miércoles, 13 de marzo de 2019

Equidistancia u honor



                                    Tres personas mirando la obra de Antoni Tàpies L'esperit català (1971)




Equidistancia u honor. Sobre los soberanismos en España


La historia es un saber vertiginoso hacia el pasado. Cuando alguien intenta entender el presente a partir de los hechos del pasado, es decir, cuando se pone a estudiar o a leer Historia, arriesga su capacidad intelectual igual que se arriesga el cuerpo en el mar un día de intensa resaca. Todo empieza a ser pasado, todo empieza a ser alta mar. El presente, la actualidad, pierde sustancia trágica y todo queda más claro. Pero, también, aumenta la complejidad.  Los sucesos que tuvieron lugar en Cataluña desde septiembre del año 2017, pasando por el referéndum ilegal del 1 de octubre, hasta el juicio oral que se está celebrando en los primeros meses de 2019, se han presentado, me temo, simplificados y vaciados de sustancia histórica, pero exultantes de simbología y sentimiento. Para un observador extranjero, las imágenes de las cargas policiales para impedir la votación del 1 de octubre definen toda la situación: un estado opresor que impide votar libremente a sus ciudadanos. Sin embargo la Historia es más compleja, también más clara y menos emotiva.
Habría que remontarse a la conformación del estado español con la unión de las coronas de Castilla y de Aragón (1479). O la política territorial de los Austrias, basada en el respeto de las instituciones y regímenes fiscales de cada uno de los reinos que se unieron con las dos coronas. Y, sobre todo, habría que recordar que Cataluña, junto a otros territorios, se puso del bando del archiduque Carlos de Habsburgo en la guerra de secesión española (1701-1713), hecho que llevó al a la postre vencedor en esa disputa por la corona española, el borbón Felipe de Anjou, a desconfiar de aquellos territorios que no lo habían respaldado y promulgar los Decretos de Nueva Planta que, entre 1709 y 1716, anulaban todas las instituciones y particularidades fiscales de los reinos de Valencia, Aragón, Mallorca y del principado de Cataluña: todos los que habían apoyado a su opositor. Felipe V, hijo de Luis XIV de Francia, venía bien aleccionado, a la francesa, con una idea muy clara sobre lo que debería ser un estado centralista. Como digo, en este asunto, el pasado puede devorarnos: los movimientos anarquistas catalanes a principios de siglo XX (motivo del libro de Orwell Homage to Catalonia), la proclamación del Estado Catalán durante la Segunda República (1934), el centralismo franquista de casi cuatro décadas. Los motivos para la independencia pueden ser muchos y de peso, pero es un hecho igualmente que Cataluña ha participado desde el primer momento en la conformación del estado español, tanto o más que Murcia, Granada o Navarra.
         Entre los ideólogos del «procés», que es el nombre con el conocemos la hoja de ruta de un conjunto de partidos catalanes hacia la declaración de Independencia de la República Catalana, podemos encontrar desde formaciones anticapitalistas y revolucionarias hasta representantes de la más alta y rica burguesía catalana. Por encima de cualquier diferencia ideológica, de sus diversas y opuestas maneras de entender una república, se ha impuesto el sentimiento, un Volkgeist, en el que toda solución a cualquier conflicto social, económico o político pasaba por la separación de estado español. El estado español que confirmó su caricatura catalanista en las cargas policiales. España había sufrido fuertes recortes económicos como consecuencia de la crisis del 2008, con un rescate bancario de más de 40.000 millones de euros can cargo a las arcas de los contribuyentes, contexto en el que se había producido uno de los más importantes movimientos ciudadanos del mundo occidental a principios del siglo XXI y que dio origen a eso que se llamó «nueva política»: la toma de la Puerta del Sol en Madrid por el llamado movimiento del 15M (15 de mayo) o de los «indignados». Los indignados también acamparon en la Plaza de Catalunya barcelonesa y fueron desalojados con cargas de los Mossos d’Esquadra, la misma policía autonómica dependiente de la Generalitat (el gobierno de Cataluña) que favoreció, según se está demostrando, la celebración de referéndum de 2017. Pero, sobre todo, la desafección con España, de catalanes y de muchos otros españoles, procedía de las actuaciones de un gobierno débil y sin autoridad moral, el del Partido Popular de Mariano Rajoy, lastrado por casos de corrupción, con los que nos desayunábamos un día sí y otro también, a cual más escandaloso y atrincherado en una pasiva pero paranoica interpretación de la realidad. Para completar la tormenta perfecta, la más importante institución del estado, la monarquía empezaba a hacer aguas: primero un yerno del rey implicado en un importante caso de corrupción (hoy en la cárcel); luego el rey Juan Carlos I se rompe una cadera cazando elefantes en Botsuana junto a su «amiga especial», la empresaria alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein con la que compartía negocios y otras diversiones; finalmente, la abdicación de Juan Carlos en 2014 y el acceso a la jefatura del estado de su hijo Felipe VI.
