martes, 26 de marzo de 2019

Ut pictura poesis. El nervio óptico de María Gainza como pre y postexto



                                                 Augusto Schiavoni, Autoretrato, 1915.




Ut pictura poesisEl nervio óptico de María Gainza como pre y postexto.*

La tradición de la écfrasis se pierde en los orígenes de la memoria artística de la humanidad. Es posible que las pinturas primitivas no fueran sino pretextos visuales de rituales o narraciones que tenían por objeto unir a la comunidad reunida en la cueva. Una de las consideradas primeras novelas modernas —a pesar de que el nombre «novela» combine mal con la idea de «Antigüedad»—, se inicia cuando su autor, de caza por la isla de Lesbos, se interna en una cueva consagrada a las Ninfas en cuyas paredes encuentra hermosas pinturas que cuentan una historia de amor. Es la historia de Dafnis y Cloe. El cazador, Longo, decide convertir en palabras y relato aquellas pinturas y ofrecer su obra al Amor, las Ninfas y al dios Pan. 
El nervio óptico puede ser una de los mejores ejemplos contemporáneos de esa tradición que se condensa en la locución horaciana: ut pictura poesis, como la pintura, así es la poesía. Incluso le viene bien al libro de Gainza la locución original latina, ya que poesises algo más que poesía: es creación o producción, algo que surge de donde no hay, la forma que surge de otra cosa. El nervio óptico es eso: un libro que procede de la contemplación de algunos cuadros y de la agudeza crítica e interpretativa que la autora, María Gainza, ha ido aquilatando durante los años dedicados a la crítica de arte, museos y exposiciones en revistas como ArtNewsArtforumRadarPágina/12 o sus crónicas como corresponsal de The New York Times en Buenos Aires. Se trata de todo menos de una novela. Responde, eso sí, a la voluntad de hibridación de los géneros narrativos del siglo XXI. Puede ser, incluso, un libro poético, pero no una novela. 
No, creo que se pueda presentar El nervio óptico como una novela, aunque así se haya publicado tanto en su primera edición en la editorial argentina Mansalva (2014) como en su reciente edición española en la canónica colección «Narrativas hispánicas» de la editorial Anagrama (2017), y como novela parece que se ha traducido a unas 15 lenguas. Pero novela… no es. Puede ser autoficción, ensayo, crónica… En realidad es un texto, un texto en su sentido etimológico, un tejido o patchwork  en el que la autora combina tres elementos en 11 capítulos: escenas de su vida, écfrasis de cuadros amenizadas con anécdotas biográficas de sus pintores, y episodios relacionados con su familia o amigos. No existe un marco general, ni un personaje dominante, acaso la voz de la autora, pero ni siquiera la constancia de esa voz en los once capítulos puede garantizar los desafíos compositivos de una novela.
Dicho esto, es preciso subrayar que El nervio óptico es un libro bastante singular y especialmente atractivo para el tipo de lector de nuestros días, un lector nativo de internet.
El nervio óptico es un libro que ha tenido un inmediato y universal éxito entre eso que hoy podemos llamar «sociedades de lectores». Basta acercarse al red social Goodreads para comprobar la buena aceptación de la autora entre lectores de las diversas lenguas a la que ha sido traducida. Me consta que ha sido un libro que ha ido adquiriendo relevancia no tanto por la crítica —también favorable aunque breve e interesada sobre todo en la vida de la autora—, como por la difusión boca a boca entre lectores. Es el tipo de libro con el que seguramente puede soñar todo editor literario del siglo XXI. ¿Por qué? La respuesta la dio Italo Calvino en los años ochenta del pasado siglo.
         Cuando en Seis propuestas para el próximo milenio (1985) imaginaba la posible literatura del siglo XXI se basaba en la experiencia de su propia obra narrativa y, sobre todo, en el arte de la «ficción» de Borges. Desarrolló cinco de esas seis propuestas: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. Murió mientras redactaba el sexto de esos rasgos: consistencia, dedicado al Bartleby de Melville. Creo que buen parte del éxito de este libro entre lectores y editores está basado en el cumplimiento de las cinco propuestas de Calvino: es leve, con una ligereza primeriza y desclasada que hace muy atractivo el personaje de la narradora; es rápido, once capítulos a una media de unas 12 páginas por capítulo, y, a su vez, cada capítulo consta de dos o tres hilos narrativos independientes y sin apenas conexión; es exacto, o al menos finge ser exacto en las anécdotas o pequeñas biografías de los pintores que atraviesan cada capítulo; es visible, pues los cuadros son su leit-motiv, todos ellos se pueden contemplar en museos de la ciudad de Buenos Aires; y es múltiple, tan múltiple que el lector casi necesita tener a mano una conexión a internet para poder ver los cuadros, algunos muy poco conocidos, incluso extravagantes, a los que se refiere la autora. Internet será la fuente natural para completar y comprobar las noticias sobre las vidas de los artistas. Los más frikis, y no dudo que los habrá, buscan esos cuadros en sus visitas a Buenos Aires o leerán amplias biografías de los pintores para constatar las anécdotas biográficas. Lo que no parece tan claro es que El nervio óptico sea consistente, o al menos consistente en el sentido de la consistencia que podía evidenciar un relato tan magistral como Bartleby.
Lo que ha encontrado María Gainza en El nervio óptico es una fórmula que combina la autoficción fragmentaria, la escenas de historia del arte y el cuento. Una fórmula difícil de repetir, como se comprueba en La luz negra, publicado en España por Anagrama a finales de 2018. Aquí abandona la fórmula de éxito de El nervio óptico e intenta la novela corta sobre el negocio de la falsificación de arte en Argentina en la primer década del siglo XX  en torno a la misteriosa figura de «la Negra», falsificadora de lienzos de Mariette Lydis, retratista de alta sociedad bonaerense. Gainza trata de remedar la fórmula con motivo de los objetos que forman parte de una subasta y un juicio. Historias que se esconden y se rastrean a través de cartas, anotaciones personales, crónicas de época o legajos judiciales. Pero esta vez, me temo, que la fórmula no funciona. El lector esperaba un segundo «nervio óptico» y se encuentra con otra cosa.
Para explicar la forma o fórmula de El nervio óptico podríamos ponernos pedantes y ascender a las biografías de filósofos de Diógenes Laercio o las vidas de artistas de Giorgio Vasari. Estaríamos siendo pedantes, pero no nos estaríamos equivocando en cuanto a rastrear este gusto por dar una forma literaria a la crítica. Sin embrago creo que en el caso que nos ocupa es más sensato acotar los referentes a una contemporaneidad literaria latinoamericana, por un lado, y profesional, por el lado de las formas en las que se ha concretado la crítica y el ensayo artístico a finales del siglo XX. . En cuanto a los referentes en las letras latinoamericanas, me refiero sobre todo a la relectura que algunos novelistas en lengua española hacen de las Vidas imaginarias  (1896) de Marcel Schwob, mencionado, por cierto, por Gainza. En la estela de Schwob están algunas propuestas de Roberto Bolaño o Enrique Vila-Matas en libros como La literatura nazi en América (1996) o Bartleby y compañía (2000). En realidad casi toda la obra de Roberto Bolaño es un órdago a la grande de esos tres hilos que teje Gainza: autoficción, crítica e historia literaria, y relatos intercalados. La autora declara al final del primer capítulo la poética de su libro: «supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa».
Es imposible al leer este primer libro de la argentina María Gainza, no recordar el estilo crítico que John Berger fue desarrollando a través de sus numerosas obras, sobre todo a partir de la serie de televisión y posterior libro  Ways of seeing (1972). El punto de partida de Berger es conocido: ver es algo que sucede antes que las palabras, además ver (seeing) no es lo mismo que mirar (looking). La vista conlleva comprensión y conocimiento y es esta premisa la que explica la diversidad expresiva de su estilo crítico en el que combina narraciones, imágenes, anécdotas o experiencias personales, llegando incluso a la novela, la poesía, el teatro o el guión cinematográfico. En la pieza teatral titulada Será el parecido (1998), dedicada al escultor español Juan Muñoz, un personaje habla tras contemplar El perro, una de las pinturas negras de Goya que decoran las paredes de la «Quinta del sordo»: «Y llegamos a la conclusión de que era mejor ver cuadros en la radio que en la televisión. En una pantalla de televisión no hay nunca nada quieto y ese movimiento hace que la pintura deje de serlo. En la radio no vemos nada, pero podemos escuchar el silencio. Y todo cuadro tiene su propio silencio». Un silencio que habla, diría Gainza.
