viernes, 1 de febrero de 2019

La novela de la memoria


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                                      Mi padre, su amigo Miguel y Picasso. La Californie, Cannes, 1956




(Mi padre murió hace diez años. Un dos de febrero. Esto lo escribí la noche del 4 de febrero de hace diez años, mezclando lágrimas y risas. Es maravilloso cuando la ausencia se transforma en memoria contenta)

                En Granada muchos dicen que mi padre fue un gran personaje, divertido y listo. Hablan de un homo faber. Muchos también pensarán que podía ser ingenuo, y eso a veces era bueno y a veces malo. Lo que sé es que mi padre me transmitió una novela: la memoria del siglo XX, una estructura novelesca a la que yo he ido añadiendo capítulos.
               Así fue, junto a mi padre se aprendían cosas. Uno de mis primeros recuerdos es una imagen en la terraza de una casa de verano: el Apolo XI acababa de posarse en la luna y mi padre lo contaba como si él fuese miembro de la NASA. A su lado me sentía protagonista de la historia, parte de los acontecimientos de las últimas décadas del siglo XX: la muerte de Franco, las protestas estudiantiles, el golpe del 23 de febrero, la primera guerra del golfo. Le gustaba contarme la liberación de París con De Gaulle caminando por los campos Elíseos (y lo contaba imitando el gesto de manos de De Gaulle, un gesto que denotaba el peso del agradecimiento); gesticulaba cuando recordaba la tarde de noviembre en Madrid cuando vio por televisión el asesinato de Kennedy. Era como si él hubiera estado en Dallas, más aún, como si él perteneciera al gabinete de Kennedy. Eso es lo que yo recuerdo. Cuando estaba fuera echaba de menos poder ver con él los telediarios y comentar con pasión la historia. Aunque no estuviéramos de acuerdo en muchas cosas siempre me resultó acogedor vivir a su lado la memoria del siglo XX: se entusiasmaba, recordaba, siempre sabía contar la anécdota justa o citar una frase célebre. Aprendí mucho a su lado, mucho más de lo que conscientemente soy capaz de reconocer. Y se lo dije. Aprendí el arte de la memoria y luego él, estoy seguro, aprendió de mí y de tantos otros a ensanchar esa memoria. Aprendí la dignidad del pasado, no el tribunal de la historia. Aprendí a no olvidar nada.
              También aprendí a reírme, con una risa muy del siglo XX que ahora me cuesta reconvertir en la "risa amarga" del XXI. Una risa de esencia de verbena, risa de tarde de verano junto a una fuente, risa de cocktail de inauguración, risa de Madrid y de provincias. Aprendí que existió un periodista que se había forrado de hule los bolsillos de la chaqueta para poder rapiñar canapés en los cocktails. Aprendí la palabra cocktail, que él pronunciaba a la granadina. Muchas veces, como en el cuento de Borges, me ha costado deslindar su memoria de la mía.
              Aprendí y recuerdo. Recuerdo su admiración por Catherine Deneuve y su colección de gorras para parecerse a Pablo Neruda. Recuerdo el barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Recuerdo el mar de los veranos en Málaga y la manera en que mi padre coleccionaba chiringuitos. Recuerdo cómo le gustaba la gente a mi padre. Recuerdo las excursiones a Sierra Nevada, la cálida y excéntrica compañía de Antonio Zayas: Don Quijote y Sancho pero en quiasmo. Recuerdo que nos partíamos de risa cuando Zayas contaba cómo una tarde el señor X entró a caballo en el Parador de Turismo de Sierra Nevada y pidió un coñac para él y otro para el caballo.
             Lo imaginaba viajando por Europa en los años 60: Finlandia, Alemania, Italia. Las grandes estaciones de Europa, las postales desde Niza, los aviones plateados en los que volaba. Me fascinaba la foto en la que él y su amigo Miguel posaban junto a Picasso. Aprendí que Picasso los recibió en calzoncillos y desde entonces no me parece de mal gusto recibir en calzoncillos. Aprendí Madrid con mi padre, un Madrid que luego reconocí en los libros de Julio Camba.
            En los últimos meses se calló. Pero poco antes de cerrar su oficina, nervioso ante la posibilidad del cierre, repetía: "Esto se está acabando y hay que ir terminando cosas". Entonces ideó uno de sus últimos proyectos desde la memoria: publicar páginas con recuerdos sobre casas, hoteles y restaurantes. Algo muy suyo: espacios para encontrarse y conversar. A mi hermana Tilda, gracias a cuya generosidad pudo disfrutar todavía de unos años de proyectos, le costaba asumir el empuje senil de quien vivía todavía en las luchas de la juventud, las luchas del homo faber. Hasta muy tarde mantuvo su sentido del humor y sus narraciones. Cuando dejó de narrar y de reír algo había empezado a desaparecer. A partir de cierto momento se obsesionó ante la posibilidad de perder lo más querido: la memoria, su gran compañera. Entonces todo se condensó en un nombre, "Irlanda", el nombre de la mujer que ayudaba a mi hermana en sus cuidados. El nombre de" Irlanda" se convirtió en la cifra secreta, la llave del olvido. Lo apuntaba en todos lados, lo preguntaba sin cesar. Si olvidaba "Irlanda" todo estaba perdido. En su cabeza qué de prados, de nieblas, de caballos percherones, de poetas de la naturaleza, qué de Ulises. Y una nieta viajando por Irlanda, todo para no perder una palabra, una palabra que si se perdía podía provocar un efecto dominó sobre toda su existencia, sobre la memoria de la vida en la que tanto disfrutó haciendo cosas y hablando.
             Ayer por la tarde, al bajar del cementerio, recordé la película Big Fish de Tim Burton. Porque era verdad. La novela de la memoria de mi padre era verdad. Allí estaban todos los personajes que aprendí a su lado: Neil Armstrong vestido de astronauta, Kennedy abatido por una bala, De Gaulle recibiendo el agradecimiento del pueblo de París, Catherine Deneuve vestida de cocktail, Picasso en calzoncillos, Julio Camba recién salido del Ritz, Pablo Neruda y su gorra, a quien le encantaba parecerse. y, bueno, a Ganivet lo vi a un lado del camino. Todo en esa tarde de lluvia en que despedimos una parte de la memoria, un puñado de historias del siglo XX. Intentaré no olvidarlas. No lo olvidaré.