         Y luego, claro, está la larga sombra de Franco encarnada en la inmensa cruz de ese monumento kitsch a las dos Españas que es el Valle de los Caídos, en el norte de Madrid; muy cerca de El Escorial, el sólido e impresionante edificio emblema del Imperio español ideado por Felipe II. Franco murió en 1975, pero parece que nunca murió del todo. Las colas que visitaron su féretro aquel frío noviembre del 75 fueron interminables durante días. Esa fue la manifestación popular a su muerte: las colas para ver su cadáver. No hubo alegría, el miedo estaba instalado. 
         En fin, parecía que vivíamos un final de ciclo, un finis Hispaniae, algo así como el acabamiento de un periodo histórico que se inició con el final de la dictadura franquista. Parecía que todo lo que salió de la Transición había entrado en decadencia, sobre todo la Constitución Española aprobada en referéndum en 1978 (es decir, votada por muchos que ya habían muerto). De modo que otro referéndum, esta vez para que votaran solo los catalanes, y que quedaba fuera de la ley constitucional, se podía presentar como deseable y oportuno, pues, según sus promotores, la democracia estaba por encima de la ley.
         Inevitablemente este raptuspopular y político ha generado toneladas de literatura, tanto de ficción como ensayística. Algún crítico ha hablado en sus reseñas del «género literario del procés». No tiene, sin duda, una entidad genérica, pero sí que es el «tema» por excelencia. Durante los meses más calientes del asunto, cuando nos reuníamos amigos siempre alguien terciaba: «¿Hablamos ya del “tema” o lo dejamos para más tarde?» Era el «tema» por excelencia, un pretexto para exhibir el ingenio, la erudición, la pasión, el sentimiento, la lágrima y, sobre todo, no lo olvidemos, también para la risa. Porque si hay un género que en el que encauzar con justicia todo este lío temático es la farsa, una farsa con grandes momentos de comicidad en la que podrían caber Totò, Louis de Funes y todos los grandes gesticuladores. Espero que no se me entienda mal, pues las sensibilidades y suspicacias respecto a este tema son tales que cualquier cosa puede provocar una gesticulación excesiva. Digo que la cosa, a pesar de su complejidad, tiene un  sesgo cómico muy notable, incluso deseable, y quien no lo aprecie difícilmente podrá imaginar soluciones sensatas. Que el presidente Puigdemont declarara la República Catalana en la tarde el 11 de octubre de 2017 en el Parlamento catalán y que, pocos segundos después, tras el aplauso de las bancadas independentistas, propusiera al mismo parlamento suspenderla «para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo» fue primero sorprendente y, con el paso de las horas, cómico. Que después de la votación del 27 de octubre, en la que se votó dicha declaración de independencia, siguiera ondeando la bandera española en el edificio de la Generalitat y que tres días después Puigdemont apareciera paseando por Bruselas solo puede representarse como comedia de enredo. Que Mariano Rajoy, ya de por sí cómico con sus líos lingüísticos y trabalenguas no intencionados, pidiera por carta a Puigdemont que le aclarara si aquello había sido en efecto una declaración de independencia raya en el género de la comedia nacional que se vino a llamar «españolada»: algo así como «Tenga a bien decirme si lo que ha dicho es lo que ha dicho, o no ha querido decir lo que ha dicho, habiendo dicho lo que ha dicho». Había de todo: astucia, cinismo, gesticulación, torpeza, descuido y resbalones con una cáscara de plátano. Había hasta un crucero, atracado en el puerto de Barcelona, donde dormían buena parte de los efectivos de la Policía Nacional desplazados a Cataluña durante los días del referéndum: un crucero temático que el estado español había alquilado y que lucía un inmenso Piolín en uno de sus costados junto con otros personajes de Looney Tunes.
         No menos cierto es que mucha gente lo pasó mal esos días, muy mal, sobre todo en Cataluña: familias en conflicto, amistades arruinadas, suspicacias, paranoias. Tampoco quiero herir la sensibilidad de aquellos que llaman «presos políticos» a quienes actuaron por encima de la ley en nombre de la democracia. Seguro que pueden estar llenos de buenas intenciones, pero tanto las buenas intenciones como la democracia, es mi opinión, deben estar controladas por la ley. Y no al revés. El revés se llama de otra manera, pero no democracia.