Otro precedente de su fórmula, aunque con un mayor calado poético, puede ser el libro del porta norteamericano Mark Doty Still Life with Oysters and Lemon (2001), en el que el autor elabora una serie de textos misceláneos sobre su gusto por las naturalezas muertas.
La virtud de este libro reside en ser consciente de un tipo de lector al que el también porteño Macedonio Fernández designó como «lector salteado», un tipo de lector del futuro que tendría a mano la posibilidad de distraerse, o perderse, en la lectura de una ficción que invita a mirar imágenes, ampliar las incitaciones de la imaginación con hipervínculos o comprobar lo que es real o falso en las anécdotas que narra. Ese lector nativo de internet acostumbrado al fragmento, la distracción y los argumentos cruzados.
Junto a esas pequeñas vidas reales e imaginarias de los pintores (Alfred de Dreux, Cándido López, Hubert Robert, Fujita, Coubert, Toulouse Lutrec, Mark Rothko, el matrimonio Sert, Rousseau el aduanero, Augusto Schiavoni o el Greco) se entrecruza la voz de una narradora, en un proceso de crecimiento y desclasamiento, junto a figuras de su familia, amigos, marido o las consecuencias emocionales de un embarazo.
Para Gainza las obras de arte nos punzan en el nervio emocional que comienza en la visión de algo, de algo que por ese mismo efecto emocional llamamos arte. 
Otra razón que puede explicar el éxito del libro es lo que podemos llamar el «arte de la cita», esa forma o función que, en opinión de Antoine Compagnon, es constitutiva de una forma de escritura desde Montaigne. «Me he dado cuenta, también, de que el buen citador evita tener que pensar por sí mismo», escribe Gainza casi al final de El nervio óptico. Siempre he pensado que un buen libro puede consistir en una cuidada colección de citas que escamoteen el pensamiento personal o que lo estimulen fuera de la escritura. El libro se abre con una cita de Joseph Brodsky que subraya la base visual de la poesía, junto a otra en la que la Lucrecia Rojas recuerda unas palabras de la pintora argentina Liliana Maresca, de la que fue pareja durante la época de los happenenings de los 80: «Me voy a mirar el cuadrito, decía Liliana Maresca después de tomar su dosis de morfina».
La propia Liliana Maresca podría ser protagonista de uno de estos once capítulos del nervio óptico, porque todos los cuadros que sirven a María Gainza para experimentar con su particular forma de la biografía, el ensayo, la crónica o la novelita, son cuadros que se pueden contemplar en colecciones públicas o privadas de la ciudad de Buenos Aires. A los cuadros se llega en el contexto de situaciones íntimas como un embarazo, la muerte de un familiar, el recuerdo de un incendio en la casa materna o el encuentro con un hermano después de una década. El cuadro no sólo es pretexto para perderse o desviarse por los caminos del arte, sino que la impresión emocional de la mirada sobre el cuadro ilumina esa zona que puede resultar oscura o difusa en la vida de la voz protagonista, la voz de una crítica de arte que por un lado trata de apartarse de los condicionantes de su familia, cuya madre pretende casarla con un polista, y una profesional del arte que más bien parece amateur por la libertad con la que se mueve entre sus opiniones y sus intereses por la vida y obra de los artistas. 
         Lo que A. S. Byatt llamaría the kick galvanic, o eso que se ha venido a llamar síndrome de Stendhal es la enfermedad de la protagonista. Una enferma de arte a la que la visión de un cuadro puede ponerle «los ojos como brújulas desmagnetizadas».
         Un cuadro de caza Alfred de Dreux le sirve para pasear por la historia argentina en su eterna dialéctica entre campo y ciudad, barbarie y civilización. Y contar algunas historias que cruzan las vidas de Dreux y Géricault. Y eso le lleva a recordar la absurda muerte en el campo de una amiga causada por una bala perdida de un cazador: «Uno escribe para contar otra cosa».
         Las escenas de la Guerra de la Triple Alianza pintadas por el argentino Cándido López son el pretexto para hablar de un día de niebla en la ciudad de Buenos Aires y una embarazada, la voz narradora, que conduce desorientada («mi instinto de supervivencia me lleva siempre a los museos, como la gente en la guerra corría a los refugios antibombas»), añadiendo un tercer hilo sobre un amigo alcohólico.
         Las ruinas pintadas por Hubert Robert le llevan a tratar sus complejos de clase alta y adinerada («las patologías producto de una infancia con todas las necesidades cubiertas: se la conoce como Tristeza de Niña Rica»), y el cuento de un incendio doméstico que la madre de la autora soluciona refugiándose en la embajada de Estados Unidos.
         La evolución de la amistad con una amiga de la infancia, y la vida en la casa art déco de su abuela, se enreda con los viajes europeos del pintor japonés Fujita en uno de los capítulos más conseguidos del volumen.
         Las marinas de Coubert, en concreto ese Mar borrascoso que se puede ver en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, da el tono a una aventura surfera juvenil y al camino enajenado de una prima a la que «también le llamaba el mar como un imán».  Este relato contiene uno de los momentos críticos más apasionados de Gainza, glosando alguna idea de Peter Schjeldahl, crítico de arte del New Yorker: «Coubert escupió a la idea de pureza porque lo que le interesaba era crear cuadros que sobresaturan los sentidos. Por eso Peter Schjeldahl dice que después de ver un Coubert uno tiene ganas de salir corriendo, armar un motín, tener sexo o comer una manzana. Sus cuadros producen fiebre pictórica».
         Mientras que una amiga, en un trenzado argumental con Fujita, da clase de español a una japonesa con un marido ausente y una pierna tres centímetros más corta que la otra, Toulouse Lautrec , al que llega la autora por la visión de En observación, un cuadro con caballos, sufre su deformidad física y bebe, dibuja y bebe, mientras aprende el arte de las estampas japonesas, el ukiyo-e.
         Ocupando la parte central del libro está el que es quizás el capítulo más redondo, el titulado «Una vida en pinturas». Desde el título Gainza señala al órgano de la visión, no de la mirada, pues como Berger toda su estética parte de la existencia de la visión en tanto que momento de compresión o epifanía.El responsable es el nervio óptico, encargado de enviar las señales que percibe el ojo hasta nuestro cerebro. El cerebro se encargará después de interpretar estas señales procedentes de estímulos externos para conformar la imagen mental de aquello que estamos viendo. Hay muchas referencias a problemas oculares en el libro, este capítulo central comienza con una visita al médico cuando la autora está aquejada de mioquimia, un temblor involuntario de las fibras musculares del ojo fruto del estrés, un estrés acaso provocado por la enfermedad de su marido y a la reflexión sobre la enfermedad y la muerte. Un cuadro de Marc Rothko en la sala de espera del doctor es de nuevo el pretexto para el más elaborado y brillante de estas piezas que componen el libro. La posición de Rothko frente al capitalismo y su mundo espiritual basado en el silencio hacen salir a la espléndida crítica de arte que es María Gainza: «Puede que mirar un Rothko tenga algo de experiencia espiritual, pero de una clase que no admite palabras. Es como visitar los glaciares o atravesar un desierto. Pocas veces lo inadecuado del lenguaje se vuelve tan patente. Frente a Rothko, una busca frases salidas de un sermón dominical pero no encuentra más que eufemismos. Lo que querría decir en realidad es “puta madre”».
         Siguen luego capítulos sobre Misia y José María Sert junto a la historia de un extravagante tío homosexual, Henri Rousseau el aduanero y los miedos a viajar, el retratista argentino Augusto Schiavoni y las historias de fantasmas con un amigo llamado Fabiolo, o El Greco y sus celos de Miguel Ángel junto a un reencuentro con el hermano emigrado en California.
         En fin, un libro recomendable. Un fórmula de éxito. Un recorrido emocional y divertido por un museo argentino. El pretexto de un cuadro y el postexto de una excelente crítica de arte con vocación de escritora.