jueves, 24 de agosto de 2017

Gimme the power


                                         
                                                   Fotografía de Miguel Gallego Ballester



De las maneras vulgares de conocer el mundo,
El amor y el poder atraviesan los siglos.
Ayer, cuando el individuo era sospecha,
No cesaba la pulsión de la persona.
El cuerpo concreto y el cuerpo social.
El interior físico y el interior público.

Penetrar cuerpos, dominar masas.

Hoy es hoy: pornografía y sombra del eros.
Democracia y supermercado.
Funerarias y seguros de vida.
Usura es la palabra,
la palabra del loco.

martes, 30 de mayo de 2017

El caballo de Turín
















Sobre la nada, todo en Béla Tarr.
Una enzima sin control en Via San Carlo:
nuestro hermano el caballo,
nuestras hermanos los gusanos,
un golpe de luz posthumana,
un viento duro,
un siroco en tierras del norte.
Polvo que todo lo inicia y todo lo borra.
"Mamá, soy tonto".
¿Eso dice?
Sí, eso dice.
No está mal, después de todo,
después de nada.

Pocos gestos son la herencia:
calentar agua,
abrochar un botón.
La ideología de abrochar un botón,
la otra, la de las ideas, nos está matando.
"Tocar y por tanto arruinar
y de este modo conseguir",
dice.

La única verdad es una patata,
una patata caliente,
esa es la herencia,
una patata caliente para comer en silencio,
en silencio y a oscuras
con el eco de las tonterías de siempre.

Recuerdo un kindergarten salvaje,
cuando los gitanos gritaban:
"¡El agua es nuestra,
la tierra es nuestra!
¡Ven con nosotros a América!".

Pero esto fue sagrado,
aquí estuvo el Señor.

"Ya está",
hasta las brasas se han apagado.




domingo, 4 de diciembre de 2016

Historia portátil de la literatura cubana







1. Margarita Premiere me enseña la casa natal de José Martí. Me cuenta toda su historia política, romántica y literaria. También me dice que debo cortarme el pelo.