         España empezó el siglo XX tras un XIX en el que, además de vivir en una latente guerra civil entre liberales y conservadores (las Guerras Carlistas), se habían perdido las últimas posesiones del Imperio español de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Fue un momento que generó un torrente literario sobre el «tema de España». Novelas, poemas y ensayos que intentaban explicar la identidad española, su realidad histórica y su decadencia moral y económica en el cambio de siglo. Miguel de Unamuno es el autor de algunas de las páginas más representativas de esa actitud (por ejemplo en En torno al casticismo, 1895, o en El sentimiento trágico de la vida en los hombre y en los pueblos, 1912). Unamuno regañaba y disculpaba a la vez a los españoles en la encrucijada de un mundo moderno que les resultaba distante y distinto. Una década antes un poeta catalán, Joan Maragall, escribió un «Oda a Espanya» en la que denunciaba la incapacidad del estado español para modernizarse y abandonar sus crueles sueños imperiales. Podríamos mencionar decenas de títulos relevantes sobre le tema de España publicados en las primeras décadas del siglo XX, pero sin duda el imprescindible es el de José Ortega y Gasset España invertebrada, publicado en 1921. Es un texto cuya lectura actual es, cuando menos, polémica y nostálgica. Ortega es un elitista, de eso no hay duda, que solo concibe el gobierno de los mejores y más preparados. Su concepción de la democracia conlleva una aristocracia del mérito. Cuando habla de una España invertebrada se refiere a dos hechos: el separatismo y la lucha de clases. La invertebración es producto, para el filósofo español, de la ausencia de un proyecto social común ilusionante para catalanes, vascos y castellanos juntos; para obreros, políticos y empresarios juntos. La solución para Ortega es el deseo de hacer cosas juntos y, como era de su gusto, utiliza metáforas para explicarlo: el matrimonio funciona si ambas partes comparten un proyecto y gustan de hacer cosas en común. España, según su análisis, estaba al borde del divorcio.
Algo semejante a lo que ocurrió a principios del siglo con el «tema de España», y que definió la que en la historia de la literatura española llamamos Generación del 98 (por el año en el que España perdió la guerra con los EE. UU. — primera guerra norteamericana fuera de su territorio— perdiendo, por tanto, sus últimas provincias de ultramar) a la que pertenecen autores como Unamuno o Antonio Machado Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas /ha de helarte el corazón», Campos de Castilla, 1912), ocurre en esta segunda década del siglo XXI, con más intensidad si cabe, desde un único género: el ensayo dedicado a explicar los problemas de identidad del estado español, el primer estado moderno de Europa. El primero que inició un proceso de occidentalización que desde hace décadas denominamos globalización o mundialización, tanto desde en su dimensión económica como cultural, ideológica y militar. Antes mencioné lo que algún crítico ha llamado el «género del procés» (Jordi Gracia, «El procés como género editorial», El país, 28.09.2018). El filósofo materialista, pero con orígenes en el nacionalcatolicismo (algunos pueden considerarlo una surte de criptomarxista) Gustavo Bueno, muy reivindicado por la derecha española y siempre provocador en sus intervenciones, habló del «género España» como forma de ensayo filosófico de larga tradición. Dedicó varias de sus obras a ese género, la última y más importante es una reivindicación del papel civilizador del imperio español desde el «ateísmo católico» y el «materialismo filosófico» (España no es un mito: Claves para una defensa razonada, 2005). Sus reflexiones parten del análisis de los conceptos de «nación» y «nacionalidad», introducidas cautelosamente —con miedo más bien— en la Constitución de 1978 para distinguir entre una unidad superior, el estado español, y los territorios autónomos, las nacionalidades. 
El miedo es el argumento de otro ensayo bastante polémico de Gregorio Morán, El precio de la transición (publicado en 1991 y reeditado, con mayor repercusión, en 2015). Para Morán las decisiones y pactos políticos de la transición, que optaron por la reforma y no por la ruptura con el franquismo, están determinados por el miedo general, desde la derecha y la izquierda, a un nuevo enfrentamiento civil. La existencia en la actualidad de 17 territorios autónomos en el estado español sería una de las consecuencias de ese miedo y el imperativo de buscar la paz a cualquier precio. 
El miedo cristalizó en la intentona de golpe de estado de 1981. La escena de un militar asaltando el congreso con un pistola en la mano es el instante que el novelista Javier Cercas eligió para estudiar hasta la médula en Anatomía de un instante (2009), la novela que para muchos miembros de mi generación ha valido igual o más que todo lo que hemos leído o visto sobre ese periodo de nuestra juventud que se llamó Transición y que para Cercas fue una operación política confusa y picaresca, pero satisfactoria para la clase media española de la época. 
La visión más ponderada y documentada se puede encontrar en la obra del historiador Santos Juliá, Transición. Una política española (1937-2017)(2017).  Comentario aparte merecería uno de los libros de mayor éxito en eso que podríamos llamar el ensayo sobre España, se trata de La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (2016) de Sergio del Molino. Es cierto que quien viaja por España en coche o tren percibirá las grandes extensiones de terreno despoblado. Si el viajero curioso se adentra en pueblos del interior de la península, no será raro encontrarse con poblaciones que apenas tienen habitantes o, directamente, pueblos fantasma. La tesis de del Molino es que la invertebración de España radica en la incomunicación entre los grandes núcleos de población y esos territorios casi deshabitados, un problema que no puede dejar de evocarnos los paseos de Unamuno o Machado por los territorios de El Quijote. 