*Artículo publicado en rumano en la revista Lettre Internationale, Bucarest, invierno 2018-2019.
         

sábado, 23 de marzo de 2019

La imaginación vegetal


                   
                                          Nobuyoshi Araki, Feast of Angels: Sex Scenes, 1992




La imaginación vegetal. Una novela en tres tiempos de Han Kang*

La vegetariana es una novela de la escritora coreana Han Kang. Publicada en 2007, está teniendo una segunda vida internacional con sus traducciones al inglés —obtuvo el premio Man Booker Internationalen 2016— francés, español, italiano o alemán. La protagonista de la novela, Yeong-hye, decide un día dejar de comer carne. Dado que esa decisión va acompañada de otros cambios en la vida cotidiana de la joven, como dejar de cocinar para su marido, evitar el sexo («El olor de la carne. Tu cuerpo apesta a carne», le responde a su marido cuando lo rechaza) hablar lo menos posible, dormir apenas o desnudarse buscando el sol, la situación va creando entre la familia un clima de preocupación y tensión. Una atmósfera que recuerda la irritabilidad de la familia de Gregorio Samsa. Una familia coreana, por cierto, muy aficionada a comer carne. La hýbris se desata cuando el marido de Yeong-hye, un mediocre empleado de empresa, empieza a perder la paciencia y convoca una comida familiar. Todos intentan que Yeong-hye pruebe distintos platos preparados con carne. Yeong-hye no abre la boca, no reacciona, solo repite una y otra vez que ella no come carne. El padre, veterano de la guerra de Vietnam, interpreta la decisión de su hija como producto de un capricho que avergüenza el honor de la familia. Entonces, como ha hecho en otras ocasiones, recurre a la violencia: la abofetea delante de todos e intenta introducir a la fuerza un trozo de carne en la boca de Yeong-hye. 
         La novela cuenta en tres capítulos, tres episodios, el traumático proceso por el que la protagonista asume su voluntad de no formar parte de la humanidad, el deseo de liberarse de la condición humana y convertirse en una planta. Su anorexia o esquizofrenia, según el diagnóstico general, se manifiesta en la necesidad de alimentarse solo de agua y sol y su empatía con los árboles, actitudes no responden a un pulsión de muerte autodestructiva sino a un profundo y misteriosos deseo de renacimiento. Kang nunca nos hace entrar en los pensamientos de Yeong-hye, sólo la conocemos por sus sueños, o pesadillas, y por el laconismo visionario con el que se comunica: «He tenido un sueño» es la frase recurrente con la que explica su deseo de renacimiento. La conocemos, en tres episodios, a través de la mirada de otros tantos personajes: 
1. Su marido, que confiesa haberse casado con ella para sentirse seguro en su mediocridad («Antes de que mi mujer se hiciese vegetariana siempre la había considerado absolutamente insignificante», frase con la que empieza la novela). Solo es capaz de entender su decisión de renunciar a la carne «por el deseo de perder peso, la intención de aliviar algún trastorno, el hecho de estar poseída por un espíritu maligno o por tener problemas de sueño debido a las malas digestiones», en cualquier otro caso su vegetarianismo era producto de cabezonería y de querer molestarlo.
2. Su cuñado, un video artista en horas bajas y poca autoestima que, bajo el hechizo de una imagen en la que se mezclan cuerpos humanos con flores (como en los video de la japonesa Yayoi Kusama se mezclan lunares y colores sobre cuerpos entrelazados), descubre en Yeong-hye las posibilidades artísticas de su erotismo vegetal a partir de una mancha de nacimiento, la «Mancha mongólica» que da título del segundo episodio, semejante a un gran pétalo azul, que cubre en parte de la espalda, los hoyuelos de Venus, y parte de un glúteo de su cuñada, esa mancha que «evocaba algo antiguo, algo pre evolucionista, o quizás un recuerdo de la fotosíntesis», algo que «era vegetal, más que sexual». Lo que para los demás había empezado a ser un físico enfermo para él «irradiaba energía, como un árbol criado en el desierto, desnudo y solitario». Además su cuñada tenía una voz que él interpretaba como propia de una persona que «no pertenece a ningún lugar, de alguien que ha entrado en una zona de frontera entre diversos estados del ser». Es decir, lo contrario de su mujer, la hermana de Yeong-hye, de rasgos redondeados y humanamente fiable, «el género de mujer de bondad oprimente». Ante la disponibilidad vegetal de Yeong-hye emprende una aventura artística en la que mezcla body art, pintando todo su cuerpo de formas florales, con la grabación de escenas que rayan el porno y que se completan con unas secreciones que se asemejan a una linfa verde. Sí, el video artista es quien ve en Yeong-hye algo diferente a una «persona»: más que una naturaleza salvaje «un ente misterioso» que no se sabe muy bien si sigue siendo humano, animal o vegetal. Pero el video artista sí sigue siendo humano, así que intentará llevar la aventura hasta el final con su miembro erecto y una excitación sexual que lo conducirá al grotesco.
3. Finalmente es su hermana, esta mujer que ya no excita al video artista, sufrida madre y hermana que hecha sobre sus espaldas la responsabilidad de criar a un hijo enfermizo y vigilar a una hermana autodestructiva, la que nos cuenta el último episodio de Yeong-hye en el psiquiátrico. La hermana llega a comprender las razones por las que alguien puede desear dejar de ser humano y perderse en un bosque húmedo con la compañía silenciosa de los árboles: «Mira hermana, —le dice en sueños Yeong-hye— estoy haciendo el pino, sobre mi cuerpo crecen las hojas y de las manos me salen raíces… Me hundo en la tierra.»
         La decisión de Yeong-hye siempre es interpretada por su entorno como la manifestación de un desequilibrio: su marido la abandona, el video artista intenta sacar partido a la locura, su hermana enredada en la culpa. En realidad lo que persigue Yeong-hye, como ya he dicho, es una puerta de salida a la cárcel de una humanidad, comedora de carne, que le resulta repugnante por su violencia y culpabilidad. La salida que elige Yeong-hye es la de la vida vegetal, la belleza de las formas, la salvación por el agua, el sol y la tierra. Un renacimiento por fotosíntesis. Un proyecto del todo inocente pero que es reprimido con bofetadas, medicamentos, abandonos, reclusiones psiquiátricas y sedantes que facilitan la ingestión de alimentos por una sonda.
         No sé muy bien si el personaje de Yeong-hye debe ser interpretado desde una tradición literaria oriental. La autora ha declarado en alguna entrevista que la novela parte de un verso del poeta coreano Yi Sang, muerto en Tokio en 1937 durante la época colonial japonesa: «Creo que las personas deberían ser plantas». En la obra de Yi Sang está presente un idea que para un occidental podría considerarse romántica: la forma silenciosa en la que la naturaleza se expresa. Hay una carta muy conocida de Beethoven a la baronesa Von Droosdick en la que habla de la felicidad que le proporciona estar entre árboles, plantas y rocas porque «los árboles y las rocas proporcionan el eco que los hombres desean». Creo que la novela de Han Kang va más allá del romanticismo o de la comunión natural según Oriente. 
         El horizonte del transhumanismo y del posthumanismo, como superación de las limitaciones humanas a través de un desarrollo tecnológico exponencial, ha abierto las puertas a una imaginación novelesca donde las fronteras de lo humano y lo cyborg empiezan a no distinguirse. Comunicarse con las máquinas, tener intimidad con ellas, desarrollar una emocionalidad tecnológica o tener sexo cibernético, fueron materia de la ciencia ficción hasta hace poco. Hoy pueden ser materiales para el realismo. En 1950 Günther Anders publica su profético libro Die Antiquierheit des Menschen producto de su estancia en los EE. UU. Lo humano, después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, empieza a ser, según Anders, algo del pasado, algo vergonzoso que sufre, se esfuerza, suda, llora y muere frente a la limpieza existencial de la tecnología. Anders es el primero en ver que la tecnología, al estilo Apple, será más sexy que lo humano en un futuro no muy lejano. Por otro lado, un músico y empresario tecnológico norteamericano, Raymond Kurzweil, es el profeta de la «singularidad», ese momento del siglo XXI en el que las máquinas serán inteligentes y podrán tomar decisiones, hacia el 2050 podrá incluso revertirse el proceso de envejecimiento humano. Habremos llegado entonces al posthumanismo, una era en la que los instrumentos humanistas, la palabra y el pensamiento, sufrirán una mutación o sencillamente serán sustituidos por otros instrumentos. 
