemáticamente el dolor, es cierto. En eso sería un magnífico maestro de drag queens. Pero dudo si no es más dolor lo que necesito para poder decantarme de una puta vez por el escepticismo de este siglo idiota.
¿Qué heredado espanto me impide dibujar el iceberg? ¿Cuál es el miedo que enfría mis aguas? Será cuestión de tiempo que todo se diluya. Para siempre. Para siempre. El agua descongelada no vuelve a congelarse de la misma forma. Disuelto, deshecho, olvidado entre la bruma en medio del mar cálido del amor. Así me imagino.
Del dolor solo puedo decir que, por ahora, me resulta indeseable, demoníaco. Ya sabemos: la bestia odia las palabras y se fascina con los pensamientos”.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Dos nuevos sueños de Glenda (Aguaespejo granadino).






 “He soñado con una carretera de agua que ascendía en el aire como un inmenso adn helicoidal. Hacía viento y el agua estaba rizada. Era tan estrecha como puede serlo la más estrecha de las carreteras rurales, por supuesto un solo sentido, sin espacio para maniobrar. Esto me agobiaba un poco y me obligaba a una conducción muy atenta. Tenía el vacío a la derecha y a la izquierda. Los neumáticos del coche se deslizaban por una alfombra de agua ligeramente rizada. Iba sola y el cielo era muy azul. Poco a poco ha ido desapareciendo todo lo que no era asfalto de agua y mi coche: los edificios, los quitamiedos, los árboles. Yo, el coche, la carretera de agua y el vacío azul. Cuando han empezado a formarse olas he cerrado los ojos, he apartado las manos del volante y he cambiado de sueño.”


     Fragmento de Aguespejo granadino (1955) de José Val del Omar,
al cante Camarón de la Isla, "Si acaso muero".



“Desenvuelvo y vuelvo a envolver un regalo que no entiendo. Se llama Stargadelos. Soy yo siendo niña y estoy en una casa oscura. Intuyo la presencia de otros, oigo sus ruidos, sus sigilosos movimientos y cuchicheos. Imagino cómo se juega a Stargadelos, pero no me apetece jugar sola.  Aún así lo abro y lo despliego en el suelo. Se trata de un grupo de adolescentes que tienen aventuras. Una especie de gimkana. Las ventanas de la casa están entornadas, como un mediodía de agosto en la ciudad, y yo sigo intentando saber cómo se juega a aquello. Después de un rato me canso y guardo todos los elementos del juego: el tablero, las fichas, el reloj de arena. Lo hago con cuidado, cada cosa en su envoltorio. Plásticos de los años ochenta. Avanzo por un pasillo y bajo por las escaleras de caracol hasta la entrada. En el descanso del primer piso me detengo a mirar dentro de otra casa. Veo pasar a mi hermana para servir algo de una sartén a los platos de una mesa montada para la cena. No hay nadie sentado a la mesa. Mi hermana me mira y no me saluda. Yo tampoco lo hago. Entendemos algo sin hablar. Sigo mi camino por las escaleras hasta la puerta y salgo a una tarde de verano luminosa y a un camino de agua. El agua está como si se hubiera hecho el vacío, tan quieta que parece un espejo.”

(Fotografía de Biel Bielmann)