En estos libros que he mencionado hasta ahora el asunto territorial, la naciones o nacionalidades de España, las luchas identitarias dentro del estado español, son un argumento recurrente y no menor. Pero vayamos ahora a la más inmediata actualidad. Si la transición estuvo marcada por la actividad de la organización terrorista ETA en su lucha por la independencia de Euskadi frente a un estado «invasor y totalitario», pero democrático, como era la España de los años 80, el segundo decenio del siglo XXI está marcado, en lo que la cuestión territorial se refiere, por la desaparición del escenario de las reivindicaciones vascas y la irrupción del soberanismo catalán con otra estrategia: la no violencia, incluso mirándose en el espejo de Gandhi, o el modelo de Quebec o Escocia con el consecuente choque frente al ordenamiento de la Constitución Española. Este «tema» o «género» ha generado tal cantidad de ensayos, de crónicas, de panfletos, de literatura sin fin, que resulta muy difícil hacer una selección. Seleccionaré tan solo algunos de ellos, tanto en castellano como en catalán, como ejemplos de maneras diversas de enfocar ensayísticamente el conflicto. El libro de Jordi Amat, La conjura de los irresponsables (2017), es quizás la mejor y más lúcida interpretación de lo que abocó a la mayor crisis institucional en el estado español desde la Transición. El título lo dice todo: actuaciones alegremente irresponsables que aprovecharon el apoyo de una emocionalidad populista para abocar a una situación sin salida. Por su parte Joan Coscubiela, portavoz de la marca de Podemos en Cataluña (Catalunya Sí que es Pot) en las sesiones que llevaron a la declaración de independencia, defiende en Empantanados. Una alternativa federal al soviet carlista (2018) una formula federal dentro de Europa y, por tanto, una reforma de la Constitución que defina el estado español como estado federal. Eduardo Mendoza, célebre novelista barcelonés, es el autor de Qué está pasando en Cataluña (2017), un intento de explicación a la vez que un tratado de lugares comunes, ignorancias y falsedades que han contribuido a crear un ambiente irreal y peligroso. Desde una posición opuesta Ramón Cotarelo(España quedó atrás, 2018) cree que España es un estado fallido sin posibilidad de reforma: «El Estado español —afirma— es irreformable. Por su peculiar desarrollo histórico ha acabado siendo incapaz de evolución o cambio y, por tanto, de reforma alguna». La épica la encontramos en la idealización del «procés», como movimiento pacífico, popular y genuinamente democrático, en el libro con ecos orwellianos de Vicent Partal Nou homenatge a Catalunya (2018). Por último me parece oportuno señalar una visión desde el exterior, la del corresponsal de The New York Times Raphael Minder, The Struggle for Catalonia. Rebel Politics in Spain (2018) cuyo análisis quizá está demasiado pegado al presente y al torbellino de la información inmediata a la hora de explicar un conflicto que tiene orígenes muy diversos y lejanos en el tiempo. Muy interesante me parece una interpretación de los hechos como definitorios de las estrategias electoralistas en la política del siglo XXI, se trata del libro de Daniel Gascón El golpe postmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia (2018).
Tampoco puedo dejar de mencionar la delirante, pero muy veraz, interpretación del actor y payaso catalán Albert Boadella. En ¡Viva Tabarnia! (2018) reivindica la independencia para un territorio inventado por él y unos cuantos amigos. O la no menos divertida crónica de esos días de Gullem Martínez, 57 días en Piolín. Procesando el Procés. La cosa, el caso, el trile (2018).
         En fin, este episodio ha dejado heridas en todos. En uno y otro lado de los dos nacionalismos, tanto el españolista con una bandera que no deja de tener resonancias franquistas, como el catalanista con su bandera estelada y su desprecio hacia lo español. No era posible la equidistancia: «o con nosotros o contra nosotros» era la simplificación de moda. Era una cuestión de honor y lealtad. Se hablaba de «pueblo catalán» o de «pueblo español» como si fueran sujetos históricos, como si una sola voz uniera a millones de personas. El individuo quedaba al margen. La duda quedaba al margen. Los padres con niños pequeños que se despertaban con el ruido de las caceroladas nocturnas no contaban. Las barbaridades que el resto de españoles podían decir de los catalanes se perdonaban. Solo contaba un heroísmo gesticulante. La sensatez era cobardía y no tomar partido era de cínicos. Cuando en realidad los únicos cínicos e irresponsables habían sido un buen número de políticos. Una vez más el fuste torcido de la humanidad imponía la agenda histórica.