Al final de la novela de Han Kang, la protagonista, entre risas, le dice a su hermana «Dentro de poco desaparecerán todas las palabras y pensamientos. Falta poco.» 
La posibilidad existencial que explora La vegetariana es, precisamente, una mutación en el sentido opuesto a la que plantea la «singularidad» tecnológica. Se trata de un experimento novelesco que tiene como eje el ego experimental de Yeong-hye y su deseo de abandonar la humanidad para renacer como un ser vegetal que subsiste a través de la fotosíntesis (alimentarse solo de agua, exponer su cuerpo desnudo al sol, conectarse con la tierra). El riesgo de un experimento novelesco de este tipo, sobre todo procedente de una autora oriental, es que pueda caer en el saco sin fondo de la new age consoladora y chic. No sucede. Y no sucede por la simple razón de que el personaje experimental está novelado a través de los personajes que la rodean, humanos también insatisfechos con sus existencias humanas, pero que todavía «no han tenido un sueño» y no saben imaginar sus vidas sino es a través del egoísmo, el arte, la comida, el sexo, la culpa o la compasión. Y, precisamente, es la compasión (συμπάθειαque manifiesta su hermana, cuidándola e intentando entenderla (sufriendo con ella) en el episodio final, el único canal de comunicación con quien ha decidido que «las personas deberían ser plantas». 
Hay otra palabra para explicar esta actitud hacia algo que no entendemos: piedad. Lo explica la filósofa española María Zambrano en un libro publicado en el exilio titulado El hombre y lo divino (1955): «Piedad es el saber tratar adecuadamente con lo otro. Pensemos un instante: cuando hablamos de piedad, siempre se refiere al trato de algo o alguien que no está en nuestro mismo plano vital: un dios, un animal, una planta, un ser humano enfermo o monstruoso, algo invisible o innominado, algo que es y no es. Es decir, una realidad perteneciente a otra región o plano del ser en que estamos los seres humanos, o una realidad que linda o está más allá de los lindes del ser.»
         Hace un par de años se publicó un libro sorprendente: La vie des plantes. Une métaphysique du mélange (2016). Su autor, Emanuele Coccia, que dedica el libro a un hermano gemelo muerto a los veinticinco años, declara al comienzo que es producto de los años pasados en su adolescencia en un aislado instituto técnico agrario de una provincia campesina de la Italia central. Allí, más que las lenguas clásicas, la literatura o las matemáticas, eran las plantas, con sus deseos y enfermedades, el objeto de estudio privilegiado. Este libro sorprendente y extrañamente erudito es, por tanto, producto de esos años dominados por la contemplación de las plantas, «de su naturaleza, de su silencio, de su aparente indiferencia hacia todo lo que llamamos cultura». Para Coccia la cultura occidental basada sobre el cartesiano cogito ergo sumolvida otras posibilidades de existencia que están presentes en algunas tendencias del pensamiento medieval (Averroes o Giordano Bruno) y, sobre todo, en investigaciones de la botánica de nuestro tiempo. Con un lenguaje de ideas fuertes fundamentado en una erudición casi escandalosa, y siguiendo una matriz poética e imaginativa marca de la casa —se trata de un discípulo de Giorgio Agamben— Coccia considera que tanto el antropocentrismo como el zoocentrismo o el animalismo son manifestaciones de un «esnobismo metafísico» —el darwinismo no sería más que una extrapolación del narcisismo humano al reino animal— que olvida el verdadero origen de la existencia: son las plantas las que gracias a la fotosíntesis han creado las condiciones de la vida. Por eso las plantas son, desde su punto de vista, «el tumor cósmico del humanismo, los residuos que el espíritu absoluto no consigue eliminar». Sobre todo porque la vida vegetal es aquella que manifiesta la forma más intensa, radical y paradigmática de estar en el mundo ya que una planta no puede separarse, ni física ni metafísicamente, del mundo que la acoge. De modo tal, que no podremos nunca comprender una planta sin haber comprendido el mundo. 
         De nuevo podemos estar caminando sobre el autocomplaciente espiritualismo new age. En los años setenta estuvieron de moda los experimentos con el polígrafo para detectar reacciones emocionales en las plantas. Los fomentó un libro pseudocientífico publicado en 1975 firmado por Peter Tompkins y Christopher Bird, The Secret Life of Plants. A partir de ese libro, Walon Green (nomen est omen) realizó un famoso documental con el mismo título y con una banda sonora aún más célebre compuesta por Stevie Wonder, que aparece al final del documental con sus gafas oscuras y movimientos sonámbulos caminando entre campos de girasoles y bosques húmedos y soleados. También es notable una vía de la música experimental que investiga los sonidos emitidos por las plantas. Los trabajos de la compositora llamada Mileece o de Peter Coffin son ejemplo de ello. Más pintoresco aún fue el IerFestival International de Musique émise par des plants celebrado en el Jardin Botanique de Paris en mayo de 2017.
         Nada tiene que ver con esto el libro de Coccia. Sí es cierto que artistas de todos los tiempos han atendido a la expresividad formal de las plantas: los bodegones florales de la escuela flamenca, las flores de Margarita Caffi o de Giorgia O’Keefe, algunas fotografías de flores muy carnales de Mappelthorpe. Claudio Guillén estudiaba el tema de la flor a través de todas las literaturas de todos los tiempos como símbolo de la belleza. «¡No la toque ya más, / que así es la rosa!» es el texto del poema más breve de Juan Ramón Jiménez titulado «El poema». Pero no es esta vertiente estética del mundo vegetal, esa que obsesiona al video artista de la novela de Han Kang, la que interesa a Coccia. No, el interés filosófico de La vie des plantes es lo que en la novela La vegetariana es una posibilidad existencial para Yeong-hye: la fotosíntesis y la autotrofia en tanto que formas de radicalidad metafísica para vivir en el mundo que conocemos, un mundo que sobrevive gracias a la mezcla de sus componentes elementales sin recurrir a la violencia.
Además hay otra dimensión que podríamos llamar formal, mejor que estética. Las plantas, dice, Coccia no son solo el requisito para la existencia de la vida —de nuestro cosmos—, sino que también son la especie «que ha abierto a la vida el mundo de las formas», a una «figurabilidad infinita». Esa infinidad de formas de la vida vegetal son «declinaciones del ser, no del hacer o del reaccionar» como en los humanos o los animales. Así es el personaje experimental de la novela de Han Kang: un ser humano que imagina la posibilidad de dejar de ser humano emprendiendo un camino de inocencia y gradual eliminación de lo superfluo. Está presente, eso sí, cierta idea de una pureza inhumana que asume la mezcla (el agua, el sol, la tierra) en su dimensión cósmica y elemental, casi al modo de la vieja escuela panteísta. 
         Uno de los últimos capítulos del sorprendente libro de Coccia se titula «La razón y el sexo». Este plant turn, como lo llama el autor, del que son ejemplos muchos trabajos de la biología actual, y que Coccia asienta en una tradición de pensamiento medieval y renacentista, abre un camino para establecer las coincidencias entre cuerpo y conciencia, entre imagen y materia, eso que el arte ha perseguido y persigue desde siempre. Eso que obsesionaba al video artista que transforma el cuerpo de Yeong-hye en un lienzo floral a partir de la mancha de nacimiento que semejaba un pétalo azul. Para Coccia el «alma vegetativa no sería una vida sin facultad imaginativa, sino la vida en la que la imaginación produce efectos sobre la totalidad del cuerpo del organismo —hasta poder plasmarlo— y la que la materia es un sueño sin conciencia, una fantasía que para realizarse no necesita de órganos o de sujetos.»
         Después de leer la novela de Han Kang y el ensayo de Emanuele Coccia salgo a las calles de Nápoles y hay algo diferente en la atmósfera. Voy a ver el cuadro sobre los siete trabajos de la misericordia de Caravaggio. Hay algo floral en la composición de los personajes celestiales y alados de la parte superior izquierda. Los humanos están abajo sufriendo el hambre, la sed, la enfermedad, el frío, la cárcel, el exilio, la muerte. El ángel con los brazos extendidos es la imagen de la piedad: un ser más allá de lo humano que contempla lo diferente. 