2. Israel Rodríguez me enseña la casa de Lezama Lima en Trocadero 162. Pequeño paraíso de imágenes y libros. El vaso danés, el Apolo, los jades, sus padres, los dos grabados de Antonio Saura, los Evangelios, las obras completas de Martí, Góngora, Mallarmé, el gallo japonés... Después nos hacemos una foto con las manos en los bolsillos. La chequeamos y me comenta que parece que tengo casi tantas tetillas como Lezama. Para salir con dignidad le pido que me hage otra foto en el estudio del autor de "Muerte de Narciso". También manos en bolsillos.



3. Donde se trata de la ritual visita a escritores muertos. Cementerio de La Habana. Tumba de Alejo Carpentier. Hablo con él. Él sabe que el motivo de mi viaje son sus ensayos. Me habla como si yo fuera Joaquín Soler Serrano: "Amégica me gesulta más integesante desde que me encuentro de este lado del chagco grande", me dice. Yo no me atrevo a decirle que está enterrado en La Habana con un mensje castrista en su tumba. Se me ocurre preguntarle que qué prefiere: Cristal o Bucanero. "Bucanego", me dice. "Yo prefiero Cristal", le digo. Y ya. Luego me hago un semiselfie con un ángel escuchando.



4. De cómo ser Hemingway en una sola vida. Hemingway quería ser un iceberg. En realidad fue un trillón de cubitos de hielo paseando por tres continentes y bebiendo todos los bourbons, daiquiris, bellinis y tintorros de su tiempo. A mí me da vértigo si lo comparo con este M incompleto que soy y lo que bebo cada noche. El Floridita está como a unas siete cuadras del Hotel Ambos Mundos. Allí escribió 'Por quién doblan las campanas', libro de cabecera de Fidel en Sierra Maestra. Entrar a su habitación cuesta 2$. No entro, pero me hago un selfie especular con él y un turista de blanco que baja las escaleras. Al menos soy cuatro.



5. De cómo los números y las letras dicen cosas aquí. Ahora vivo en Águila 69b. Podía haber sido 70, pero no. A dos pasos de El Malecón, a tres de la casa de Lezama y a cuatro de La Casa de la Música de Galiano. Pero en realidad mi calle es una perpendicular de San Lázaro, casi al llegar a las escalinatas neoclásicas de la Universidad de La Habana. Calle M. Nomen est omen.



6. De cómo los lugares imaginarios son siempre reales. Mi primera fascinación con la literatura fue latinoamericana. En esos escritores encontré la posibilidad del diálogo, posiblemente una de las pocas razones por la que merece dedicar una vida a enseñar literatura. Diálogo de todos los tiempos y todos los espacios. Por ejemplo, la revolución francesa en el Caribe. Por ejemplo Alejo Carpentier entre dos o tres mundos.