P. S. : Un barcelonés, Estanislao Figueras y Moragas, fue el primer presidente de la primera República española en 1873. Estuvo en el cargo cuatro meses. Harto de las disputas territoriales, la dificultad que encontraba para articular el federalismo, las intentonas de golpe de estado, las reiteradas declaración de independencia del Estado Catalán y otros cantones del estado y los laberintos sociales que planteaba la reforma agraria, el 11 de junio de 1873 presentó su dimisión ante el Consejo de Ministros y parece ser que se despidió con estas palabras: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Al día siguiente se marchó a Francia. Lo sustituyó como Presidente de la República Francisco Pi y Margall, un prestigioso abogado e historiador barcelonés. Esa Primera República no llegó a durar un año.


         


viernes, 1 de febrero de 2019

La novela de la memoria


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                                      Mi padre, su amigo Miguel y Picasso. La Californie, Cannes, 1956




(Mi padre murió hace diez años. Un dos de febrero. Esto lo escribí la noche del 4 de febrero de hace diez años, mezclando lágrimas y risas. Es maravilloso cuando la ausencia se transforma en memoria contenta)

                En Granada muchos dicen que mi padre fue un gran personaje, divertido y listo. Hablan de un homo faber. Muchos también pensarán que podía ser ingenuo, y eso a veces era bueno y a veces malo. Lo que sé es que mi padre me transmitió una novela: la memoria del siglo XX, una estructura novelesca a la que yo he ido añadiendo capítulos.
               Así fue, junto a mi padre se aprendían cosas. Uno de mis primeros recuerdos es una imagen en la terraza de una casa de verano: el Apolo XI acababa de posarse en la luna y mi padre lo contaba como si él fuese miembro de la NASA. A su lado me sentía protagonista de la historia, parte de los acontecimientos de las últimas décadas del siglo XX: la muerte de Franco, las protestas estudiantiles, el golpe del 23 de febrero, la primera guerra del golfo. Le gustaba contarme la liberación de París con De Gaulle caminando por los campos Elíseos (y lo contaba imitando el gesto de manos de De Gaulle, un gesto que denotaba el peso del agradecimiento); gesticulaba cuando recordaba la tarde de noviembre en Madrid cuando vio por televisión el asesinato de Kennedy. Era como si él hubiera estado en Dallas, más aún, como si él perteneciera al gabinete de Kennedy. Eso es lo que yo recuerdo. Cuando estaba fuera echaba de menos poder ver con él los telediarios y comentar con pasión la historia. Aunque no estuviéramos de acuerdo en muchas cosas siempre me resultó acogedor vivir a su lado la memoria del siglo XX: se entusiasmaba, recordaba, siempre sabía contar la anécdota justa o citar una frase célebre. Aprendí mucho a su lado, mucho más de lo que conscientemente soy capaz de reconocer. Y se lo dije. Aprendí el arte de la memoria y luego él, estoy seguro, aprendió de mí y de tantos otros a ensanchar esa memoria. Aprendí la dignidad del pasado, no el tribunal de la historia. Aprendí a no olvidar nada.
              También aprendí a reírme, con una risa muy del siglo XX que ahora me cuesta reconvertir en la "risa amarga" del XXI. Una risa de esencia de verbena, risa de tarde de verano junto a una fuente, risa de cocktail de inauguración, risa de Madrid y de provincias. Aprendí que existió un periodista que se había forrado de hule los bolsillos de la chaqueta para poder rapiñar canapés en los cocktails. Aprendí la palabra cocktail, que él pronunciaba a la granadina. Muchas veces, como en el cuento de Borges, me ha costado deslindar su memoria de la mía.
              Aprendí y recuerdo. Recuerdo su admiración por Catherine Deneuve y su colección de gorras para parecerse a Pablo Neruda. Recuerdo el barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Recuerdo el mar de los veranos en Málaga y la manera en que mi padre coleccionaba chiringuitos. Recuerdo cómo le gustaba la gente a mi padre. Recuerdo las excursiones a Sierra Nevada, la cálida y excéntrica compañía de Antonio Zayas: Don Quijote y Sancho pero en quiasmo. Recuerdo que nos partíamos de risa cuando Zayas contaba cómo una tarde el señor X entró a caballo en el Parador de Turismo de Sierra Nevada y pidió un coñac para él y otro para el caballo.
             Lo imaginaba viajando por Europa en los años 60: Finlandia, Alemania, Italia. Las grandes estaciones de Europa, las postales desde Niza, los aviones plateados en los que volaba. Me fascinaba la foto en la que él y su amigo Miguel posaban junto a Picasso. Aprendí que Picasso los recibió en calzoncillos y desde entonces no me parece de mal gusto recibir en calzoncillos. Aprendí Madrid con mi padre, un Madrid que luego reconocí en los libros de Julio Camba.
            En los últimos meses se calló. Pero poco antes de cerrar su oficina, nervioso ante la posibilidad del cierre, repetía: "Esto se está acabando y hay que ir terminando cosas". Entonces ideó uno de sus últimos proyectos desde la memoria: publicar páginas con recuerdos sobre casas, hoteles y restaurantes. Algo muy suyo: espacios para encontrarse y conversar. A mi hermana Tilda, gracias a cuya generosidad pudo disfrutar todavía de unos años de proyectos, le costaba asumir el empuje senil de quien vivía todavía en las luchas de la juventud, las luchas del homo faber. Hasta muy tarde mantuvo su sentido del humor y sus narraciones. Cuando dejó de narrar y de reír algo había empezado a desaparecer. A partir de cierto momento se obsesionó ante la posibilidad de perder lo más querido: la memoria, su gran compañera. Entonces todo se condensó en un nombre, "Irlanda", el nombre de la mujer que ayudaba a mi hermana en sus cuidados. El nombre de" Irlanda" se convirtió en la cifra secreta, la llave del olvido. Lo apuntaba en todos lados, lo preguntaba sin cesar. Si olvidaba "Irlanda" todo estaba perdido. En su cabeza qué de prados, de nieblas, de caballos percherones, de poetas de la naturaleza, qué de Ulises. Y una nieta viajando por Irlanda, todo para no perder una palabra, una palabra que si se perdía podía provocar un efecto dominó sobre toda su existencia, sobre la memoria de la vida en la que tanto disfrutó haciendo cosas y hablando.
             Ayer por la tarde, al bajar del cementerio, recordé la película Big Fish de Tim Burton. Porque era verdad. La novela de la memoria de mi padre era verdad. Allí estaban todos los personajes que aprendí a su lado: Neil Armstrong vestido de astronauta, Kennedy abatido por una bala, De Gaulle recibiendo el agradecimiento del pueblo de París, Catherine Deneuve vestida de cocktail, Picasso en calzoncillos, Julio Camba recién salido del Ritz, Pablo Neruda y su gorra, a quien le encantaba parecerse. y, bueno, a Ganivet lo vi a un lado del camino. Todo en esa tarde de lluvia en que despedimos una parte de la memoria, un puñado de historias del siglo XX. Intentaré no olvidarlas. No lo olvidaré.