(Agradezco a Enrico de Vivo las sobremesas conversadas en las que siempre ha aparecido la fotosíntesis y la mezcla como argumentos).

      *Una versión francesa de este texto se publicará en el nº 97 (junio de 2019) de la revista L'Atelier du Roman. 


miércoles, 13 de marzo de 2019

Equidistancia u honor



                                    Tres personas mirando la obra de Antoni Tàpies L'esperit català (1971)




Equidistancia u honor. Sobre los soberanismos en España


La historia es un saber vertiginoso hacia el pasado. Cuando alguien intenta entender el presente a partir de los hechos del pasado, es decir, cuando se pone a estudiar o a leer Historia, arriesga su capacidad intelectual igual que se arriesga el cuerpo en el mar un día de intensa resaca. Todo empieza a ser pasado, todo empieza a ser alta mar. El presente, la actualidad, pierde sustancia trágica y todo queda más claro. Pero, también, aumenta la complejidad.  Los sucesos que tuvieron lugar en Cataluña desde septiembre del año 2017, pasando por el referéndum ilegal del 1 de octubre, hasta el juicio oral que se está celebrando en los primeros meses de 2019, se han presentado, me temo, simplificados y vaciados de sustancia histórica, pero exultantes de simbología y sentimiento. Para un observador extranjero, las imágenes de las cargas policiales para impedir la votación del 1 de octubre definen toda la situación: un estado opresor que impide votar libremente a sus ciudadanos. Sin embargo la Historia es más compleja, también más clara y menos emotiva.
Habría que remontarse a la conformación del estado español con la unión de las coronas de Castilla y de Aragón (1479). O la política territorial de los Austrias, basada en el respeto de las instituciones y regímenes fiscales de cada uno de los reinos que se unieron con las dos coronas. Y, sobre todo, habría que recordar que Cataluña, junto a otros territorios, se puso del bando del archiduque Carlos de Habsburgo en la guerra de secesión española (1701-1713), hecho que llevó al a la postre vencedor en esa disputa por la corona española, el borbón Felipe de Anjou, a desconfiar de aquellos territorios que no lo habían respaldado y promulgar los Decretos de Nueva Planta que, entre 1709 y 1716, anulaban todas las instituciones y particularidades fiscales de los reinos de Valencia, Aragón, Mallorca y del principado de Cataluña: todos los que habían apoyado a su opositor. Felipe V, hijo de Luis XIV de Francia, venía bien aleccionado, a la francesa, con una idea muy clara sobre lo que debería ser un estado centralista. Como digo, en este asunto, el pasado puede devorarnos: los movimientos anarquistas catalanes a principios de siglo XX (motivo del libro de Orwell Homage to Catalonia), la proclamación del Estado Catalán durante la Segunda República (1934), el centralismo franquista de casi cuatro décadas. Los motivos para la independencia pueden ser muchos y de peso, pero es un hecho igualmente que Cataluña ha participado desde el primer momento en la conformación del estado español, tanto o más que Murcia, Granada o Navarra.
         Entre los ideólogos del «procés», que es el nombre con el conocemos la hoja de ruta de un conjunto de partidos catalanes hacia la declaración de Independencia de la República Catalana, podemos encontrar desde formaciones anticapitalistas y revolucionarias hasta representantes de la más alta y rica burguesía catalana. Por encima de cualquier diferencia ideológica, de sus diversas y opuestas maneras de entender una república, se ha impuesto el sentimiento, un Volkgeist, en el que toda solución a cualquier conflicto social, económico o político pasaba por la separación de estado español. El estado español que confirmó su caricatura catalanista en las cargas policiales. España había sufrido fuertes recortes económicos como consecuencia de la crisis del 2008, con un rescate bancario de más de 40.000 millones de euros can cargo a las arcas de los contribuyentes, contexto en el que se había producido uno de los más importantes movimientos ciudadanos del mundo occidental a principios del siglo XXI y que dio origen a eso que se llamó «nueva política»: la toma de la Puerta del Sol en Madrid por el llamado movimiento del 15M (15 de mayo) o de los «indignados». Los indignados también acamparon en la Plaza de Catalunya barcelonesa y fueron desalojados con cargas de los Mossos d’Esquadra, la misma policía autonómica dependiente de la Generalitat (el gobierno de Cataluña) que favoreció, según se está demostrando, la celebración de referéndum de 2017. Pero, sobre todo, la desafección con España, de catalanes y de muchos otros españoles, procedía de las actuaciones de un gobierno débil y sin autoridad moral, el del Partido Popular de Mariano Rajoy, lastrado por casos de corrupción, con los que nos desayunábamos un día sí y otro también, a cual más escandaloso y atrincherado en una pasiva pero paranoica interpretación de la realidad. Para completar la tormenta perfecta, la más importante institución del estado, la monarquía empezaba a hacer aguas: primero un yerno del rey implicado en un importante caso de corrupción (hoy en la cárcel); luego el rey Juan Carlos I se rompe una cadera cazando elefantes en Botsuana junto a su «amiga especial», la empresaria alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein con la que compartía negocios y otras diversiones; finalmente, la abdicación de Juan Carlos en 2014 y el acceso a la jefatura del estado de su hijo Felipe VI.
         Y luego, claro, está la larga sombra de Franco encarnada en la inmensa cruz de ese monumento kitsch a las dos Españas que es el Valle de los Caídos, en el norte de Madrid; muy cerca de El Escorial, el sólido e impresionante edificio emblema del Imperio español ideado por Felipe II. Franco murió en 1975, pero parece que nunca murió del todo. Las colas que visitaron su féretro aquel frío noviembre del 75 fueron interminables durante días. Esa fue la manifestación popular a su muerte: las colas para ver su cadáver. No hubo alegría, el miedo estaba instalado. 
         En fin, parecía que vivíamos un final de ciclo, un finis Hispaniae, algo así como el acabamiento de un periodo histórico que se inició con el final de la dictadura franquista. Parecía que todo lo que salió de la Transición había entrado en decadencia, sobre todo la Constitución Española aprobada en referéndum en 1978 (es decir, votada por muchos que ya habían muerto). De modo que otro referéndum, esta vez para que votaran solo los catalanes, y que quedaba fuera de la ley constitucional, se podía presentar como deseable y oportuno, pues, según sus promotores, la democracia estaba por encima de la ley.
         Inevitablemente este raptuspopular y político ha generado toneladas de literatura, tanto de ficción como ensayística. Algún crítico ha hablado en sus reseñas del «género literario del procés». No tiene, sin duda, una entidad genérica, pero sí que es el «tema» por excelencia. Durante los meses más calientes del asunto, cuando nos reuníamos amigos siempre alguien terciaba: «¿Hablamos ya del “tema” o lo dejamos para más tarde?» Era el «tema» por excelencia, un pretexto para exhibir el ingenio, la erudición, la pasión, el sentimiento, la lágrima y, sobre todo, no lo olvidemos, también para la risa. Porque si hay un género que en el que encauzar con justicia todo este lío temático es la farsa, una farsa con grandes momentos de comicidad en la que podrían caber Totò, Louis de Funes y todos los grandes gesticuladores. Espero que no se me entienda mal, pues las sensibilidades y suspicacias respecto a este tema son tales que cualquier cosa puede provocar una gesticulación excesiva. Digo que la cosa, a pesar de su complejidad, tiene un  sesgo cómico muy notable, incluso deseable, y quien no lo aprecie difícilmente podrá imaginar soluciones sensatas. Que el presidente Puigdemont declarara la República Catalana en la tarde el 11 de octubre de 2017 en el Parlamento catalán y que, pocos segundos después, tras el aplauso de las bancadas independentistas, propusiera al mismo parlamento suspenderla «para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo» fue primero sorprendente y, con el paso de las horas, cómico. Que después de la votación del 27 de octubre, en la que se votó dicha declaración de independencia, siguiera ondeando la bandera española en el edificio de la Generalitat y que tres días después Puigdemont apareciera paseando por Bruselas solo puede representarse como comedia de enredo. Que Mariano Rajoy, ya de por sí cómico con sus líos lingüísticos y trabalenguas no intencionados, pidiera por carta a Puigdemont que le aclarara si aquello había sido en efecto una declaración de independencia raya en el género de la comedia nacional que se vino a llamar «españolada»: algo así como «Tenga a bien decirme si lo que ha dicho es lo que ha dicho, o no ha querido decir lo que ha dicho, habiendo dicho lo que ha dicho». Había de todo: astucia, cinismo, gesticulación, torpeza, descuido y resbalones con una cáscara de plátano. Había hasta un crucero, atracado en el puerto de Barcelona, donde dormían buena parte de los efectivos de la Policía Nacional desplazados a Cataluña durante los días del referéndum: un crucero temático que el estado español había alquilado y que lucía un inmenso Piolín en uno de sus costados junto con otros personajes de Looney Tunes.
         No menos cierto es que mucha gente lo pasó mal esos días, muy mal, sobre todo en Cataluña: familias en conflicto, amistades arruinadas, suspicacias, paranoias. Tampoco quiero herir la sensibilidad de aquellos que llaman «presos políticos» a quienes actuaron por encima de la ley en nombre de la democracia. Seguro que pueden estar llenos de buenas intenciones, pero tanto las buenas intenciones como la democracia, es mi opinión, deben estar controladas por la ley. Y no al revés. El revés se llama de otra manera, pero no democracia.