7. Sobre el nacimiento de los dioses. Y ya.



Cap. 8 De cómo las clases de salsa y un idiota norteamericano
(M. Z.), gracias al cual todos estamos conectados y divertidos, acabarán con la Revolución.
1. Clases de salsa para turistas en el Museo de la Revolución
2. Cómo conectarse a internet en La Habana: 
Funciona con tarjetas. Las tarjetas tienen un usuario de 12 números y una clave de otros 12 números distintos.
Las tarjetas se compran en los hoteles y el precio varía según el hotel. Las he comprado desde 2$ hasta 5$ la hora (cuando digo $ digo dólar, aunque en realidad son CUC, pesos convertibles, porque aquí hay dos monedas: el peso cubano y el CUC, peso convertible, para extranjeros. Ninguna de las dos monedas vale un carajo fuera de Cuba, o sea que si te sobran te los comes).
También las puedes comprar a camellos de tarjetas. La operación es como comprar porros, te vas con él detrás de una esquina. Ahí siempre te cuestan lo mismo: 3$.
En estos días acaba de aparecer otra modalidad. Hay alguien, siempre cerca de un hotel, con un ordenador y un corro de gente a su alrededor. Él ,o la del ordenador conecta al resto por 1$ hora. Pero tienes que quedarte en el corro. En esto todavía no he caído.
Finamente puedes ir a una oficina de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.) y, naturalmente, hacer una cola de una hora, hora y media. Yo fui, pude comprar hasta tres, no más y enseñando el pasaporte, tarjetas de 5 horas cada una: 30$ en total. 
Una vez que tienes tarjeta tienes que ir a un hotel. También hay algunos puntos en parques pero van lentísimos. Pero no cualquier hotel, un hotel con conexión ETECSA, así cuando acabas puedes apagar la conexión wifi y ahorrar minutos. Si el hotel tiene su propia wifi allí tienes tú que gastar toda la tarjeta, porque aunque apagues wifi los minutos siguen contando. Esto poco a poco lo vas sabiendo.
En cualquier caso la conexión wifi, aunque sea ETECSA, no es perfecta, va y viene. Cada vez que se va puede que sí, puede que no, tienes que meter otra vez los 12 números de usuario y los otros 12 de la clave.
En los hoteles te sientas en una mesa y tienes que consumir. Los hoteles, como bien sabemos, son para turistas y tienen precios para turistas. Consumición mínima entre 2$ y 3$ (café o cerveza Cristal). Si te tomas un mojito: 5$.
Como es wifi, si estás con el teléfono, éste decide actualizar google calendar, que es muy importante tenerlo actualizado, o ,el imprescindible en viaje ,youtube. Entonces, si la conexión ETCESA ya es de por sí lenta, en ese momento quieres una cuerda y cometer un suicidio ritual y público contra ETECSA.
Es bueno desconectar de vez en cuando.
Esto, la Revolución, no puede durar mucho, sobre todo cuando el 1 de mayo entrarán los primeros ferris norteamericanos.




9. De cómo la inactualidad puede ser la vanguardia de nuestro tiempo. La Habana Vieja está llena de turistas y jineteras. Una ciudad bellísima en ruinas. Un mundo anterior en violenta contradicción con el capitalismo virtual. Ayer me decía Y que mejor morir a que nada cambie. El sueldo de un médico vienen a ser 50 $ al mes. Una jinetera puede ganar 100 $ al día lamiendo turistas. Esto, aparte de triste e injusto, produce una energía que no he visto en ningún otro lugar. Un apocalipsis feliz, profetas prácticos que no dejan de hablar y confiar en un mundo posterior que puede ser la misma mierda de siempre. Una explosión de música y arte visual, lo que los humanos, desde las cuevas, buscan cuando los dioses los abandonan. La Habana puede ser la ciudad del futuro.


10. De cómo en La Habana me saluda más gente por la calle que en Granada. Han bastado dos semanas para tener un círculo de conocidos en el centro de La Habana. A veces oigo mi nombre a lo lejos y no hago caso. Pero es para mí. En mi ciudad, debido a mi vida itinerante, puedo pasear días y días si encontrarme con nadie que me salude. A día de hoy eso es imposible en barrio de La Habana donde vivo. En una ciudad de voces, nalgas y taxis. Oyes "estoy cansao de sel tan vago", o un piropo a una niña "eres tan linda como tu madre, ¿viste?", o esos locos que se quedaron colgados en ese "periodo especial", que nunca acaba, y hablan para nadie "¿pero qué caraho hiso por nosotros la puta revolución?

11. De por qué las lápidas tienen aquí una vocación poética. Una tarde, fraguándose el infierno capitalista de Wall Street, el poeta Federico García Lorca se sentó a la sombra de un árbol del caimito junto a su amigo Gabriel García Maroto. En Caimito, como a una hora en carro de La Habana. Ahí fue feliz, según me cuenta un pintor local.


El escritor italiano Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas, una pequeña ciudad cerca del aeropuerto de La Habana. Su padre, Mario, era el responsable de una estación agronómica dedicada al estudio de la vegetación tropical. Nunca olvidó esos primeros tres años de su vida en un jardín tropical. Regresó a La Habana en diversas ocasiones para recordar sus primeros pasos en este sueño que llamamos vida. La misma vida que para muchos es una pesadilla.