jueves, 24 de agosto de 2017

Gimme the power


                                         
                                                   Fotografía de Miguel Gallego Ballester



De las maneras vulgares de conocer el mundo,
El amor y el poder atraviesan los siglos.
Ayer, cuando el individuo era sospecha,
No cesaba la pulsión de la persona.
El cuerpo concreto y el cuerpo social.
El interior físico y el interior público.

Penetrar cuerpos, dominar masas.

Hoy es hoy: pornografía y sombra del eros.
Democracia y supermercado.
Funerarias y seguros de vida.
Usura es la palabra,
la palabra del loco.

martes, 30 de mayo de 2017

El caballo de Turín
















Sobre la nada, todo en Béla Tarr.
Una enzima sin control en Via San Carlo:
nuestro hermano el caballo,
nuestras hermanos los gusanos,
un golpe de luz posthumana,
un viento duro,
un siroco en tierras del norte.
Polvo que todo lo inicia y todo lo borra.
"Mamá, soy tonto".
¿Eso dice?
Sí, eso dice.
No está mal, después de todo,
después de nada.

Pocos gestos son la herencia:
calentar agua,
abrochar un botón.
La ideología de abrochar un botón,
la otra, la de las ideas, nos está matando.
"Tocar y por tanto arruinar
y de este modo conseguir",
dice.

La única verdad es una patata,
una patata caliente,
esa es la herencia,
una patata caliente para comer en silencio,
en silencio y a oscuras
con el eco de las tonterías de siempre.

Recuerdo un kindergarten salvaje,
cuando los gitanos gritaban:
"¡El agua es nuestra,
la tierra es nuestra!
¡Ven con nosotros a América!".

Pero esto fue sagrado,
aquí estuvo el Señor.

"Ya está",
hasta las brasas se han apagado.




domingo, 4 de diciembre de 2016

Historia portátil de la literatura cubana







1. Margarita Premiere me enseña la casa natal de José Martí. Me cuenta toda su historia política, romántica y literaria. También me dice que debo cortarme el pelo.



2. Israel Rodríguez me enseña la casa de Lezama Lima en Trocadero 162. Pequeño paraíso de imágenes y libros. El vaso danés, el Apolo, los jades, sus padres, los dos grabados de Antonio Saura, los Evangelios, las obras completas de Martí, Góngora, Mallarmé, el gallo japonés... Después nos hacemos una foto con las manos en los bolsillos. La chequeamos y me comenta que parece que tengo casi tantas tetillas como Lezama. Para salir con dignidad le pido que me hage otra foto en el estudio del autor de "Muerte de Narciso". También manos en bolsillos.



3. Donde se trata de la ritual visita a escritores muertos. Cementerio de La Habana. Tumba de Alejo Carpentier. Hablo con él. Él sabe que el motivo de mi viaje son sus ensayos. Me habla como si yo fuera Joaquín Soler Serrano: "Amégica me gesulta más integesante desde que me encuentro de este lado del chagco grande", me dice. Yo no me atrevo a decirle que está enterrado en La Habana con un mensje castrista en su tumba. Se me ocurre preguntarle que qué prefiere: Cristal o Bucanero. "Bucanego", me dice. "Yo prefiero Cristal", le digo. Y ya. Luego me hago un semiselfie con un ángel escuchando.



4. De cómo ser Hemingway en una sola vida. Hemingway quería ser un iceberg. En realidad fue un trillón de cubitos de hielo paseando por tres continentes y bebiendo todos los bourbons, daiquiris, bellinis y tintorros de su tiempo. A mí me da vértigo si lo comparo con este M incompleto que soy y lo que bebo cada noche. El Floridita está como a unas siete cuadras del Hotel Ambos Mundos. Allí escribió 'Por quién doblan las campanas', libro de cabecera de Fidel en Sierra Maestra. Entrar a su habitación cuesta 2$. No entro, pero me hago un selfie especular con él y un turista de blanco que baja las escaleras. Al menos soy cuatro.