         España empezó el siglo XX tras un XIX en el que, además de vivir en una latente guerra civil entre liberales y conservadores (las Guerras Carlistas), se habían perdido las últimas posesiones del Imperio español de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Fue un momento que generó un torrente literario sobre el «tema de España». Novelas, poemas y ensayos que intentaban explicar la identidad española, su realidad histórica y su decadencia moral y económica en el cambio de siglo. Miguel de Unamuno es el autor de algunas de las páginas más representativas de esa actitud (por ejemplo en En torno al casticismo, 1895, o en El sentimiento trágico de la vida en los hombre y en los pueblos, 1912). Unamuno regañaba y disculpaba a la vez a los españoles en la encrucijada de un mundo moderno que les resultaba distante y distinto. Una década antes un poeta catalán, Joan Maragall, escribió un «Oda a Espanya» en la que denunciaba la incapacidad del estado español para modernizarse y abandonar sus crueles sueños imperiales. Podríamos mencionar decenas de títulos relevantes sobre le tema de España publicados en las primeras décadas del siglo XX, pero sin duda el imprescindible es el de José Ortega y Gasset España invertebrada, publicado en 1921. Es un texto cuya lectura actual es, cuando menos, polémica y nostálgica. Ortega es un elitista, de eso no hay duda, que solo concibe el gobierno de los mejores y más preparados. Su concepción de la democracia conlleva una aristocracia del mérito. Cuando habla de una España invertebrada se refiere a dos hechos: el separatismo y la lucha de clases. La invertebración es producto, para el filósofo español, de la ausencia de un proyecto social común ilusionante para catalanes, vascos y castellanos juntos; para obreros, políticos y empresarios juntos. La solución para Ortega es el deseo de hacer cosas juntos y, como era de su gusto, utiliza metáforas para explicarlo: el matrimonio funciona si ambas partes comparten un proyecto y gustan de hacer cosas en común. España, según su análisis, estaba al borde del divorcio.
Algo semejante a lo que ocurrió a principios del siglo con el «tema de España», y que definió la que en la historia de la literatura española llamamos Generación del 98 (por el año en el que España perdió la guerra con los EE. UU. — primera guerra norteamericana fuera de su territorio— perdiendo, por tanto, sus últimas provincias de ultramar) a la que pertenecen autores como Unamuno o Antonio Machado Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas /ha de helarte el corazón», Campos de Castilla, 1912), ocurre en esta segunda década del siglo XXI, con más intensidad si cabe, desde un único género: el ensayo dedicado a explicar los problemas de identidad del estado español, el primer estado moderno de Europa. El primero que inició un proceso de occidentalización que desde hace décadas denominamos globalización o mundialización, tanto desde en su dimensión económica como cultural, ideológica y militar. Antes mencioné lo que algún crítico ha llamado el «género del procés» (Jordi Gracia, «El procés como género editorial», El país, 28.09.2018). El filósofo materialista, pero con orígenes en el nacionalcatolicismo (algunos pueden considerarlo una surte de criptomarxista) Gustavo Bueno, muy reivindicado por la derecha española y siempre provocador en sus intervenciones, habló del «género España» como forma de ensayo filosófico de larga tradición. Dedicó varias de sus obras a ese género, la última y más importante es una reivindicación del papel civilizador del imperio español desde el «ateísmo católico» y el «materialismo filosófico» (España no es un mito: Claves para una defensa razonada, 2005). Sus reflexiones parten del análisis de los conceptos de «nación» y «nacionalidad», introducidas cautelosamente —con miedo más bien— en la Constitución de 1978 para distinguir entre una unidad superior, el estado español, y los territorios autónomos, las nacionalidades. 
El miedo es el argumento de otro ensayo bastante polémico de Gregorio Morán, El precio de la transición (publicado en 1991 y reeditado, con mayor repercusión, en 2015). Para Morán las decisiones y pactos políticos de la transición, que optaron por la reforma y no por la ruptura con el franquismo, están determinados por el miedo general, desde la derecha y la izquierda, a un nuevo enfrentamiento civil. La existencia en la actualidad de 17 territorios autónomos en el estado español sería una de las consecuencias de ese miedo y el imperativo de buscar la paz a cualquier precio. 
El miedo cristalizó en la intentona de golpe de estado de 1981. La escena de un militar asaltando el congreso con un pistola en la mano es el instante que el novelista Javier Cercas eligió para estudiar hasta la médula en Anatomía de un instante (2009), la novela que para muchos miembros de mi generación ha valido igual o más que todo lo que hemos leído o visto sobre ese periodo de nuestra juventud que se llamó Transición y que para Cercas fue una operación política confusa y picaresca, pero satisfactoria para la clase media española de la época. 
La visión más ponderada y documentada se puede encontrar en la obra del historiador Santos Juliá, Transición. Una política española (1937-2017)(2017).  Comentario aparte merecería uno de los libros de mayor éxito en eso que podríamos llamar el ensayo sobre España, se trata de La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (2016) de Sergio del Molino. Es cierto que quien viaja por España en coche o tren percibirá las grandes extensiones de terreno despoblado. Si el viajero curioso se adentra en pueblos del interior de la península, no será raro encontrarse con poblaciones que apenas tienen habitantes o, directamente, pueblos fantasma. La tesis de del Molino es que la invertebración de España radica en la incomunicación entre los grandes núcleos de población y esos territorios casi deshabitados, un problema que no puede dejar de evocarnos los paseos de Unamuno o Machado por los territorios de El Quijote. 
En estos libros que he mencionado hasta ahora el asunto territorial, la naciones o nacionalidades de España, las luchas identitarias dentro del estado español, son un argumento recurrente y no menor. Pero vayamos ahora a la más inmediata actualidad. Si la transición estuvo marcada por la actividad de la organización terrorista ETA en su lucha por la independencia de Euskadi frente a un estado «invasor y totalitario», pero democrático, como era la España de los años 80, el segundo decenio del siglo XXI está marcado, en lo que la cuestión territorial se refiere, por la desaparición del escenario de las reivindicaciones vascas y la irrupción del soberanismo catalán con otra estrategia: la no violencia, incluso mirándose en el espejo de Gandhi, o el modelo de Quebec o Escocia con el consecuente choque frente al ordenamiento de la Constitución Española. Este «tema» o «género» ha generado tal cantidad de ensayos, de crónicas, de panfletos, de literatura sin fin, que resulta muy difícil hacer una selección. Seleccionaré tan solo algunos de ellos, tanto en castellano como en catalán, como ejemplos de maneras diversas de enfocar ensayísticamente el conflicto. El libro de Jordi Amat, La conjura de los irresponsables (2017), es quizás la mejor y más lúcida interpretación de lo que abocó a la mayor crisis institucional en el estado español desde la Transición. El título lo dice todo: actuaciones alegremente irresponsables que aprovecharon el apoyo de una emocionalidad populista para abocar a una situación sin salida. Por su parte Joan Coscubiela, portavoz de la marca de Podemos en Cataluña (Catalunya Sí que es Pot) en las sesiones que llevaron a la declaración de independencia, defiende en Empantanados. Una alternativa federal al soviet carlista (2018) una formula federal dentro de Europa y, por tanto, una reforma de la Constitución que defina el estado español como estado federal. Eduardo Mendoza, célebre novelista barcelonés, es el autor de Qué está pasando en Cataluña (2017), un intento de explicación a la vez que un tratado de lugares comunes, ignorancias y falsedades que han contribuido a crear un ambiente irreal y peligroso. Desde una posición opuesta Ramón Cotarelo(España quedó atrás, 2018) cree que España es un estado fallido sin posibilidad de reforma: «El Estado español —afirma— es irreformable. Por su peculiar desarrollo histórico ha acabado siendo incapaz de evolución o cambio y, por tanto, de reforma alguna». La épica la encontramos en la idealización del «procés», como movimiento pacífico, popular y genuinamente democrático, en el libro con ecos orwellianos de Vicent Partal Nou homenatge a Catalunya (2018). Por último me parece oportuno señalar una visión desde el exterior, la del corresponsal de The New York Times Raphael Minder, The Struggle for Catalonia. Rebel Politics in Spain (2018) cuyo análisis quizá está demasiado pegado al presente y al torbellino de la información inmediata a la hora de explicar un conflicto que tiene orígenes muy diversos y lejanos en el tiempo. Muy interesante me parece una interpretación de los hechos como definitorios de las estrategias electoralistas en la política del siglo XXI, se trata del libro de Daniel Gascón El golpe postmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia (2018).
Tampoco puedo dejar de mencionar la delirante, pero muy veraz, interpretación del actor y payaso catalán Albert Boadella. En ¡Viva Tabarnia! (2018) reivindica la independencia para un territorio inventado por él y unos cuantos amigos. O la no menos divertida crónica de esos días de Gullem Martínez, 57 días en Piolín. Procesando el Procés. La cosa, el caso, el trile (2018).
         En fin, este episodio ha dejado heridas en todos. En uno y otro lado de los dos nacionalismos, tanto el españolista con una bandera que no deja de tener resonancias franquistas, como el catalanista con su bandera estelada y su desprecio hacia lo español. No era posible la equidistancia: «o con nosotros o contra nosotros» era la simplificación de moda. Era una cuestión de honor y lealtad. Se hablaba de «pueblo catalán» o de «pueblo español» como si fueran sujetos históricos, como si una sola voz uniera a millones de personas. El individuo quedaba al margen. La duda quedaba al margen. Los padres con niños pequeños que se despertaban con el ruido de las caceroladas nocturnas no contaban. Las barbaridades que el resto de españoles podían decir de los catalanes se perdonaban. Solo contaba un heroísmo gesticulante. La sensatez era cobardía y no tomar partido era de cínicos. Cuando en realidad los únicos cínicos e irresponsables habían sido un buen número de políticos. Una vez más el fuste torcido de la humanidad imponía la agenda histórica.