12. De la verticalidad y la horizontalidad en La Habana. A Reynaldo Arenas le gustaba hablar y recitar poemas con sus amigos en el inmenso parque Lenin, al sur de la ciudad. Perseguido por su homosexualidad, afirmaba que el capitalismo te jode y te quejas, mientras que el comunismo te jode y debes dar las gracias. En 1984, ya en Nueva York, dedicó un poema un profesor de la Universidad de Tulane titulado "Blanco mojoncito". La última estrofa dice así: "Blanco mojoncito, / para ti todo marchará admirablemente mientras esa teoría que defiendes y tan bien te alimenta (¡me dicen que ya tienes hasta el tenore profesor!) no se te aplique en la práctica matándote de hambre."
La 'Trilogía sucia de La Habana' (1998) de Pedro Juan Gutiérrez es un libro de semen y sal, historias sórdidas y sensuales del "período especial", cuando la Unión Soviética cortó la teta a Castro y el queso de las pizzas eran condones derretidos. En el episodio titulado "Aplastado por la mierda" habla de la nostalgia: "la nostalgia puede trasformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto". ¿He escrito yo todo esto?



13. De utopías y distopías en el Caribe. El tema de conversación, además de la pelota, el fútbol y, naturalmente, la vida de la pinga, es solo uno: El cambio ¿será lento o rápido? Si rápido, el peligro son los tiburones financieros e inmobiliarios, además de los rebaños de turistas americanos infantilizados. Si lento, habrá mucha gente desesperada dispuesta a irse de aquí de cualquier manera.
La Fábrica del Arte, en Vedado, es un espacio entre neoyorquino y berlinés. Música en directo, teatro, cine, snack, discoteca, tienda de diseño, sala de exposiciones... En La Habana... Allí vi estos cuadros de Ludmila y Nelson. El Malecón después de la burbuja inmobiliaria; la esquina de Zuleta con San Juan de Dios, en Habana Vieja, una tarde de tormenta después del capitalismo.



14. De cómo decir adiós a la ciudad de las columnas el día en que los turistas invadieron La Habana. Parece que la revolución será ahora revolución turística, o turismo revolucionario. Es una locura. Da un poco de pena ese destino de bermudas y gordito, pero ellos están encantados intentando exprimir a los turistas. Me he encontrado hasta a unos amigos canadienses. Cuando me he dirigido a ella ni me ha mirado, pensaba que era otro de los millones de taxistas que se ofrecen todo el rato.

15. Pensamientos en un autobús que atraviesa La Mancha. No sé qué país visitó la izquierda europea durante décadas. No sé en qué hoteles se alojaron. No sé con quiénes hablaron. No sé qué hospitales o escuelas les enseñaron. Pero esa ceguera o ese idealismo pasó y pasa factura a una izquierda de consignas. La Revolución cubana estuvo bien hasta 1968. Lo demás han sido errores, rectificaciones, extravagancias económicas y un autobloqueo que se sumaba al bloqueo. Fue seguir un lema difícilmente asumible por las personas libres: "Con la revolución todo, contra la revolución nada". Y ahora Chanel y el rodaje de Fast and Furious 8.


16. De cómo llovió café, azúcar y verticalidad marxista y ahora tiene que llover dinero. Si tengo dinerito tú me vas a querer, 57 años de revolución y llegó Yuly y Havana C, de Cienfuegos a La Habana.



17. En la segunda mitad de los noventa asistía cada año a unas soirées muy literarias y muy mundanas en París. A veces aparecía el maestro. Se le veía asomar por una esquina y acercarse lentamente a las mesas o a los fumadores de la entrada del bistró. Kundera hablaba poco, bajito y siempre con una medio sonrisa irónica. Aprendí tres cosas de él en esas reuniones. Los maestros enseñan poco y lo que que enseñan no se olvida. Una de las cosas que aprendí es que la historia trágica de Europa también podía ser una broma, y que el destino individual no puede estar enteramente condicionado por una broma. Eso es lo que he visto en Cuba estas semanas, como estos personajes en una terraza de El Malecón de la película 'Regreso a Ítaca' (2015), de Laurent Cantet y Leonardo Padura. Penetración cultural y diversionismo ideológico.




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