5. De cómo los números y las letras dicen cosas aquí. Ahora vivo en Águila 69b. Podía haber sido 70, pero no. A dos pasos de El Malecón, a tres de la casa de Lezama y a cuatro de La Casa de la Música de Galiano. Pero en realidad mi calle es una perpendicular de San Lázaro, casi al llegar a las escalinatas neoclásicas de la Universidad de La Habana. Calle M. Nomen est omen.



6. De cómo los lugares imaginarios son siempre reales. Mi primera fascinación con la literatura fue latinoamericana. En esos escritores encontré la posibilidad del diálogo, posiblemente una de las pocas razones por la que merece dedicar una vida a enseñar literatura. Diálogo de todos los tiempos y todos los espacios. Por ejemplo, la revolución francesa en el Caribe. Por ejemplo Alejo Carpentier entre dos o tres mundos.



7. Sobre el nacimiento de los dioses. Y ya.



Cap. 8 De cómo las clases de salsa y un idiota norteamericano
(M. Z.), gracias al cual todos estamos conectados y divertidos, acabarán con la Revolución.
1. Clases de salsa para turistas en el Museo de la Revolución
2. Cómo conectarse a internet en La Habana: 
Funciona con tarjetas. Las tarjetas tienen un usuario de 12 números y una clave de otros 12 números distintos.
Las tarjetas se compran en los hoteles y el precio varía según el hotel. Las he comprado desde 2$ hasta 5$ la hora (cuando digo $ digo dólar, aunque en realidad son CUC, pesos convertibles, porque aquí hay dos monedas: el peso cubano y el CUC, peso convertible, para extranjeros. Ninguna de las dos monedas vale un carajo fuera de Cuba, o sea que si te sobran te los comes).
También las puedes comprar a camellos de tarjetas. La operación es como comprar porros, te vas con él detrás de una esquina. Ahí siempre te cuestan lo mismo: 3$.
En estos días acaba de aparecer otra modalidad. Hay alguien, siempre cerca de un hotel, con un ordenador y un corro de gente a su alrededor. Él ,o la del ordenador conecta al resto por 1$ hora. Pero tienes que quedarte en el corro. En esto todavía no he caído.
Finamente puedes ir a una oficina de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.) y, naturalmente, hacer una cola de una hora, hora y media. Yo fui, pude comprar hasta tres, no más y enseñando el pasaporte, tarjetas de 5 horas cada una: 30$ en total. 
Una vez que tienes tarjeta tienes que ir a un hotel. También hay algunos puntos en parques pero van lentísimos. Pero no cualquier hotel, un hotel con conexión ETECSA, así cuando acabas puedes apagar la conexión wifi y ahorrar minutos. Si el hotel tiene su propia wifi allí tienes tú que gastar toda la tarjeta, porque aunque apagues wifi los minutos siguen contando. Esto poco a poco lo vas sabiendo.
En cualquier caso la conexión wifi, aunque sea ETECSA, no es perfecta, va y viene. Cada vez que se va puede que sí, puede que no, tienes que meter otra vez los 12 números de usuario y los otros 12 de la clave.
En los hoteles te sientas en una mesa y tienes que consumir. Los hoteles, como bien sabemos, son para turistas y tienen precios para turistas. Consumición mínima entre 2$ y 3$ (café o cerveza Cristal). Si te tomas un mojito: 5$.
Como es wifi, si estás con el teléfono, éste decide actualizar google calendar, que es muy importante tenerlo actualizado, o ,el imprescindible en viaje ,youtube. Entonces, si la conexión ETCESA ya es de por sí lenta, en ese momento quieres una cuerda y cometer un suicidio ritual y público contra ETECSA.
Es bueno desconectar de vez en cuando.
Esto, la Revolución, no puede durar mucho, sobre todo cuando el 1 de mayo entrarán los primeros ferris norteamericanos.




9. De cómo la inactualidad puede ser la vanguardia de nuestro tiempo. La Habana Vieja está llena de turistas y jineteras. Una ciudad bellísima en ruinas. Un mundo anterior en violenta contradicción con el capitalismo virtual. Ayer me decía Y que mejor morir a que nada cambie. El sueldo de un médico vienen a ser 50 $ al mes. Una jinetera puede ganar 100 $ al día lamiendo turistas. Esto, aparte de triste e injusto, produce una energía que no he visto en ningún otro lugar. Un apocalipsis feliz, profetas prácticos que no dejan de hablar y confiar en un mundo posterior que puede ser la misma mierda de siempre. Una explosión de música y arte visual, lo que los humanos, desde las cuevas, buscan cuando los dioses los abandonan. La Habana puede ser la ciudad del futuro.


10. De cómo en La Habana me saluda más gente por la calle que en Granada. Han bastado dos semanas para tener un círculo de conocidos en el centro de La Habana. A veces oigo mi nombre a lo lejos y no hago caso. Pero es para mí. En mi ciudad, debido a mi vida itinerante, puedo pasear días y días si encontrarme con nadie que me salude. A día de hoy eso es imposible en barrio de La Habana donde vivo. En una ciudad de voces, nalgas y taxis. Oyes "estoy cansao de sel tan vago", o un piropo a una niña "eres tan linda como tu madre, ¿viste?", o esos locos que se quedaron colgados en ese "periodo especial", que nunca acaba, y hablan para nadie "¿pero qué caraho hiso por nosotros la puta revolución?