P. S. : Un barcelonés, Estanislao Figueras y Moragas, fue el primer presidente de la primera República española en 1873. Estuvo en el cargo cuatro meses. Harto de las disputas territoriales, la dificultad que encontraba para articular el federalismo, las intentonas de golpe de estado, las reiteradas declaración de independencia del Estado Catalán y otros cantones del estado y los laberintos sociales que planteaba la reforma agraria, el 11 de junio de 1873 presentó su dimisión ante el Consejo de Ministros y parece ser que se despidió con estas palabras: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Al día siguiente se marchó a Francia. Lo sustituyó como Presidente de la República Francisco Pi y Margall, un prestigioso abogado e historiador barcelonés. Esa Primera República no llegó a durar un año.


         


viernes, 1 de febrero de 2019

La novela de la memoria


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                                      Mi padre, su amigo Miguel y Picasso. La Californie, Cannes, 1956




(Mi padre murió hace diez años. Un dos de febrero. Esto lo escribí la noche del 4 de febrero de hace diez años, mezclando lágrimas y risas. Es maravilloso cuando la ausencia se transforma en memoria contenta)

                En Granada muchos dicen que mi padre fue un gran personaje, divertido y listo. Hablan de un homo faber. Muchos también pensarán que podía ser ingenuo, y eso a veces era bueno y a veces malo. Lo que sé es que mi padre me transmitió una novela: la memoria del siglo XX, una estructura novelesca a la que yo he ido añadiendo capítulos.
               Así fue, junto a mi padre se aprendían cosas. Uno de mis primeros recuerdos es una imagen en la terraza de una casa de verano: el Apolo XI acababa de posarse en la luna y mi padre lo contaba como si él fuese miembro de la NASA. A su lado me sentía protagonista de la historia, parte de los acontecimientos de las últimas décadas del siglo XX: la muerte de Franco, las protestas estudiantiles, el golpe del 23 de febrero, la primera guerra del golfo. Le gustaba contarme la liberación de París con De Gaulle caminando por los campos Elíseos (y lo contaba imitando el gesto de manos de De Gaulle, un gesto que denotaba el peso del agradecimiento); gesticulaba cuando recordaba la tarde de noviembre en Madrid cuando vio por televisión el asesinato de Kennedy. Era como si él hubiera estado en Dallas, más aún, como si él perteneciera al gabinete de Kennedy. Eso es lo que yo recuerdo. Cuando estaba fuera echaba de menos poder ver con él los telediarios y comentar con pasión la historia. Aunque no estuviéramos de acuerdo en muchas cosas siempre me resultó acogedor vivir a su lado la memoria del siglo XX: se entusiasmaba, recordaba, siempre sabía contar la anécdota justa o citar una frase célebre. Aprendí mucho a su lado, mucho más de lo que conscientemente soy capaz de reconocer. Y se lo dije. Aprendí el arte de la memoria y luego él, estoy seguro, aprendió de mí y de tantos otros a ensanchar esa memoria. Aprendí la dignidad del pasado, no el tribunal de la historia. Aprendí a no olvidar nada.
              También aprendí a reírme, con una risa muy del siglo XX que ahora me cuesta reconvertir en la "risa amarga" del XXI. Una risa de esencia de verbena, risa de tarde de verano junto a una fuente, risa de cocktail de inauguración, risa de Madrid y de provincias. Aprendí que existió un periodista que se había forrado de hule los bolsillos de la chaqueta para poder rapiñar canapés en los cocktails. Aprendí la palabra cocktail, que él pronunciaba a la granadina. Muchas veces, como en el cuento de Borges, me ha costado deslindar su memoria de la mía.
              Aprendí y recuerdo. Recuerdo su admiración por Catherine Deneuve y su colección de gorras para parecerse a Pablo Neruda. Recuerdo el barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Recuerdo el mar de los veranos en Málaga y la manera en que mi padre coleccionaba chiringuitos. Recuerdo cómo le gustaba la gente a mi padre. Recuerdo las excursiones a Sierra Nevada, la cálida y excéntrica compañía de Antonio Zayas: Don Quijote y Sancho pero en quiasmo. Recuerdo que nos partíamos de risa cuando Zayas contaba cómo una tarde el señor X entró a caballo en el Parador de Turismo de Sierra Nevada y pidió un coñac para él y otro para el caballo.
             Lo imaginaba viajando por Europa en los años 60: Finlandia, Alemania, Italia. Las grandes estaciones de Europa, las postales desde Niza, los aviones plateados en los que volaba. Me fascinaba la foto en la que él y su amigo Miguel posaban junto a Picasso. Aprendí que Picasso los recibió en calzoncillos y desde entonces no me parece de mal gusto recibir en calzoncillos. Aprendí Madrid con mi padre, un Madrid que luego reconocí en los libros de Julio Camba.
            En los últimos meses se calló. Pero poco antes de cerrar su oficina, nervioso ante la posibilidad del cierre, repetía: "Esto se está acabando y hay que ir terminando cosas". Entonces ideó uno de sus últimos proyectos desde la memoria: publicar páginas con recuerdos sobre casas, hoteles y restaurantes. Algo muy suyo: espacios para encontrarse y conversar. A mi hermana Tilda, gracias a cuya generosidad pudo disfrutar todavía de unos años de proyectos, le costaba asumir el empuje senil de quien vivía todavía en las luchas de la juventud, las luchas del homo faber. Hasta muy tarde mantuvo su sentido del humor y sus narraciones. Cuando dejó de narrar y de reír algo había empezado a desaparecer. A partir de cierto momento se obsesionó ante la posibilidad de perder lo más querido: la memoria, su gran compañera. Entonces todo se condensó en un nombre, "Irlanda", el nombre de la mujer que ayudaba a mi hermana en sus cuidados. El nombre de" Irlanda" se convirtió en la cifra secreta, la llave del olvido. Lo apuntaba en todos lados, lo preguntaba sin cesar. Si olvidaba "Irlanda" todo estaba perdido. En su cabeza qué de prados, de nieblas, de caballos percherones, de poetas de la naturaleza, qué de Ulises. Y una nieta viajando por Irlanda, todo para no perder una palabra, una palabra que si se perdía podía provocar un efecto dominó sobre toda su existencia, sobre la memoria de la vida en la que tanto disfrutó haciendo cosas y hablando.
             Ayer por la tarde, al bajar del cementerio, recordé la película Big Fish de Tim Burton. Porque era verdad. La novela de la memoria de mi padre era verdad. Allí estaban todos los personajes que aprendí a su lado: Neil Armstrong vestido de astronauta, Kennedy abatido por una bala, De Gaulle recibiendo el agradecimiento del pueblo de París, Catherine Deneuve vestida de cocktail, Picasso en calzoncillos, Julio Camba recién salido del Ritz, Pablo Neruda y su gorra, a quien le encantaba parecerse. y, bueno, a Ganivet lo vi a un lado del camino. Todo en esa tarde de lluvia en que despedimos una parte de la memoria, un puñado de historias del siglo XX. Intentaré no olvidarlas. No lo olvidaré.

jueves, 24 de agosto de 2017

Gimme the power


                                         
                                                   Fotografía de Miguel Gallego Ballester



De las maneras vulgares de conocer el mundo,
El amor y el poder atraviesan los siglos.
Ayer, cuando el individuo era sospecha,
No cesaba la pulsión de la persona.
El cuerpo concreto y el cuerpo social.
El interior físico y el interior público.

Penetrar cuerpos, dominar masas.

Hoy es hoy: pornografía y sombra del eros.
Democracia y supermercado.
Funerarias y seguros de vida.
Usura es la palabra,
la palabra del loco.

martes, 30 de mayo de 2017

El caballo de Turín
















Sobre la nada, todo en Béla Tarr.
Una enzima sin control en Via San Carlo:
nuestro hermano el caballo,
nuestras hermanos los gusanos,
un golpe de luz posthumana,
un viento duro,
un siroco en tierras del norte.
Polvo que todo lo inicia y todo lo borra.
"Mamá, soy tonto".
¿Eso dice?
Sí, eso dice.
No está mal, después de todo,
después de nada.

Pocos gestos son la herencia:
calentar agua,
abrochar un botón.
La ideología de abrochar un botón,
la otra, la de las ideas, nos está matando.
"Tocar y por tanto arruinar
y de este modo conseguir",
dice.

La única verdad es una patata,
una patata caliente,
esa es la herencia,
una patata caliente para comer en silencio,
en silencio y a oscuras
con el eco de las tonterías de siempre.

Recuerdo un kindergarten salvaje,
cuando los gitanos gritaban:
"¡El agua es nuestra,
la tierra es nuestra!
¡Ven con nosotros a América!".

Pero esto fue sagrado,
aquí estuvo el Señor.

"Ya está",
hasta las brasas se han apagado.




domingo, 4 de diciembre de 2016

Historia portátil de la literatura cubana







1. Margarita Premiere me enseña la casa natal de José Martí. Me cuenta toda su historia política, romántica y literaria. También me dice que debo cortarme el pelo.



2. Israel Rodríguez me enseña la casa de Lezama Lima en Trocadero 162. Pequeño paraíso de imágenes y libros. El vaso danés, el Apolo, los jades, sus padres, los dos grabados de Antonio Saura, los Evangelios, las obras completas de Martí, Góngora, Mallarmé, el gallo japonés... Después nos hacemos una foto con las manos en los bolsillos. La chequeamos y me comenta que parece que tengo casi tantas tetillas como Lezama. Para salir con dignidad le pido que me hage otra foto en el estudio del autor de "Muerte de Narciso". También manos en bolsillos.



3. Donde se trata de la ritual visita a escritores muertos. Cementerio de La Habana. Tumba de Alejo Carpentier. Hablo con él. Él sabe que el motivo de mi viaje son sus ensayos. Me habla como si yo fuera Joaquín Soler Serrano: "Amégica me gesulta más integesante desde que me encuentro de este lado del chagco grande", me dice. Yo no me atrevo a decirle que está enterrado en La Habana con un mensje castrista en su tumba. Se me ocurre preguntarle que qué prefiere: Cristal o Bucanero. "Bucanego", me dice. "Yo prefiero Cristal", le digo. Y ya. Luego me hago un semiselfie con un ángel escuchando.



4. De cómo ser Hemingway en una sola vida. Hemingway quería ser un iceberg. En realidad fue un trillón de cubitos de hielo paseando por tres continentes y bebiendo todos los bourbons, daiquiris, bellinis y tintorros de su tiempo. A mí me da vértigo si lo comparo con este M incompleto que soy y lo que bebo cada noche. El Floridita está como a unas siete cuadras del Hotel Ambos Mundos. Allí escribió 'Por quién doblan las campanas', libro de cabecera de Fidel en Sierra Maestra. Entrar a su habitación cuesta 2$. No entro, pero me hago un selfie especular con él y un turista de blanco que baja las escaleras. Al menos soy cuatro.



5. De cómo los números y las letras dicen cosas aquí. Ahora vivo en Águila 69b. Podía haber sido 70, pero no. A dos pasos de El Malecón, a tres de la casa de Lezama y a cuatro de La Casa de la Música de Galiano. Pero en realidad mi calle es una perpendicular de San Lázaro, casi al llegar a las escalinatas neoclásicas de la Universidad de La Habana. Calle M. Nomen est omen.



6. De cómo los lugares imaginarios son siempre reales. Mi primera fascinación con la literatura fue latinoamericana. En esos escritores encontré la posibilidad del diálogo, posiblemente una de las pocas razones por la que merece dedicar una vida a enseñar literatura. Diálogo de todos los tiempos y todos los espacios. Por ejemplo, la revolución francesa en el Caribe. Por ejemplo Alejo Carpentier entre dos o tres mundos.



7. Sobre el nacimiento de los dioses. Y ya.



Cap. 8 De cómo las clases de salsa y un idiota norteamericano
(M. Z.), gracias al cual todos estamos conectados y divertidos, acabarán con la Revolución.
1. Clases de salsa para turistas en el Museo de la Revolución
2. Cómo conectarse a internet en La Habana: 
Funciona con tarjetas. Las tarjetas tienen un usuario de 12 números y una clave de otros 12 números distintos.
Las tarjetas se compran en los hoteles y el precio varía según el hotel. Las he comprado desde 2$ hasta 5$ la hora (cuando digo $ digo dólar, aunque en realidad son CUC, pesos convertibles, porque aquí hay dos monedas: el peso cubano y el CUC, peso convertible, para extranjeros. Ninguna de las dos monedas vale un carajo fuera de Cuba, o sea que si te sobran te los comes).
También las puedes comprar a camellos de tarjetas. La operación es como comprar porros, te vas con él detrás de una esquina. Ahí siempre te cuestan lo mismo: 3$.
En estos días acaba de aparecer otra modalidad. Hay alguien, siempre cerca de un hotel, con un ordenador y un corro de gente a su alrededor. Él ,o la del ordenador conecta al resto por 1$ hora. Pero tienes que quedarte en el corro. En esto todavía no he caído.
Finamente puedes ir a una oficina de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.) y, naturalmente, hacer una cola de una hora, hora y media. Yo fui, pude comprar hasta tres, no más y enseñando el pasaporte, tarjetas de 5 horas cada una: 30$ en total. 
Una vez que tienes tarjeta tienes que ir a un hotel. También hay algunos puntos en parques pero van lentísimos. Pero no cualquier hotel, un hotel con conexión ETECSA, así cuando acabas puedes apagar la conexión wifi y ahorrar minutos. Si el hotel tiene su propia wifi allí tienes tú que gastar toda la tarjeta, porque aunque apagues wifi los minutos siguen contando. Esto poco a poco lo vas sabiendo.
En cualquier caso la conexión wifi, aunque sea ETECSA, no es perfecta, va y viene. Cada vez que se va puede que sí, puede que no, tienes que meter otra vez los 12 números de usuario y los otros 12 de la clave.
En los hoteles te sientas en una mesa y tienes que consumir. Los hoteles, como bien sabemos, son para turistas y tienen precios para turistas. Consumición mínima entre 2$ y 3$ (café o cerveza Cristal). Si te tomas un mojito: 5$.
Como es wifi, si estás con el teléfono, éste decide actualizar google calendar, que es muy importante tenerlo actualizado, o ,el imprescindible en viaje ,youtube. Entonces, si la conexión ETCESA ya es de por sí lenta, en ese momento quieres una cuerda y cometer un suicidio ritual y público contra ETECSA.
Es bueno desconectar de vez en cuando.
Esto, la Revolución, no puede durar mucho, sobre todo cuando el 1 de mayo entrarán los primeros ferris norteamericanos.




9. De cómo la inactualidad puede ser la vanguardia de nuestro tiempo. La Habana Vieja está llena de turistas y jineteras. Una ciudad bellísima en ruinas. Un mundo anterior en violenta contradicción con el capitalismo virtual. Ayer me decía Y que mejor morir a que nada cambie. El sueldo de un médico vienen a ser 50 $ al mes. Una jinetera puede ganar 100 $ al día lamiendo turistas. Esto, aparte de triste e injusto, produce una energía que no he visto en ningún otro lugar. Un apocalipsis feliz, profetas prácticos que no dejan de hablar y confiar en un mundo posterior que puede ser la misma mierda de siempre. Una explosión de música y arte visual, lo que los humanos, desde las cuevas, buscan cuando los dioses los abandonan. La Habana puede ser la ciudad del futuro.


10. De cómo en La Habana me saluda más gente por la calle que en Granada. Han bastado dos semanas para tener un círculo de conocidos en el centro de La Habana. A veces oigo mi nombre a lo lejos y no hago caso. Pero es para mí. En mi ciudad, debido a mi vida itinerante, puedo pasear días y días si encontrarme con nadie que me salude. A día de hoy eso es imposible en barrio de La Habana donde vivo. En una ciudad de voces, nalgas y taxis. Oyes "estoy cansao de sel tan vago", o un piropo a una niña "eres tan linda como tu madre, ¿viste?", o esos locos que se quedaron colgados en ese "periodo especial", que nunca acaba, y hablan para nadie "¿pero qué caraho hiso por nosotros la puta revolución?

11. De por qué las lápidas tienen aquí una vocación poética. Una tarde, fraguándose el infierno capitalista de Wall Street, el poeta Federico García Lorca se sentó a la sombra de un árbol del caimito junto a su amigo Gabriel García Maroto. En Caimito, como a una hora en carro de La Habana. Ahí fue feliz, según me cuenta un pintor local.


El escritor italiano Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas, una pequeña ciudad cerca del aeropuerto de La Habana. Su padre, Mario, era el responsable de una estación agronómica dedicada al estudio de la vegetación tropical. Nunca olvidó esos primeros tres años de su vida en un jardín tropical. Regresó a La Habana en diversas ocasiones para recordar sus primeros pasos en este sueño que llamamos vida. La misma vida que para muchos es una pesadilla.



12. De la verticalidad y la horizontalidad en La Habana. A Reynaldo Arenas le gustaba hablar y recitar poemas con sus amigos en el inmenso parque Lenin, al sur de la ciudad. Perseguido por su homosexualidad, afirmaba que el capitalismo te jode y te quejas, mientras que el comunismo te jode y debes dar las gracias. En 1984, ya en Nueva York, dedicó un poema un profesor de la Universidad de Tulane titulado "Blanco mojoncito". La última estrofa dice así: "Blanco mojoncito, / para ti todo marchará admirablemente mientras esa teoría que defiendes y tan bien te alimenta (¡me dicen que ya tienes hasta el tenore profesor!) no se te aplique en la práctica matándote de hambre."
La 'Trilogía sucia de La Habana' (1998) de Pedro Juan Gutiérrez es un libro de semen y sal, historias sórdidas y sensuales del "período especial", cuando la Unión Soviética cortó la teta a Castro y el queso de las pizzas eran condones derretidos. En el episodio titulado "Aplastado por la mierda" habla de la nostalgia: "la nostalgia puede trasformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto". ¿He escrito yo todo esto?



13. De utopías y distopías en el Caribe. El tema de conversación, además de la pelota, el fútbol y, naturalmente, la vida de la pinga, es solo uno: El cambio ¿será lento o rápido? Si rápido, el peligro son los tiburones financieros e inmobiliarios, además de los rebaños de turistas americanos infantilizados. Si lento, habrá mucha gente desesperada dispuesta a irse de aquí de cualquier manera.
La Fábrica del Arte, en Vedado, es un espacio entre neoyorquino y berlinés. Música en directo, teatro, cine, snack, discoteca, tienda de diseño, sala de exposiciones... En La Habana... Allí vi estos cuadros de Ludmila y Nelson. El Malecón después de la burbuja inmobiliaria; la esquina de Zuleta con San Juan de Dios, en Habana Vieja, una tarde de tormenta después del capitalismo.



14. De cómo decir adiós a la ciudad de las columnas el día en que los turistas invadieron La Habana. Parece que la revolución será ahora revolución turística, o turismo revolucionario. Es una locura. Da un poco de pena ese destino de bermudas y gordito, pero ellos están encantados intentando exprimir a los turistas. Me he encontrado hasta a unos amigos canadienses. Cuando me he dirigido a ella ni me ha mirado, pensaba que era otro de los millones de taxistas que se ofrecen todo el rato.

15. Pensamientos en un autobús que atraviesa La Mancha. No sé qué país visitó la izquierda europea durante décadas. No sé en qué hoteles se alojaron. No sé con quiénes hablaron. No sé qué hospitales o escuelas les enseñaron. Pero esa ceguera o ese idealismo pasó y pasa factura a una izquierda de consignas. La Revolución cubana estuvo bien hasta 1968. Lo demás han sido errores, rectificaciones, extravagancias económicas y un autobloqueo que se sumaba al bloqueo. Fue seguir un lema difícilmente asumible por las personas libres: "Con la revolución todo, contra la revolución nada". Y ahora Chanel y el rodaje de Fast and Furious 8.


16. De cómo llovió café, azúcar y verticalidad marxista y ahora tiene que llover dinero. Si tengo dinerito tú me vas a querer, 57 años de revolución y llegó Yuly y Havana C, de Cienfuegos a La Habana.



17. En la segunda mitad de los noventa asistía cada año a unas soirées muy literarias y muy mundanas en París. A veces aparecía el maestro. Se le veía asomar por una esquina y acercarse lentamente a las mesas o a los fumadores de la entrada del bistró. Kundera hablaba poco, bajito y siempre con una medio sonrisa irónica. Aprendí tres cosas de él en esas reuniones. Los maestros enseñan poco y lo que que enseñan no se olvida. Una de las cosas que aprendí es que la historia trágica de Europa también podía ser una broma, y que el destino individual no puede estar enteramente condicionado por una broma. Eso es lo que he visto en Cuba estas semanas, como estos personajes en una terraza de El Malecón de la película 'Regreso a Ítaca' (2015), de Laurent Cantet y Leonardo Padura. Penetración cultural y diversionismo ideológico.




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