11. De por qué las lápidas tienen aquí una vocación poética. Una tarde, fraguándose el infierno capitalista de Wall Street, el poeta Federico García Lorca se sentó a la sombra de un árbol del caimito junto a su amigo Gabriel García Maroto. En Caimito, como a una hora en carro de La Habana. Ahí fue feliz, según me cuenta un pintor local.


El escritor italiano Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas, una pequeña ciudad cerca del aeropuerto de La Habana. Su padre, Mario, era el responsable de una estación agronómica dedicada al estudio de la vegetación tropical. Nunca olvidó esos primeros tres años de su vida en un jardín tropical. Regresó a La Habana en diversas ocasiones para recordar sus primeros pasos en este sueño que llamamos vida. La misma vida que para muchos es una pesadilla.



12. De la verticalidad y la horizontalidad en La Habana. A Reynaldo Arenas le gustaba hablar y recitar poemas con sus amigos en el inmenso parque Lenin, al sur de la ciudad. Perseguido por su homosexualidad, afirmaba que el capitalismo te jode y te quejas, mientras que el comunismo te jode y debes dar las gracias. En 1984, ya en Nueva York, dedicó un poema un profesor de la Universidad de Tulane titulado "Blanco mojoncito". La última estrofa dice así: "Blanco mojoncito, / para ti todo marchará admirablemente mientras esa teoría que defiendes y tan bien te alimenta (¡me dicen que ya tienes hasta el tenore profesor!) no se te aplique en la práctica matándote de hambre."
La 'Trilogía sucia de La Habana' (1998) de Pedro Juan Gutiérrez es un libro de semen y sal, historias sórdidas y sensuales del "período especial", cuando la Unión Soviética cortó la teta a Castro y el queso de las pizzas eran condones derretidos. En el episodio titulado "Aplastado por la mierda" habla de la nostalgia: "la nostalgia puede trasformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto". ¿He escrito yo todo esto?



13. De utopías y distopías en el Caribe. El tema de conversación, además de la pelota, el fútbol y, naturalmente, la vida de la pinga, es solo uno: El cambio ¿será lento o rápido? Si rápido, el peligro son los tiburones financieros e inmobiliarios, además de los rebaños de turistas americanos infantilizados. Si lento, habrá mucha gente desesperada dispuesta a irse de aquí de cualquier manera.
La Fábrica del Arte, en Vedado, es un espacio entre neoyorquino y berlinés. Música en directo, teatro, cine, snack, discoteca, tienda de diseño, sala de exposiciones... En La Habana... Allí vi estos cuadros de Ludmila y Nelson. El Malecón después de la burbuja inmobiliaria; la esquina de Zuleta con San Juan de Dios, en Habana Vieja, una tarde de tormenta después del capitalismo.



14. De cómo decir adiós a la ciudad de las columnas el día en que los turistas invadieron La Habana. Parece que la revolución será ahora revolución turística, o turismo revolucionario. Es una locura. Da un poco de pena ese destino de bermudas y gordito, pero ellos están encantados intentando exprimir a los turistas. Me he encontrado hasta a unos amigos canadienses. Cuando me he dirigido a ella ni me ha mirado, pensaba que era otro de los millones de taxistas que se ofrecen todo el rato.

15. Pensamientos en un autobús que atraviesa La Mancha. No sé qué país visitó la izquierda europea durante décadas. No sé en qué hoteles se alojaron. No sé con quiénes hablaron. No sé qué hospitales o escuelas les enseñaron. Pero esa ceguera o ese idealismo pasó y pasa factura a una izquierda de consignas. La Revolución cubana estuvo bien hasta 1968. Lo demás han sido errores, rectificaciones, extravagancias económicas y un autobloqueo que se sumaba al bloqueo. Fue seguir un lema difícilmente asumible por las personas libres: "Con la revolución todo, contra la revolución nada". Y ahora Chanel y el rodaje de Fast and Furious 8.


16. De cómo llovió café, azúcar y verticalidad marxista y ahora tiene que llover dinero. Si tengo dinerito tú me vas a querer, 57 años de revolución y llegó Yuly y Havana C, de Cienfuegos a La Habana.



17. En la segunda mitad de los noventa asistía cada año a unas soirées muy literarias y muy mundanas en París. A veces aparecía el maestro. Se le veía asomar por una esquina y acercarse lentamente a las mesas o a los fumadores de la entrada del bistró. Kundera hablaba poco, bajito y siempre con una medio sonrisa irónica. Aprendí tres cosas de él en esas reuniones. Los maestros enseñan poco y lo que que enseñan no se olvida. Una de las cosas que aprendí es que la historia trágica de Europa también podía ser una broma, y que el destino individual no puede estar enteramente condicionado por una broma. Eso es lo que he visto en Cuba estas semanas, como estos personajes en una terraza de El Malecón de la película 'Regreso a Ítaca' (2015), de Laurent Cantet y Leonardo Padura. Penetración cultural y diversionismo ideológico.




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